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Pasión de Gavilanes Capítulo 28 Fuego en la Sangre

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Pasión de Gavilanes Capítulo 28 Fuego en la Sangre

El sol del atardecer teñía de naranja los campos de la hacienda Gavilanes, en las afueras de Guadalajara. Gabriela caminaba por el sendero de tierra, con el vestido ligero pegándose a su piel por el bochorno del día. El aroma a tierra húmeda y jazmines silvestres llenaba el aire, mientras el canto de los grillos empezaba a despertar con la caída de la luz. Hacía semanas que no veía a Javier, su amor secreto, el capataz de ojos negros como la noche y manos callosas que la volvían loca. ¿Por qué carajos tengo que esconderme como en una novela? pensó, recordando esa escena ardiente de Pasión de Gavilanes capítulo 28, donde los amantes se devoraban bajo las estrellas. Neta, su vida se parecía cada vez más a eso.

Javier la esperaba junto al corral, recargado en la cerca de madera, con la camisa desabotonada dejando ver el pecho moreno y sudoroso. Cuando la vio, su sonrisa pícara iluminó todo. ¡Mamacita! Ya era hora, wey. Me tenías con las bolas de coraje, dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel. Gabriela se acercó, sintiendo el pulso acelerado, el calor subiendo por sus muslos. Él la jaló por la cintura, pegándola a su cuerpo duro. Olía a hombre, a cuero y a sudor fresco, ese olor que la ponía húmeda al instante.

Qué chingón se siente esto, pensó ella mientras sus labios se rozaban. No era un beso cualquiera; era hambre pura. Javier la besó con fuerza, la lengua invadiendo su boca como reclamando territorio. Gabriela gimió bajito, saboreando el gusto salado de su piel, las manos de él subiendo por su espalda, desatando el lazo del vestido. La tela cayó al suelo, dejando sus tetas al aire, los pezones duros como piedras por el viento fresco de la noche.

Él la miró de arriba abajo, devorándola con los ojos. Eres una diosa, carnal. No aguanto verte así. Sus manos grandes cubrieron sus senos, amasándolos suave al principio, luego más fuerte, pellizcando los pezones hasta que ella arqueó la espalda. Gabriela jadeaba, el sonido de su respiración mezclándose con el relincho lejano de los caballos. Quiero que me coja ya, pendejo, no me hagas rogar, suplicaba en su mente, pero en voz alta solo murmuró: Desnúdate, Javier. Quiero sentirte todo.

Él obedeció rápido, quitándose la camisa y los pantalones, liberando esa verga gruesa y venosa que la hacía salivar. Estaba dura como fierro, apuntando al cielo estrellado. Gabriela se arrodilló en la hierba suave, el rocío mojándole las rodillas, y la tomó en la boca sin pensarlo dos veces. El sabor era puro vicio: salado, caliente, con ese toque almizclado que la volvía loca. Javier gruñó, enredando los dedos en su cabello negro. Órale, qué rica chupas, mi reina. Así, hasta el fondo. Ella lo mamaba con ganas, la lengua girando alrededor de la cabeza, sintiendo cómo palpitaba contra su paladar. Los sonidos húmedos llenaban la noche, el slurp slurp obsceno que la excitaba más.

Pero Javier no era de los que se deja dominar. La levantó de un jalón, la volteó contra la cerca y le bajó las bragas de encaje. Mira cómo traes la concha chorreando, nena. Todo por mí, susurró al oído, mientras sus dedos gruesos separaban los labios húmedos. Gabriela tembló, el aire fresco chocando con su calor íntimo. Él metió dos dedos de golpe, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. ¡Ay, cabrón! Justo ahí, gritó en su cabeza, mordiéndose el labio para no chillar demasiado. El jugo corría por sus muslos, el olor a sexo impregnando el aire como perfume prohibido.

La penetró con la lengua entonces, lamiendo desde el clítoris hasta el ano, saboreándola como si fuera miel de maguey. Gabriela se aferró a la madera, las astillas pinchándole las palmas, el placer subiendo en oleadas. ¡No pares, amor! Me vengo, me vengo.... El orgasmo la sacudió como un rayo, las piernas flaqueando, el grito ahogado escapando de su garganta. Javier la sostuvo, bebiendo cada gota, su barba raspándole las nalgas sensibles.

Ahora era su turno de rogar. Cógeme ya, Javier. Quiero sentirte adentro, romperme. Él se puso de pie, la verga brillando con su saliva, y la penetró de una estocada profunda. Dios mío, qué grande, qué llena me deja, pensó ella mientras él embestía, el sonido de carne contra carne retumbando en el corral vacío. Sus caderas chocaban rítmicamente, sudor mezclándose, el calor de sus cuerpos como un horno. Javier le mordía el cuello, dejando marcas rojas, sus manos apretando sus caderas. Eres mía, Gabriela. Toda mía, como en esas novelas que tanto te gustan. ¿Recuerdas Pasión de Gavilanes capítulo 28? Esto es mejor, neta.

Ella rio entre gemidos, volteando la cabeza para besarlo. ¡Cállate y chíngame más fuerte, wey!. Él aceleró, follándola como animal, el polvo levantándose de la tierra con cada empujón. Gabriela sentía cada vena de su verga rozando sus paredes, el clítoris hinchado frotándose contra su pubis. El segundo orgasmo crecía, tenso, inevitable. Ya viene, ya... ¡Sí!. Gritó su nombre al cielo, el cuerpo convulsionando, ordeñándolo con sus contracciones.

Javier no aguantó más. Me vengo, mi vida... adentro, ¿sí?. Ella asintió frenética. Sí, lléname, amor. Él rugió, clavándose hasta el fondo, el semen caliente inundándola en chorros potentes. Se quedaron pegados, jadeando, el corazón latiendo al unísono. Lentamente, él se salió, un hilo blanco cayendo por sus piernas. La abrazó por detrás, besándole el hombro. El aire nocturno refrescaba su piel ardiente, el olor a sexo y tierra calmante ahora.

Se recostaron en una manta que él había traído, bajo las estrellas brillantes. Gabriela apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el thump thump de su corazón calmándose. Esto es lo que necesitaba. Pasión pura, sin dramas, reflexionó, mientras él le acariciaba el cabello. ¿Sabes? Cada vez que veo Pasión de Gavilanes capítulo 28, pienso en nosotros. Esa pasión de gavilanes, salvaje y libre, murmuró ella.

Javier sonrió, besándole la frente. Pues hagamos nuestro propio capítulo, carnal. Todos los días. Se quedaron así, envueltos en el silencio de la noche mexicana, con el viento susurrando promesas. El deseo satisfecho dejaba un glow dulce, un lazo más fuerte que cualquier cadena. Mañana volverían a sus vidas, pero esta noche, eran gavilanes en vuelo, libres y ardientes.

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