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Imágenes de Pasión y Deseo

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Imágenes de Pasión y Deseo

Me llamo Ana, y esa noche en mi depa de Polanco, con el ruido de la ciudad filtrándose por la ventana entreabierta, no tenía idea de que unas simples imágenes de pasión y deseo iban a voltear mi mundo de cabeza. Estaba recostada en el sillón de terciopelo rojo, con una copa de vino tinto en la mano, el aroma afrutado subiendo por mi nariz mientras scrolleaba en mi cel sin rumbo. El calor del verano pegajoso se pegaba a mi piel, y solo traía una camisola ligera que rozaba mis pezones endurecidos por el aire acondicionado.

De repente, un post en Instagram me detuvo. Eran fotos artísticas, cuerpos entrelazados en sombras sensuales, curvas brillando bajo luces tenues, labios entreabiertos en un gemido silencioso. Imágenes de pasión y deseo puras, neta, que me hicieron apretar los muslos sin querer. Sentí un cosquilleo en el bajo vientre, como si alguien me hubiera soplado aire caliente ahí mismo. Mi mente voló a él, a Diego, mi carnal desde hace dos años. Ese wey con ojos cafés que me miran como si fuera la única chava en el DF.

Le mandé un mensaje: "Órale, ven ya. Tengo algo que mostrarte". Mi corazón latía fuerte, el pulso retumbando en mis sienes. Minutos después, el timbre sonó, y ahí estaba él, con su playera ajustada marcando los músculos del pecho, olor a colonia fresca y sudor del tráfico. Lo jalé adentro, cerré la puerta de un golpe y lo besé como si no hubiera mañana. Sus labios sabían a menta y cerveza, ásperos por la barba de tres días que raspaba mi piel suave.

¿Qué te pasa, mi amor? Estás bien caliente esta noche, murmuró contra mi boca, sus manos grandes bajando por mi espalda hasta apretar mis nalgas.

"Mira esto", le dije, arrastrándolo al sillón. Le mostré las imágenes en la pantalla grande del tele. Cuerpos desnudos en posturas que gritaban lujuria, pieles perladas de sudor, dedos hundidos en carne temblorosa. Diego se quedó callado un rato, su respiración volviéndose pesada, el bulto en sus jeans creciendo frente a mis ojos.

El comienzo fue lento, como el primer sorbo de un mezcal ahumado. Me senté en su regazo, sintiendo su dureza presionando contra mi entrepierna a través de la tela delgada. Mis tetas rozaban su pecho mientras le susurraba al oído: "Imagínate que somos nosotros, Diego. Tú y yo en esas posiciones, sudando, gimiendo". Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clavícula, y sus manos subieron por mis muslos, abriéndolos con gentileza pero firmeza.

El aire se llenó del olor nuestro, ese almizcle dulce de excitación que me hacía salivar. Lamí su cuello, saboreando la sal de su piel, mientras él bajaba la camisola y chupaba un pezón, tirando con los dientes lo justo para que doliera rico. Neta, este wey sabe cómo hacerme volar, pensé, arqueando la espalda. Mis uñas se clavaron en sus hombros, dejando medias lunas rojas que mañana le recordarían esto.

Nos movimos al cuarto, tropezando con la alfombra, riendo bajito como pendejos enamorados. La cama king size nos recibió con sábanas de algodón egipcio frescas contra nuestra piel ardiente. Diego me quitó la camisola de un tirón, exponiéndome al aire, mis pezones duros como piedras. Él se desvistió rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, con una gota de pre-semen brillando en la punta. Me relamí los labios, el sabor imaginado ya en mi lengua.

"Te quiero dentro ya, carnal", le rogué, abriendo las piernas. Pero él, el muy cabrón, se arrodilló entre ellas, su aliento caliente rozando mi panocha húmeda. Olía a mí, a deseo puro, jugos escurriendo por mis muslos. Su lengua plana lamió desde el clítoris hasta el ano, un movimiento lento que me hizo jadear. Sonidos húmedos llenaron la habitación, mis gemidos mezclados con su chupeteo voraz. Sentí sus dedos abriéndome, uno, dos, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas.

Mi mente era un torbellino. Esas imágenes de pasión y deseo ahora son reales, aquí en mi cama, con este hombre que me conoce como nadie. El calor subía por mi espina, oleadas de placer que me hacían retorcer. Agarré su pelo, jalándolo más cerca, mis caderas moviéndose solas contra su boca. "¡Más, Diego, no pares, pendejo!", grité, y él rio contra mi carne, las vibraciones mandándome al borde.

Pero no me dejó correrme aún. Se levantó, ojos negros de lujuria, y me volteó boca abajo, poniéndome de rodillas. Su verga rozó mi entrada, resbalosa y lista. Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. El sonido de piel contra piel empezó, plaf plaf plaf, rítmico como un tambor azteca. Sudor goteaba de su frente a mi espalda, caliente y salado. Sus manos en mis caderas, guiándome, follándome profundo.

La tensión crecía, cada embestida mandando chispas por mis nervios. Sentía su saco golpeando mi clítoris, su aliento jadeante en mi nuca. "Eres mía, Ana, toda mía", gruñó, mordiendo mi hombro. Yo respondía empujando hacia atrás, queriendo más, siempre más. El cuarto olía a sexo, a nosotros, a pasión desatada. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, y él gemía mi nombre como una oración.

El clímax nos golpeó juntos. Yo primero, un tsunami que me dejó temblando, gritando su nombre mientras mi panocha se contraía en espasmos. Él se hundió una última vez, caliente y espeso llenándome, su cuerpo colapsando sobre el mío. Nos quedamos así, pegados, pulsos latiendo al unísono, el sudor enfriándose en la piel.

Después, en la afterglow, nos acurrucamos bajo las sábanas revueltas. Su dedo trazaba círculos en mi vientre, el olor de nuestro amor aún flotando. "Esas imágenes no son nada comparadas con lo nuestro, mi reina", murmuró, besando mi sien. Yo sonreí, el corazón lleno, pensando en cómo unas fotos habían encendido este fuego que no se apaga.

Nos dormimos así, envueltos en el eco de nuestros gemidos, con la promesa de más noches como esta. Porque la pasión y el deseo no son solo imágenes; son lo que sentimos cuando el otro nos toca el alma.

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