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Tormenta de Pasiones Reparto Ardiente

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Tormenta de Pasiones Reparto Ardiente

Ana respiraba hondo en el set de grabación, el aire cargado con ese olor a café recién molido y maquillaje fresco que siempre flotaba en los estudios de Televisa. Era su primer día como parte del tormenta de pasiones reparto, la telenovela que todos en México estaban esperando. Vestida con un escote pronunciado que dejaba ver la curva de sus pechos bronceados por el sol de Acapulco, se sentía como una diosa lista para conquistar. Pero su mirada se clavó en él: Luis, el galán principal, con esa sonrisa pícara que hacía derretir a las morras del público.

Órale, qué wey tan chido, pensó Ana mientras lo veía cruzar el foro con su camisa ajustada marcando los músculos del pecho. Luis era el tipo de carnal que te hacía mojar con solo una mirada, alto, moreno, con ojos cafés que prometían noches de desmadre. Ella, con su pelo negro largo y ondulado, se acomodó el vestido rojo fuego, sintiendo ya el cosquilleo entre las piernas.

El director gritó ¡acción! y empezaron a rodar la escena de la primera pasión. Ana, interpretando a la villana seductora, se acercó a Luis, rozando su mano contra su brazo. El contacto fue eléctrico, piel contra piel, cálida y suave.

"No puedes resistirte a mí, mi amor",
dijo ella en guion, pero su voz salió ronca, real, con un temblor que no era actuación. Luis la miró fijo, su aliento mentolado rozándole el cuello.

"Eres mi tormenta, nena",
respondió él, improvisando, y el director lo dejó pasar porque la química explotaba en pantalla. Al corte, sus manos se demoraron un segundo de más en la cintura de ella. Ana sintió el calor de sus palmas a través de la tela fina, y un jadeo se le escapó. Neta, este pendejo me va a volver loca.

Durante el descanso, se sentaron en una esquina del set, compartiendo un elote asado que olía a mantequilla y chile. El vapor subía caliente, como el fuego que crecía en su vientre. Luis le pasó un trago de su chela fría, sus dedos rozando los de ella deliberadamente. Qué rica estás, Ana. Fuera de cámara eres aún más sabrosa, le susurró al oído, su voz grave vibrando contra su piel.

Ella rio bajito, juguetona. ¿Y tú qué, galán? ¿Todo ese tormenta de pasiones reparto te ha dejado con hambre de algo real? Sus rodillas se tocaron bajo la mesa improvisada, y el roce envió chispas por su espina dorsal. El ruido del set –risas del crew, claqueteo de zapatos, música de fondo– se desvanecía, dejando solo el latido acelerado de sus corazones.

La tarde avanzó con más tomas intensas. En una escena de beso, sus labios se unieron con fuerza fingida que se volvió verdadera. La lengua de Luis exploró su boca, saboreando a fresa de su gloss y el leve salado de sudor. Ana se arqueó contra él, sus pezones endureciéndose bajo el vestido, rozando su pecho duro. ¡Corte! ¡Perfecto! gritó el director, pero ellos se separaron lento, ojos nublados de deseo.

Después del wrap, Luis la invitó a su tráiler. Vámonos a desahogarnos, morra. Esta tensión no aguanta más. Ana asintió, el pulso retumbándole en las sienes. Caminaron por el estacionamiento, el aire nocturno fresco oliendo a jazmín y escape de carros, sus manos entrelazadas ya sin disimulo.

Dentro del tráiler, la luz tenue de una lámpara pintaba sombras sensuales en las paredes. Luis cerró la puerta y la acorraló contra ella, su cuerpo grande presionando el de ella. Te quiero desde que te vi llegar al reparto, murmuró, besándole el cuello, lamiendo la sal de su piel. Ana gimió, sus uñas clavándose en su espalda a través de la camisa. Pues tómame, wey. Hazme tuya.

Sus bocas se devoraron con hambre, lenguas danzando salvajes, sabores mezclándose: cerveza, sudor, deseo puro. Luis deslizó las manos por sus caderas, subiendo el vestido hasta revelar sus muslos firmes. Ella sintió sus dedos callosos rozando la renda de sus calzones, ya empapados. Estás chorreando, nena. Qué rico, gruñó él, hincándose para besar su ombligo, bajando lento.

Ana jadeaba, el olor almizclado de su propia excitación llenando el aire confinado. Sus pechos subían y bajaban rápidos mientras Luis le quitaba los calzones con dientes, exponiendo su sexo húmedo y rosado. Mírate, tan chula y lista para mí. Su lengua la tocó primero suave, lamiendo el clítoris hinchado, luego chupando con fuerza. Ana gritó, piernas temblando, agarrando su pelo. ¡Sí, carnal! No pares, qué sabroso! El placer era olas, caliente y líquido, construyéndose en su centro.

Él se levantó, quitándose la camisa de un tirón, revelando abdominales marcados y vello oscuro que bajaba hasta su verga dura, palpitante bajo los jeans. Ana la liberó ansiosa, envolviéndola con la mano, sintiendo el calor y las venas pulsantes. Qué pinga tan rica, Luis. Te la chupo hasta que ruegues. Se arrodilló, lamiendo la punta salada de precum, luego engulléndola profunda, su boca cálida succionando. Luis gemía ronco, ¡Órale, morra! Me vas a hacer acabar ya, sus caderas moviéndose instintivas.

La levantó en brazos, fuerte y posesivo, y la llevó a la cama deshecha. La tiró suave, quitándole el vestido. Desnuda, Ana era curvas perfectas: senos plenos con pezones oscuros erectos, cintura estrecha, culo redondo. Él se desnudó completo, su cuerpo atlético brillando de sudor. Se cubrió con condón rápido –todo chido y seguro, nena– y se posicionó entre sus piernas abiertas.

Entró lento, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. Ana arqueó la espalda, ¡Ay, wey! Lléname toda, sintiendo cada vena rozando sus paredes internas, el placer quemando. Él empezó a bombear, primero suave, luego duro, piel chocando con piel en palmadas húmedas. El tráiler se llenaba de gemidos, ¡Más! ¡Fóllame fuerte!, olores a sexo crudo, sábanas arrugándose bajo ellos.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo salvaje, senos rebotando, uñas en su pecho. Luis la agarraba el culo, guiándola, Qué chingona montas, Ana. Eres mi reina. El clímax se acercaba, tensión enredándose como tormenta. Sus cuerpos sudados se deslizaban, besos mordidas, el sabor metálico de sangre leve en labios hinchados.

Él la volteó a cuatro patas, penetrándola profundo desde atrás, una mano en su clítoris frotando rápido. Ana explotó primero, grito ahogado, paredes contrayéndose alrededor de él, jugos chorreando. ¡Me vengo, Luis! ¡Sí! El orgasmo la sacudió, visión borrosa, cuerpo convulsionando. Él la siguió segundos después, gruñendo ¡Ah, carajo!, vaciándose dentro del látex con espasmos potentes.

Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. Luis la abrazó por detrás, besándole la nuca. Eres increíble, parte de este tormenta de pasiones reparto que no termina en la tele. Ana sonrió, girando para besarlo tierno, el corazón latiendo calmado ahora. Esto apenas empieza, galán. Prepárate para más desmadre.

Se quedaron así, envueltos en el afterglow, el tráiler quieto salvo por sus respiraciones sincronizadas. Afuera, la noche mexicana susurraba promesas, pero adentro, habían encontrado su propia tormenta perfecta, consensual y ardiente, lista para repetirse en secreto.

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