Crímenes de Pasión 2
La noche en el rooftop de Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te acariciara con dedos invisibles. Las luces de la Ciudad de México parpadeaban allá abajo, un mar de neones que competía con las estrellas. Yo, Ana, con mi vestido negro ajustado que dejaba poco a la imaginación, sostenía un margarita helado en la mano, el salitre quemándome la lengua con cada sorbo. Hacía meses que no salía así, después de esa ruptura con mi ex que me dejó el corazón hecho trizas, pero esta noche quería sentirme viva, carajo.
Entonces lo vi. Marco, con esa sonrisa de pendejo encantador que siempre me desarmaba. Alto, moreno, con la camisa blanca abierta un poco en el pecho, mostrando ese vello oscuro que olía a colonia cara y a hombre de verdad. Nuestros ojos se cruzaron y el mundo se detuvo.
¿Qué chingados hace él aquí? Dios, qué ganas de besarlo, de morderle esos labios que me volvían loca.Me acerqué, fingiendo casualidad, pero mi pulso ya latía como tambor en las sienes.
—¡Ana, mamacita! ¿Cuánto tiempo? —dijo él, su voz grave retumbando en mi pecho como un bajo de cumbia.
Nos abrazamos, y su cuerpo contra el mío fue eléctrico. Sentí sus manos en mi espalda baja, firmes pero suaves, y el calor de su aliento en mi cuello, oliendo a tequila reposado. Hablamos de todo y nada: el pinche tráfico de la CDMX, los nuevos restaurantes en Roma, pero el aire entre nosotros crujía de tensión. Cada roce accidental —su rodilla contra la mía bajo la mesa, sus dedos rozando mi mano al pasarme el sal— era una chispa que avivaba el fuego.
Estábamos en el Acto Uno de lo que yo ya sabía sería un crimen de pasión. Recordé la primera vez, hace dos años, en una playa de Puerto Vallarta, cuando nos devoramos como animales hambrientos. Pero eso era historia vieja. Esta noche, el deseo era fresco, punzante, como un cuchillo caliente en la carne.
La música salsa nos envolvió, ritmos calientes que hacían mover las caderas sin querer. Me jaló a la pista improvisada, sus manos en mi cintura guiándome. Bailamos pegados, mi culo rozando su entrepierna endurecida, su aliento acelerado en mi oreja. Qué rico se siente esto, pensé, mientras el sudor nos unía, salado en la piel.
—No seas pendejo, Marco. Sabes que esto va a terminar mal —le susurré, pero mi cuerpo gritaba lo contrario.
—Mal no, delicioso —respondió, mordiéndome el lóbulo de la oreja con los dientes. Ese toque me erizó la piel entera.
El deseo crecía como tormenta en el desierto. Bajamos del rooftop en su camioneta, el motor rugiendo como nuestro pulso. En el camino a su penthouse en Lomas, sus dedos subieron por mi muslo, abriendo la rendija del vestido. Toqué su verga a través del pantalón, dura como piedra, palpitante.
Quiero chupártela ya, cabrón, tragármela hasta el fondo.Aparcamos y corrimos al elevador, besándonos como locos, lenguas enredadas, sabor a lima y lujuria.
En su depa, todo era lujo: ventanales con vista al skyline, sábanas de seda en la cama king size. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios en mis tetas, chupando los pezones endurecidos, enviando descargas directas a mi concha húmeda. Olía a su sudor mezclado con mi perfume de vainilla, embriagador.
—Estás cañón, Ana. Siempre lo has estado —gruñó, mientras yo le bajaba el zipper y liberaba esa verga gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precum.
Me arrodillé, saboreándola con la lengua plana, lamiendo desde la base hasta la punta, inhalando su olor almizclado, puro macho mexicano. Él gemía, enredando los dedos en mi pelo, guiándome sin forzar. Qué padre se siente tenerlo en la boca, llenándome. Lo tragué profundo, garganta relajada, saliva chorreando, hasta que me levantó y me tiró en la cama.
Aquí entraba el Acto Dos, la escalada imparable. Me abrió las piernas, admirando mi panocha depilada, hinchada de ganas. Sus dedos exploraron, rozando el clítoris hinchado, metiéndose adentro, curvándose para tocar ese punto que me hacía arquear la espalda. ¡Ay, cabrón, no pares! grité, mientras él lamía mi jugo, lengua danzando en círculos, succionando como si fuera el mejor tequila del mundo. Mi olor a excitación lo volvía loco, lo veía en sus ojos oscuros, pupilas dilatadas.
Pero quería más. Lo empujé boca arriba, montándolo como amazona. Su verga entró en mí de un jalón, estirándome deliciosamente, llenándome hasta el útero. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas, el slap slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo. El cuarto olía a sexo crudo, a sudor y fluidos mezclados.
—Fóllame duro, Marco. Hazme tuya —jadeé, clavándole las uñas en el pecho.
Cambiamos posiciones: él encima, misionero intenso, sus caderas aporreando las mías, verga saliendo y entrando como pistón. Sudábamos a chorros, bocas abiertas en gemidos animales. Toqué mi clítoris mientras me penetraba, el placer acumulándose como ola gigante.
Esto es un crimen, puro pecado de pasión, pero qué chingón se siente. Recordé el título de esa novela erótica que leí hace poco, Crímenes de Pasión 2, sobre amantes que se consumen en fuego prohibido. Así éramos nosotros, devorándonos sin remedio.
La tensión psicológica explotó: años de recuerdos reprimidos, culpas por separarnos, ahora liberados en cada embestida. Él me volteó a cuatro patas, agarrándome las caderas, penetrando profundo, su vientre contra mi culo. El espejo frente a la cama nos mostraba: yo con tetas rebotando, él sudado y feroz. Míranos, somos bestias.
El clímax llegó como terremoto. Sentí mi concha contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando por mis muslos. Grité su nombre, olas de placer rompiéndome, visión borrosa, cuerpo temblando. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, rugiendo como león, llenándome hasta rebosar.
En el Acto Tres, el afterglow fue dulce. Colapsamos enredados, pieles pegajosas, respiraciones calmándose. Besos suaves, caricias perezosas. El skyline brillaba afuera, testigo mudo.
Esto no fue un crimen, fue redención. Pasión pura, sin cadenas.
—Qué noche, ¿verdad? Como los crímenes de pasión de esas historias locas —murmuró él, trazando círculos en mi vientre.
Reí bajito, saboreando el sal de su piel en mis labios. —Sí, pero la segunda parte es aún mejor.
Nos quedamos así hasta el amanecer, cuerpos saciados, almas en paz. Mañana sería otro día en esta jungla de concreto, pero esta noche, fuimos dioses del deseo.