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Esclavos de la Pasion Pelicula

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Esclavos de la Pasion Pelicula

Ana se recargó en el hombro de Marco mientras las luces del cine de arte en la Condesa se apagaban. El aire olía a palomitas calientes mezcladas con ese perfume dulzón que él siempre usaba, un aroma que le hacía cosquillas en la nariz y le despertaba algo profundo en el estómago. Habían elegido esa esclavos de la pasion pelicula porque sonaba prohibida, como un secreto compartido entre amantes que ya llevaban tres años de fuego constante. "Órale, carnal", le había dicho Marco con esa sonrisa pícara, "esta noche nos vamos a poner bien calientes".

La pantalla cobró vida con tonos rojizos y música sensual, una melodía de guitarras españolas que vibraba en el pecho de Ana como un latido acelerado. La historia era de dos amantes atrapados en un torbellino de deseo, esclavos de su propia pasión, rindiéndose uno al otro en habitaciones iluminadas por velas. Ana sintió un calor subirle por las piernas cuando la actriz principal, con curvas perfectas, se dejó caer de rodillas ante su amante.

¿Y si yo hiciera eso?, pensó Ana, imaginando la lengua de Marco trazando caminos húmedos en su piel.
Su mano se deslizó instintivamente sobre el muslo de él, apretando la tela de sus jeans. Marco giró la cabeza, sus ojos oscuros brillando en la penumbra, y le susurró al oído: "Neta que ya me traes loco, mi reina". Su aliento cálido le erizó la piel del cuello.

El cine estaba casi vacío, solo unas parejas dispersas que murmuraban entre besos robados. Ana podía oír el roce de sus ropas, el pop ocasional de las palomitas, y el jadeo ahogado de la película que llenaba el espacio. Cada escena avivaba el fuego: besos voraces que sabían a sal y sudor, cuerpos entrelazados en un baile de gemidos. Marco deslizó sus dedos por la nuca de Ana, masajeando con esa presión que la hacía arquearse. Ella mordió su labio inferior, sintiendo cómo su centro se humedecía, un pulso insistente que pedía atención. No aguanto más, se dijo, mientras la mano de él bajaba por su espalda, rozando la curva de sus nalgas bajo el vestido ligero de algodón.

Cuando la película alcanzó su clímax, con los protagonistas gritando de placer en una cama de sábanas revueltas, Ana ya no veía la pantalla. Su mundo era el roce de la barba incipiente de Marco contra su mejilla, el sabor salado de su piel cuando le lamió el lóbulo de la oreja. "Vamos a mi depa", murmuró él, su voz ronca como grava. Ella asintió, el corazón latiéndole en la garganta. Salieron tomados de la mano, el aire fresco de la noche mexicana golpeándolos como una caricia inesperada, cargado del olor a tacos de la esquina y jazmines del parque.

En el departamento de Marco en Polanco, todo era lujo sutil: muebles de madera oscura, una cama king size con sábanas de hilo egipcio que olían a lavanda fresca. Ana se quitó los zapatos de tacón, sintiendo el piso frío bajo sus pies descalzos, un contraste delicioso con el calor que le ardía entre las piernas. Marco puso la película otra vez en la tele grande, pero ninguno la veía ya. Se acercó por detrás, rodeándola con sus brazos fuertes, sus manos grandes cubriendo sus pechos a través del vestido. "Eres mi esclava de la pasión", le dijo, imitando la línea de la peli con un tono juguetón, pero cargado de verdad. Ana se giró, presionando su cuerpo contra el de él, sintiendo la dureza de su erección contra su vientre. "Y tú el mío, pendejo", respondió ella riendo, pero su voz temblaba de anticipación.

Se besaron con hambre, lenguas danzando en un duelo húmedo que sabía a chicle de menta y deseo puro. Marco le bajó el vestido despacio, revelando sus senos llenos, los pezones ya duros como piedritas. Los tomó en sus manos, masajeándolos con pulgares expertos, enviando chispas de placer directo a su clítoris. Ana gimió, un sonido gutural que reverberó en la habitación, mientras sus uñas se clavaban en los hombros anchos de él.

Qué chingón se siente esto, neta que me vuelve loca su toque
, pensó, arqueando la espalda para ofrecerse más.

Él la llevó a la cama, tumbándola con gentileza pero firmeza. Se arrodilló entre sus piernas abiertas, besando el interior de sus muslos, inhalando el aroma almizclado de su excitación que lo volvía loco. "Estás chorreando, mi amor", gruñó, su aliento caliente rozando su panocha hinchada. Ana se retorció, las sábanas frías adhiriéndose a su piel sudorosa. Cuando la lengua de Marco finalmente la tocó, lamiendo desde la entrada hasta el botón sensible, ella gritó: "¡Ay, cabrón, no pares!". Él obedeció, chupando y succionando con maestría, introduciendo dos dedos gruesos que curvaba justo en ese punto que la hacía ver estrellas. El sonido era obsceno: lamidas húmedas, succiones, sus gemidos mezclados con los suyos. El olor a sexo llenaba el aire, denso y embriagador.

Ana sentía cada nervio encendido, el placer acumulándose como una ola en su vientre. Sus caderas se movían solas, follando la boca de Marco, mientras sus manos tiraban de su cabello negro revuelto. Él la miró desde abajo, ojos feroces de deseo, y eso la empujó al borde. "¡Me vengo, Marco, me vengo!", jadeó, y el orgasmo la atravesó como un rayo, contracciones violentas que la dejaron temblando, jugos cubriendo la barbilla de él.

Pero no era suficiente. Ana lo jaló arriba, quitándole la camisa con urgencia, lamiendo el sudor salado de su pecho musculoso, bajando hasta desabrochar sus jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Ella la tomó en la mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo la piel. "Quiero sentirte adentro", suplicó, guiándolo a su entrada resbaladiza. Marco se hundió lento, centímetro a centímetro, ambos gimiendo ante la plenitud. Es como si estuviéramos hechos el uno para el otro, pensó ella, envolviendo sus piernas alrededor de su cintura.

Empezaron un ritmo pausado, saboreando cada embestida: el slap de piel contra piel, el crujido de la cama, sus alientos entrecortados. Marco la besaba con fiereza, mordisqueando su cuello, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. Ana clavaba las uñas en su espalda, arañando, urgiéndolo más profundo. "Más fuerte, mi rey, hazme tuya", rogaba, y él aceleraba, sus caderas pistoneando con potencia animal. El sudor los unía, resbaloso y caliente, el olor a macho y hembra impregnando todo.

La tensión crecía, espirales de placer enroscándose en sus centros. Ana sentía otro clímax aproximándose, sus paredes internas apretando la verga de Marco como un puño. Él gruñía contra su oreja: "No aguanto, Ana, te voy a llenar". Ella asintió frenética, "Sí, córrete conmigo". El mundo explotó en éxtasis compartido: ella convulsionando, ordeñándolo, él derramándose en chorros calientes que la inundaban, prolongando su placer.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un enredo pegajoso. Marco besó su frente sudorosa, acariciando su cabello revuelto. "Eres lo mejor que me ha pasado, mi esclava de la pasión", murmuró tierno. Ana sonrió, el corazón lleno, sintiendo su semen escurrir entre sus piernas, un recordatorio íntimo.

Esta peli nos unió más, neta que somos esclavos de esto que sentimos
. Afuera, la ciudad bullía con luces y sonidos lejanos, pero en esa cama, solo existían ellos, saciados y en paz.

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