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Panchita en Pasión de Gavilanes

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Panchita en Pasión de Gavilanes

La hacienda Pasión de Gavilanes se extendía como un paraíso verde bajo el sol abrasador de Sinaloa, con sus campos de caña susurrando secretos al viento caliente y los caballos relinchando en los corrales. Panchita, con su piel morena brillando de sudor, caminaba por el porche de la casa grande, el vestido ligero pegándose a sus curvas generosas. Tenía treinta y tantos, viuda reciente, pero con un fuego en las entrañas que no se apagaba. Sus ojos negros, profundos como pozos de petróleo, se posaban en el horizonte donde Juan el Gavilán domaba un semental rebelde.

Él era el capataz, un hombre de hombros anchos, brazos tatuados con águilas y un bigote espeso que le daba ese aire de ranchero indomable. Cada vez que lo veía, Panchita sentía un cosquilleo en el vientre, como mariposas enloquecidas. Órale, qué prieto está el cabrón, pensaba, mordiéndose el labio. Juan levantó la vista y le guiñó un ojo, su sonrisa blanca contra la piel curtida. Ella respondió con una risa ronca, juguetona, el corazón latiéndole fuerte contra las costillas.

¿Por qué no? Ya soy dueña de todo esto. ¿Quién me va a juzgar? Esa pasión que llevo adentro necesita salir, como el río en temporada de lluvias.

Al atardecer, el aire se llenó del aroma dulce de las flores de pitaya y el humo de la leña en la cocina. Panchita se acercó al corral, pretextando revisar las yeguas. Juan limpiaba su sudor con un trapo viejo, el pecho desnudo reluciendo bajo la luz dorada. —Panchita, ¿qué te trae por acá, mi reina? —dijo él con voz grave, como trueno lejano.

—Vine a ver si este gavilán sigue volando alto —respondió ella, acercándose tanto que olió su macho olor a tierra, cuero y testosterona—. O si ya se cansó de tanto jalar.

Él rio, una carcajada profunda que vibró en el pecho de ella. Sus manos grandes rozaron su cintura al pasarle el trapo. El toque fue eléctrico, un chispazo que le erizó la piel de los brazos. Panchita no se apartó; al contrario, se pegó más, sintiendo la dureza de su cuerpo contra el suyo. Qué rico se siente esto, carnal.

La noche cayó como manta negra salpicada de estrellas. En la sala de la hacienda, con velas parpadeando y el sonido lejano de mariachis en el pueblo, Panchita sirvió tequila en vasos de cristal tallado. Juan se sentó frente a ella, sus rodillas tocándose bajo la mesa de roble. Conversaban de la tierra, de las cosechas, pero las palabras se cargaban de doble sentido.

—Esta hacienda se llama Pasión de Gavilanes por algo, ¿no? —dijo él, sus ojos devorándola—. Dicen que aquí los amores arden como fogata en sequía.

Panchita sorbió el tequila, el líquido quemándole la garganta, avivando el calor en su bajo vientre. Panchita en Pasión de Gavilanes, así me siento yo ahora, lista para volar. Se levantó, lenta, y se sentó en sus piernas, rodeándole el cuello con los brazos. Sus labios se rozaron, suaves al principio, probando el sabor salado del sudor y el agave.

El beso se profundizó, lenguas danzando como serpientes en celo. Las manos de Juan subieron por su espalda, desatando el vestido que cayó al suelo con un susurro de tela. Panchita jadeaba, el aire fresco de la noche besando su piel desnuda. Él la alzó como pluma, llevándola a la recámara principal, donde la cama king con sábanas de algodón egipcio los esperaba.

Allí, en la penumbra iluminada por la luna que se colaba por las cortinas, exploraron. Panchita sintió sus callos ásperos en sus pechos llenos, los pezones endureciéndose como piedras preciosas bajo sus pulgares. —Ay, Juan, qué chingón eres —gimió ella, arqueando la espalda. Él bajó la boca, chupando, lamiendo, el sonido húmedo llenando la habitación junto a sus respiraciones agitadas.

Esto es lo que necesitaba, un hombre que me haga mujer de nuevo, que me rompa en mil pedazos de placer.

Las manos de ella bajaron a su pantalón, desabrochando el cinturón con dedos temblorosos de anticipación. Liberó su verga gruesa, palpitante, caliente como hierro al rojo. La acarició, sintiendo las venas hinchadas, el prepucio suave deslizándose. Juan gruñó, un sonido animal que la mojó más, su panocha hinchada y resbalosa de jugos.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Panchita lo empujó a la cama, montándolo como a un potro salvaje. Sus caderas se movieron lentas al principio, rozando la cabeza de su pija contra su clítoris hinchado, untándola de su miel. El olor a sexo llenaba el aire, almizclado y embriagador, mezclado con el jazmín del jardín.

—Métemela ya, gavilán, no me hagas sufrir —suplicó ella, voz ronca de deseo.

Él obedeció, embistiéndola de un golpe profundo. Panchita gritó de placer, el estiramiento delicioso, llenándola hasta el fondo. Se movieron en ritmo perfecto, piel contra piel chapoteando, sudores mezclándose. Sus tetas rebotaban con cada vaivén, y Juan las amasaba, pellizcando los pezones hasta hacerla gemir más fuerte.

El clímax se acercaba, gradual, como ola subiendo. Panchita clavó las uñas en su espalda, sintiendo los músculos contraerse bajo sus dedos. ¡Sí, cabrón, así, no pares! Él aceleró, sus bolas golpeando su culo redondo, el sonido rítmico como tambores de fiesta. El olor de sus axilas sudadas, el sabor salado de su cuello que ella lamía, todo sensorial, abrumador.

Primero ella explotó, un orgasmo que la sacudió entera, contrayendo su coño alrededor de su verga en espasmos. Gritos ahogados, ¡Me vengo, ay Dios! Juan la siguió segundos después, gruñendo como toro, llenándola de su leche caliente, chorros potentes que sintió deslizarse dentro.

Se derrumbaron, jadeantes, cuerpos entrelazados. El silencio roto solo por sus respiraciones calmándose y el canto de grillos afuera.

En el afterglow, Panchita yacía con la cabeza en su pecho, escuchando el latido fuerte de su corazón volviendo a normal. El semen goteaba entre sus muslos, pegajoso y satisfactorio. Juan le acariciaba el cabello, besándole la frente.

—Eres fuego puro, Panchita. Esta pasión de gavilanes nos va a consumir a los dos.

Ella sonrió, satisfecha, el cuerpo lánguido y feliz. Por fin, paz en el alma. Mañana será otro día, pero esta noche soy reina. La hacienda dormía alrededor, testigo mudo de su unión. Panchita en Pasión de Gavilanes había encontrado su vuelo, libre y ardiente, prometiendo más noches de éxtasis bajo las estrellas sinaloenses.

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