Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Eres Mi Pasión Hermosa Eres Mi Pasión Hermosa

Eres Mi Pasión Hermosa

5935 palabras

Eres Mi Pasión Hermosa

La noche en Puerto Vallarta olía a mar salado y a esas flores tropicales que se abren solo después del sol. El sonido de las olas rompiendo en la playa se mezclaba con la cumbia que retumbaba desde el bar playero, donde la gente bailaba como si el mundo se acabara esa misma madrugada. Yo, Alejandro, estaba ahí con unos carnales, bebiendo chelas frías y tratando de olvidar el pinche estrés de la chamba en la Ciudad de México. Pero entonces la vi. Sofia. Bailando sola bajo las luces de neón, con un vestido rojo que se pegaba a su piel morena como una segunda capa, moviendo las caderas de una forma que me dejó clavado en el sitio.

Qué chula, wey, pensé, mientras mi pulso se aceleraba. Sus ojos negros brillaban con esa luz juguetona, y su risa se oía por encima de la música, fresca como el viento del Pacífico. Me acerqué, con el corazón latiéndome en los oídos, y le ofrecí una cerveza. ¿Bailas conmigo, preciosa? le dije, y ella sonrió, esa sonrisa que te derrite los huesos. Sí, güero, pero no me pises los pies, contestó con ese acento tapatío que me puso la piel chinita.

Nos movimos juntos al ritmo de la banda, sus manos en mis hombros, mi cintura rozando la de ella. Olía a coco y a algo más, un perfume dulce que se me metía en la nariz y me hacía imaginar cosas que no debía tan rápido. Eres mi pasión hermosa, se me escapó en un susurro cuando la canción terminó, y ella se rio bajito, pegando su frente a la mía. ¿Ya tan directo, carnal? Me caes bien.

La tensión crecía como la marea. Caminamos por la playa, descalzos en la arena tibia que aún guardaba el calor del día. Las estrellas eran un chorro infinito arriba, y el rumor del mar nos envolvía como una caricia. Hablamos de todo: de cómo ella era maestra en Guadalajara, de mis viajes por el país vendiendo artesanías, de sueños locos como mudarnos a una casita en la costa. Sus dedos rozaban los míos de vez en cuando, y cada toque era como una chispa eléctrica que me bajaba directo al estómago.

No puedo dejarla ir esta noche. Su piel se siente tan suave, tan viva. Quiero probarla entera.

Nos sentamos en una cabaña abandonada que alguien usaba para fiestas privadas, con redes de pesca colgadas y velas improvisadas. La besé ahí, lento al principio, saboreando sus labios carnosos que tenían gusto a sal y a ron. Ella respondió con hambre, sus uñas clavándose en mi nuca, su lengua explorando la mía como si fuéramos viejos amantes. Te deseo tanto, Alejandro, murmuró contra mi boca, y yo la levanté en brazos, sintiendo su peso perfecto contra mi pecho.

La llevé a mi hotel, un rincón chiquito pero limpio con vista al mar. La habitación olía a sábanas frescas y a jazmín del balcón abierto. La tiré en la cama con cuidado, riéndonos como pendejos felices. Me quité la camisa, y ella se incorporó, pasando las manos por mi pecho, bajando hasta mi abdomen. Su toque quema, neta. Cada roce es fuego puro. Eres fuerte, mi amor, dijo, y yo le desaté el vestido, revelando su cuerpo desnudo, curvas perfectas iluminadas por la luna que entraba por la ventana.

La besé por todo el cuerpo, empezando por el cuello, donde su pulso latía rápido como tambor de mariachi. Bajé a sus pechos, lamiendo los pezones oscuros que se endurecían bajo mi lengua, saboreando su piel salada y dulce. Ella gemía bajito, ay, qué rico, arqueando la espalda. Mis manos exploraban sus muslos suaves, subiendo hasta su centro húmedo, caliente. La toqué despacio, sintiendo cómo se mojaba más con cada caricia, su aroma almizclado llenando el aire, embriagador como tequila añejo.

Ven aquí, pendejito, me dijo juguetona, jalándome hacia arriba. Se puso encima, montándome como una reina, sus caderas girando lento. Entré en ella de una, profundo, y los dos soltamos un suspiro largo. Era apretada, caliente, perfecta. Se movía con ritmo, sus pechos rebotando, el sudor brillando en su piel. Yo la agarraba de las nalgas firmes, guiándola, oliendo su cabello revuelto que caía sobre mi cara. Eres mi pasión hermosa, Sofia, mi todo, le dije al oído, y ella aceleró, jadeando, Sí, sí, más fuerte, carnal.

La tensión subía como una ola gigante. Cambiamos posiciones, yo encima ahora, embistiéndola con fuerza controlada, sintiendo cada contracción de su interior alrededor de mí. El sonido de nuestra piel chocando era obsceno, mojado, mezclado con sus gemidos que subían de tono. ¡Qué chingón se siente! La besaba mientras, tragándome sus gritos, su sabor en mi boca. Sus piernas me rodeaban la cintura, uñas en mi espalda dejando marcas que dolían rico. Olía a sexo puro, a nosotros dos fundidos.

El clímax llegó como tormenta. Ella se tensó primero, gritando mi nombre, su cuerpo temblando bajo el mío, apretándome tanto que no pude aguantar. Me vine dentro de ella con un rugido, oleadas de placer que me nublaron la vista, el corazón retumbando como trueno. Nos quedamos pegados, sudorosos, respirando agitados, el mar de fondo como aplauso.

Después, en la afterglow, la abracé fuerte, su cabeza en mi pecho. El aire fresco entraba, secando nuestro sudor. Esto fue mágico, ¿verdad?, dijo ella, trazando círculos en mi piel. Yo besé su frente. Neta, Sofia. Eres mi pasión hermosa, y ojalá no sea solo esta noche. Hablamos en susurros hasta que el sueño nos venció, con promesas de vernos pronto, de más noches así en esta costa bendita.

Al amanecer, el sol pintó el cielo de rosa y naranja, y desperté con ella aún enredada en mis brazos. Su sonrisa perezosa me derritió de nuevo. Esto es lo que necesitaba, un amor así de intenso, de verdad mexicana, llena de sabor y fuego. Nos despedimos con otro beso largo, sabiendo que Puerto Vallarta nos había regalado algo eterno.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.