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Los Secretos Eróticos de los Actores del Diario de una Pasión

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Los Secretos Eróticos de los Actores del Diario de una Pasión

Ana se recostó en el sofá de su departamento en Polanco, con el aire cargado del aroma a café recién hecho y el sonido distante de la lluvia golpeando las ventanas. Era una noche de viernes perfecta para perderse en una película. Diego, su amigo de la uni con quien había estado coqueteando desde hace meses, llegó empapado, sacudiéndose el agua del cabello oscuro como un perro juguetón.

Órale, qué chido que trajiste la peli, dijo ella, entregándole una toalla. Él sonrió con esa mirada pícara que la ponía nerviosa, recordándole a Ryan Gosling en sus mejores días. Habían planeado ver Diario de una pasión, esa historia que siempre la hacía suspirar. Los actores del Diario de una pasión son lo máximo, neta, comentó Ana mientras acomodaba las almohadas. Diego se sentó a su lado, su muslo rozando el de ella accidentalmente, enviando una chispa eléctrica por su piel.

La pantalla se iluminó con las escenas iniciales del lago, el sol filtrándose entre los árboles. Ana sintió un calor subirle por el pecho al ver a Noah y Allie besándose bajo la lluvia. Imagínate ser Rachel McAdams, besada así por un tipo como Ryan, murmuró ella, su voz un poco ronca. Diego la miró de reojo, su mano descansando casualmente en el respaldo del sofá, cerca de su hombro desnudo. El olor a su colonia, mezclado con la lluvia fresca, la envolvió como una promesa.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Es solo una película, pero con él aquí, todo se siente real. Quiero que me mire como Noah mira a Allie.

La tensión creció con cada escena. Cuando Noah y Allie discutían en la calle, Diego soltó una risa baja. Esos actores del Diario de una pasión saben cómo armar un desmadre romántico. Su dedo índice rozó el brazo de Ana, trazando un camino invisible que erizó su piel. Ella no se apartó; al contrario, se inclinó hacia él, su pecho subiendo y bajando con respiraciones más profundas.

El beso bajo la lluvia llegó, y Ana jadeó suavemente. La pantalla mostraba cuerpos empapados, labios chocando con urgencia. Diego giró la cabeza hacia ella. ¿Quieres que apague la tele?, susurró, su aliento cálido contra su oreja. Ella negó con la cabeza, mordiéndose el labio inferior. Sus manos se encontraron en el espacio entre ellos, dedos entrelazándose con una lentitud tortuosa. El sonido de la lluvia afuera parecía sincronizarse con el pulso acelerado en sus venas.

Acto de escalada. Diego la atrajo hacia sí, su boca capturando la de ella en un beso que empezó tierno, como el de la película, pero pronto se volvió hambriento. Sus lenguas danzaron, saboreando el café dulce en él y el leve toque de menta en ella. Ana gimió contra sus labios, sus manos explorando el contorno de su pecho bajo la camisa mojada. Mamacita, estás temblando, murmuró él, su voz grave como un ronroneo. Ella respondió apretándose más, sintiendo la dureza creciente contra su muslo.

Se levantaron del sofá sin romper el contacto, tropezando hacia la recámara. El pasillo olía a jazmín de la vela que Ana había encendido antes. Diego la empujó suavemente contra la pared, besando su cuello, lamiendo gotas imaginarias de lluvia. Sabes a deseo puro, gruñó, sus dientes rozando su piel sensible. Ana arqueó la espalda, sus uñas clavándose en sus hombros.

Neta, es como si fuéramos los actores del Diario de una pasión, pero en versión mexicana y bien caliente. No pares, pendejo, dame más.

En la cama, las luces tenues de la ciudad se colaban por las cortinas, bañándolos en un resplandor plateado. Diego le quitó la blusa con reverencia, exponiendo sus senos al aire fresco. Sus labios bajaron, chupando un pezón endurecido, haciendo que Ana soltara un gemido agudo. ¡Ay, cabrón, qué rico! El sabor salado de su piel lo volvía loco; lamía y mordisqueaba, mientras sus manos bajaban a desabrocharle los jeans. Ella lo ayudó, empujándolos abajo junto con la tanga de encaje negro.

Ana lo volteó, montándose a horcajadas sobre él. Sus dedos temblorosos desabrocharon su cinturón, liberando su verga erecta, palpitante y caliente al tacto. Estás listo para mí, ¿verdad, guapo? Lo acarició de arriba abajo, sintiendo las venas hinchadas bajo su palma. Diego jadeó, sus caderas elevándose. Chúpamela, Ana, por favor. Ella se inclinó, su lengua trazando círculos en la punta, saboreando la gota perlada de pre-semen, salada y adictiva. El sonido de su succión llenaba la habitación, mezclado con sus gruñidos roncos.

La intensidad subió cuando él la levantó, colocándola de espaldas en la cama. Sus dedos exploraron su concha húmeda, resbaladiza de jugos. Estás empapada, neta que me matas. Deslizó dos dedos dentro, curvándolos para rozar ese punto que la hacía gritar. Ana se retorció, el olor almizclado de su excitación impregnando el aire. Más rápido, Diego, ¡chinga esa panocha! Él obedeció, su pulgar masajeando su clítoris hinchado, mientras besaba su vientre, bajando hasta lamerla con avidez. Su lengua era fuego líquido, chupando y succionando hasta que ella explotó en un orgasmo que la dejó temblando, olas de placer recorriendo su cuerpo.

Pero no era suficiente. Ana lo jaló hacia arriba, guiando su verga a su entrada. Entra en mí, como Noah con Allie, susurró, evocando a los actores del Diario de una pasión. Él empujó despacio al principio, llenándola centímetro a centímetro, ambos gimiendo ante la fricción perfecta. Caliente, apretada, perfecta. Empezaron un ritmo lento, piel contra piel chapoteando, sudando. El olor a sexo crudo los rodeaba, sus cuerpos brillando bajo la luz tenue.

La velocidad aumentó, Diego embistiéndola con fuerza, sus bolas golpeando su culo. ¡Más duro, wey, rómpeme! gritó ella, sus piernas envolviéndolo. Él gruñó, chingándola profundo, sus manos amasando sus nalgas. El clímax se acercaba como una tormenta; Ana sintió el nudo en su vientre apretarse, su concha contrayéndose alrededor de él. Me vengo, Diego, ¡ahí viene! Explosó de nuevo, chorros de placer mojando las sábanas. Él la siguió segundos después, vaciándose dentro de ella con un rugido animal, pulsos calientes llenándola hasta rebosar.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un enredo sudoroso. El sonido de la lluvia afuera ahora era un arrullo suave, contrastando con sus corazones galopantes. Diego besó su frente, su mano acariciando su cabello revuelto. Eso fue mejor que cualquier película, murmuró. Ana sonrió, satisfecha, su piel aún hormigueando.

Los actores del Diario de una pasión tendrían envidia. Esto fue nuestro diario, nuestra pasión desatada. Y quiero más noches así, con él.

Se quedaron así, envueltos en el afterglow, el aroma a sexo y lluvia persistiendo en el aire. Mañana sería otro día, pero esta noche, habían escrito su propia historia ardiente, llena de toques, gemidos y promesas silenciosas.

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