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La Pasión Ardiente de Cristo Luisa Piccarreta

6125 palabras

La Pasión Ardiente de Cristo Luisa Piccarreta

En la penumbra de mi recámara en el corazón de Guadalajara, con el aroma a jazmín flotando desde el patio, abrí el viejo libro que mi abuela me había dejado. La Pasión de Cristo según Luisa Piccarreta. Sus páginas amarillentas crujían bajo mis dedos, y mientras leía las palabras de esa mística italiana, un calor inexplicable empezó a subir por mi vientre. Yo, María, una tapatía de treinta años, devota pero con un fuego que no apagaba ni la Virgen de Guadalupe, sentía que esas descripciones de sufrimiento y entrega se transformaban en algo más... carnal, prohibido.

«El Señor suda sangre, su cuerpo tiembla en éxtasis divino...»
Leí en voz baja, y mi piel se erizó. El sonido de la lluvia golpeando las tejas mexicanas de mi casa parecía sincronizarse con los latidos de mi corazón. Imaginé a Cristo no como mártir lejano, sino como un amante que se ofrece entero, con músculos tensos y aliento jadeante. ¿Qué le pasaba a mi cuerpo? Mis pezones se endurecieron bajo la blusa de algodón, y entre mis piernas, un pulso húmedo me traicionaba.

Alejandro llegó esa noche, mi carnal, mi pendejo favorito con el que compartía no solo la cama, sino sueños locos. Era alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía como queso en un taco al pastor. Traía una botella de tequila reposado y unos tamales de elote que olían a gloria. «¿Qué traes ahí, nena?», preguntó al ver el libro sobre la mesita de noche.

«La Pasión de Cristo de Luisa Piccarreta, güey. Léelo, te va a poner cañón». Le guiñé el ojo, y él se rio, pero sus ojos se oscurecieron al hojearlo. Nos sentamos en la cama king size, con las sábanas revueltas oliendo a nuestro último revolcón. La lluvia arrecia, truenos retumban como gemidos lejanos. Le leí un pasaje, mi voz ronca: «Cristo se entrega, su carne lacerada busca redención en el abrazo del dolor placentero».

Alejandro me miró, su mano rozando mi muslo desnudo bajo la falda. «Esto no es pasión religiosa, mi reina, es pura lujuria disfrazada». Su aliento a menta y tequila me rozó el cuello, y yo sentí el vello de su brazo erizarse contra mi piel suave. El deseo inicial era un cosquilleo, como el chile en la boca antes del ardor. Nos besamos lento, saboreando labios salados, lenguas danzando como en una salsa tapatía.

El beso se profundizó, sus manos subieron por mis caderas, apretando la carne firme. «Estás mojada ya, ¿verdad?», murmuró, y yo asentí, gimiendo bajito. El olor de nuestra excitación empezó a mezclarse con el jazmín y la tierra mojada de afuera. Me quitó la blusa con urgencia contenida, lamiendo mis pechos, el sabor de mi piel como miel de maguey. Mis uñas se clavaron en su espalda ancha, sintiendo los músculos contraerse bajo la camisa.

Acto de escalada: La tensión crecía como la olla a presión en la cocina de mi mamá. Le conté mis pensamientos mientras él besaba mi ombligo, bajando despacio. «Es como si Luisa Piccarreta describiera un polvo divino, Alejandro. Imagina a Cristo entregándose así, sudando, gimiendo por su amada». Él levantó la vista, ojos brillantes. «Pues yo soy tu Cristo esta noche, y tú mi María Magdalena, lista para la redención».

Me recostó en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Sus dedos exploraron mi panocha, resbaladizos de mi néctar, círculos lentos que me hacían arquear la espalda. El sonido de mis jadeos llenaba la habitación, mezclado con la lluvia torrencial. «Más, carnal, no pares», supliqué, mi voz quebrada. Él se desnudó, su verga dura como obsidiana, palpitante, oliendo a hombre puro. La tomé en mi mano, sintiendo el calor veinoso, el pulso acelerado como mi propio corazón.

Internamente, luchaba:

¿Es pecado esto? ¿Profanar La Pasión de Cristo de Luisa Piccarreta con este fuego carnal? Pero Dios hizo nuestros cuerpos así, para gozar, para unirnos en éxtasis.
Esa duda se disipó cuando él me penetró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, el estiramiento delicioso, el roce interno como chispas. Nos movimos en ritmo, él embistiendo profundo, yo envolviéndolo con mis piernas, uñas en su culo firme.

El sudor nos unía, resbaloso, salado al lamer su cuello. Olía a él, a sexo, a tormenta. «Estás tan rica, María, tu coñito me aprieta como nunca», gruñó, acelerando. Yo respondía con caderas girando, buscando ese punto que me volvía loca. Gemidos se volvían gritos: «¡Sí, así, pendejo, dame todo!». El clímax se acercaba, tensión en espiral, mis paredes contrayéndose alrededor de su grosor.

En mi mente, visiones de Luisa Piccarreta: ella en éxtasis místico, pero yo lo vivía real, con carne y hueso. Alejandro me volteó, ahora yo encima, cabalgándolo como jinete en el charro days. Mis tetas rebotaban, él las amasaba, pellizcando pezones. El slap-slap de piel contra piel, el squelch húmedo, todo orquesta de placer. «Voy a venirme, nena», jadeó, y yo: «Espérame, juntos».

La liberación explotó como fuegos artificiales en la Feria de San Miguel. Mi orgasmo me sacudió, olas de éxtasis desde el clítoris hasta la nuca, chillidos ahogados en su boca. Él se derramó dentro, chorros calientes bañando mis entrañas, gruñendo mi nombre. Colapsamos, entrelazados, pulsos latiendo al unísono, el aire espeso con olor a semen y jugos.

En el afterglow, la lluvia amainaba, dejando gotas perlando la ventana. Alejandro me acariciaba el cabello, besando mi frente. «La Pasión de Cristo de Luisa Piccarreta nos dio la mejor noche, ¿eh?». Reí suave, mi cuerpo lánguido, satisfecho.

Esto no era pecado, era bendición. Unión de almas y cuerpos, como ella describía en sus visiones.

Nos quedamos así, envueltos en sábanas húmedas, el libro olvidado en la mesita. Mañana iría a misa, pero con este secreto ardiente en el alma. La pasión no termina en la cruz; renace en la carne, en el abrazo consentido, en el amor tapatío que quema como el sol de Jalisco.

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