Abismo de Pasion Cap 145 El Despertar del Deseo Prohibido
El sol se ponía en Puerto Vallarta, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que se reflejaban en las olas del Pacífico. Yo, Ana, acababa de llegar a la casa playera de Diego después de meses sin vernos. ¿Por qué carajos vine? me pregunté mientras subía las escaleras de madera, el olor a sal y jazmín invadiendo mis fosas nasales. Mi corazón latía como tambor en una fiesta de pueblo, y el vestido ligero que traía se pegaba a mi piel sudada por el calor húmedo.
Diego me abrió la puerta con esa sonrisa pícara que siempre me desarmaba. "¡Neta, Ana! ¿Qué onda, mi reina? Pásale, ya preparé unos tequilas." Su voz ronca, con ese acento norteño que me erizaba la piel, me envolvió como un abrazo. Estaba guapísimo, con la camisa entreabierta dejando ver su pecho moreno y musculoso, olor a loción de sándalo mezclado con sudor fresco. Nos dimos un beso en la mejilla que duró un segundo de más, y sentí su aliento caliente en mi cuello. Ya valió, pensé, el deseo trepando por mi espina como fuego lento.
Nos sentamos en la terraza, con el mar rugiendo abajo y las palmeras susurrando con la brisa. Brindamos con vasos helados, el tequila quemando dulce en mi garganta, liberando ese calor que se extiende por el cuerpo. Hablamos de todo y nada: del pinche trabajo en Guadalajara, de amigos que se casaron, pero el aire entre nosotros estaba cargado, como antes de una tormenta. "Te extrañé, carnala", murmuró él, su mano rozando la mía accidentalmente. O no tan accidental. Mi piel hormigueó, y crucé las piernas para calmar el pulso entre mis muslos.
Esto es el abismo de pasion cap 145 de nuestra historia, se me ocurrió, recordando esas novelas que veíamos juntos, pero ahora era real, nuestro propio capítulo ardiente.
La noche cayó rápida, estrellas brillando como diamantes sobre el agua negra. Pusimos música ranchera suave, y Diego me jaló a bailar. Sus manos en mi cintura eran firmes, calientes, guiándome al ritmo de "El Rey". Mi cuerpo se pegó al suyo sin querer –o queriendo mucho–, sintiendo la dureza de su pecho contra mis tetas, el bulto creciente en sus jeans rozando mi vientre. "Estás más rica que nunca, Ana", susurró en mi oreja, su aliento con sabor a tequila y menta. Yo gemí bajito, el olor de su piel masculina mareándome. No pares, supliqué en silencio, mientras mis pezones se endurecían contra la tela delgada.
El beso vino natural, como si el mar lo hubiera empujado. Sus labios carnosos devoraron los míos, lengua invasora saboreando mi boca con hambre de meses reprimida. Lo devolví con furia, mordiendo su labio inferior, mis uñas clavándose en su espalda. "Diego, mi amor, no me sueltes", jadeé cuando nos separamos por aire. Me cargó como si no pesara nada, sus brazos fuertes rodeándome, y me llevó adentro. El cuarto olía a sábanas frescas y velas de coco encendidas. Me tiró en la cama king size, el colchón hundiéndose suave bajo mi peso.
Aquí empezó el verdadero fuego. Se quitó la camisa despacio, dejando que admirara sus abdominales marcados, el vello oscuro bajando hasta su ombligo. Yo me incorporé, jalando mi vestido por la cabeza, quedando en tanga negra y nada más. Sus ojos se oscurecieron de lujuria. "¡Qué chingona estás, nena!" gruñó, gateando sobre mí. Sus manos exploraron mis curvas: apretando mis tetas llenas, pellizcando pezones rosados hasta que grité de placer. El roce de sus callos en mi piel sensible era eléctrico, enviando chispas directo a mi concha, que ya chorreaba humedad.
Me besó el cuello, lamiendo el sudor salado, bajando por mi clavícula hasta mamar mis chichis con succión voraz. ¡Ay, Dios! el sonido húmedo de su boca, el tirón en mis pezones, me tenía arqueándome. "Más, pendejo, no pares", le ordené, enredando mis dedos en su pelo negro revuelto. Él rio ronco, bajando más, su barba raspando mi vientre suave. Cuando llegó a mi tanga, la olió como animal en celo. "Hueles a miel pura, mi reina". La arrancó con dientes, exponiendo mi panocha depilada, hinchada y lista.
Su lengua fue un torbellino: lamió mi clítoris hinchado en círculos lentos, chupando mis labios mayores jugosos, metiendo la punta dentro de mí para saborear mis jugos. Gemí fuerte, el mar afuera ahogando mis gritos. Mis caderas se movían solas, follándome su cara, el sabor de mi propia excitación en su barbilla brillante. Esto es el abismo, pensé, cayendo más profundo con cada lamida. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, bombeando mientras su boca no paraba. "¡Me vengo, cabrón!", aullé, el orgasmo explotando como ola gigante, mi cuerpo convulsionando, squirt salpicando sus sábanas.
Pero no paró. Se quitó los jeans, liberando su verga enorme, venosa, goteando pre-semen. "Tómala, Ana, es tuya". La agarré, sintiendo su calor palpitante en mi palma, masturbándolo lento mientras lo veía gemir. Me puse de rodillas, el suelo fresco contra mis piernas temblorosas, y la tragué hasta la garganta. Sabía salado, masculino, su glande rozando mi paladar. Él me folló la boca suave, manos en mi cabeza, gruñendo "¡Qué boquita tan chida!". Pero quería más.
Me volteó boca abajo, nalgas en pompa, y entró de un empujón. ¡Madre mía! su verga me llenó por completo, estirándome delicioso, el roce de sus bolas contra mi clítoris. Embestía fuerte, piel contra piel sonando como palmadas, sudor goteando de su pecho a mi espalda. "¡Fóllame más duro, Diego!", supliqué, mis paredes apretándolo como guante. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo salvaje, tetas rebotando, uñas arañando su pecho. Él masajeaba mi culo, un dedo en mi ano juguetón, aumentando el placer.
El clímax nos golpeó juntos. "¡Me vengo, mi amor!", rugió, su verga hinchándose, chorros calientes inundándome. Yo exploté de nuevo, visión borrosa, cuerpo temblando, olor a sexo y mar impregnando todo. Colapsamos, jadeantes, su semen goteando de mí mientras me abrazaba fuerte.
Después, en la calma, nos quedamos enredados bajo las sábanas revueltas, el ventilador zumbando suave. Su mano acariciaba mi pelo, besos tiernos en mi frente. "Esto no fue el fin, Ana. Es solo el cap 145 de nuestro abismo de pasion", murmuró. Sonreí, el corazón lleno, sabiendo que vendrían más capítulos. El mar cantaba arrullo, y por primera vez en meses, me sentí completa, empoderada en su amor consensual y ardiente.