Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasional Tango Letra y Acordes en Carne Viva Pasional Tango Letra y Acordes en Carne Viva

Pasional Tango Letra y Acordes en Carne Viva

7146 palabras

Pasional Tango Letra y Acordes en Carne Viva

Ana entró en la milonga de Coyoacán con el corazón latiéndole como tambor de banda sinaloense. El aire estaba cargado de humo de cigarros finos y perfume de gardenias marchitas mezclados con el sudor fresco de los bailarines. Luces tenues de bombillas rojas parpadeaban sobre parejas que se mecían al ritmo del bandoneón, ese sonido ronco y quejumbroso que te eriza la piel como caricia prohibida. Vestía un vestido negro ajustado que le marcaba las curvas, falda con vuelo para que al girar revelara sus muslos morenos. Neta, ¿qué chingados hago aquí sola? pensó, mientras pedía un tequila reposado en la barra.

Entonces lo vio. Javier, alto, moreno, con ojos negros como pozos de obsidiana y una sonrisa pícara que prometía pecados. Llevaba camisa blanca arremangada, dejando ver antebrazos fuertes tatuados con rosas y espinas. Se acercó bailando solo, imitando los pasos del tango con gracia felina.

—Órale, güerita, ¿bailas o nomás vienes a ver?
le dijo, su voz grave vibrando en el pecho de ella como el bajo del contrabajo.

Ana sintió un cosquilleo en la nuca, el aroma a su colonia de sándalo y tabaco envolviéndola. Sí, carnal, bailo, respondió ella, extendiendo la mano. Sus palmas se tocaron, calientes, ásperas las de él por el trabajo manual, suaves las de ella por crema de vainilla. El tango empezó, "Por una cabeza", pero Javier murmuró: Yo conozco el pasional tango letra y acordes, te lo voy a cantar en la piel. La guió al centro, su mano en la curva de su espalda baja, presionando justo donde el vestido se arrugaba. Cada paso era una promesa: pierna entre piernas, cadera contra cadera, el roce de su erección incipiente contra su vientre haciéndola jadear bajito.

El deseo inicial era como brasas bajo la tierra, lento pero ardiente. Bailaron una, dos canciones, sus cuerpos aprendiendo el lenguaje del otro. Él la hacía girar, el vestido volando, su aliento caliente en la oreja:

—Siente el ritmo, Ana, como si te estuviera tocando las cuerdas más sensibles.
Ella reía nerviosa, el tequila calentándole las venas, el olor a su sudor masculino mezclándose con el suyo, dulce y almizclado. Al final de la tanda, se sentaron en una mesa apartada, piernas entrelazadas bajo el mantel. Hablaban de todo y nada: de la CDMX que no duerme, de cómo el tango argentino se había colado en los antros mexicanos como un amante furtivo.

Pasional tango letra y acordes, eso es lo que me apasiona —dijo él, sacando un cuadernito del bolsillo—. Mira, aquí las tengo anotadas, las canto con guitarra en las noches solitarias. —Leyó unas líneas roncas: "Tu boca es fuego, tu piel mi acorde mayor..." Ana se mordió el labio, imaginando esa voz en la oscuridad. La tensión crecía, sus rodillas rozándose, dedos jugueteando con el borde de su copa. Este pendejo me tiene mojadita ya, pensó ella, cruzando las piernas para calmar el pulso en su centro.

La invitó a su casa, un departamento chido en la Roma, con balcón a la calle empedrada. Caminaron tomados de la mano, el fresco de la noche mexicanizando el calor de sus cuerpos. Adentro, velas de cera de abeja parpadeando, olor a incienso de copal y café de olla. Sacó la guitarra acústica, vieja y rayada, y empezó a tocar. Pasional tango letra y acordes, murmuró, mientras sus dedos rasgueaban notas graves, sensuales. Ana se sentó en sus piernas, sintiendo su dureza presionando sus nalgas. Él cantaba bajito, letra inventada sobre amantes que se devoran: "Tus caderas giran como mi tango pasional, letra en tu piel, acordes en tu gemido..."

La escalada fue gradual, como el crescendo del bandoneón. Ella giró en su regazo, besándolo con hambre. Sus labios sabían a tequila y menta, lenguas danzando tango húmedo, succionando, mordiendo suave. Manos de él subiendo por sus muslos, arrugando el vestido hasta la cintura, dedos rozando el encaje de sus bragas empapadas. ¡Qué rico, Javier, no pares! jadeó ella, arqueando la espalda. Él dejó la guitarra, la acostó en el sofá de cuero crujiente, besos bajando por su cuello, lamiendo el hueco de la clavícula donde latía su pulso desbocado. El sonido de cremalleras bajando, telas deslizándose, piel contra piel caliente y sudorosa.

Ahora el verdadero baile. Javier la levantó, piernas de ella alrededor de su cintura, caminando al cuarto mientras se penetraba mutuamente con miradas. La cama king size olía a sábanas frescas de algodón egipcio y su esencia masculina. La depositó suave, pero posesivo, besando cada centímetro: pechos llenos, pezones duros como piedras de obsidiana que chupaba con lengua experta, haciendo que ella gritara ¡Ay, cabrón, sí!. Sus manos exploraban, dedos hundiéndose en su humedad resbaladiza, curvándose dentro para tocar ese punto que la hacía temblar.

—Estás tan chingona, Ana, tan mojada por mí —gruñó él, su aliento caliente en su monte de Venus.

Ella lo volteó, montándolo como amazona. Su verga gruesa, venosa, palpitante, la llenaba perfecta. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirándola, el roce interno enviando chispas por su espina. Empezó a cabalgar, caderas girando en ocho como en el tango, pechos rebotando, uñas arañando su pecho velludo. Él la sujetaba las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo juguetón por atrás para más placer. Olores intensos: sexo crudo, sudor salado, su corrida premonitoria. Sonidos: piel palmoteándose, gemidos roncos, respiraciones agitadas como fuelles de acordeón.

La intensidad subía, inner struggle: ella quería durar, saborear, pero el clímax la acechaba como tormenta veraniega. Él la volteó a cuatro patas, embistiéndola profundo, bolas golpeando su clítoris hinchado. Más fuerte, pendejo, rómpeme, rogaba ella, empujando hacia atrás. Sus dedos enredados en su pelo largo, tirando suave para arquearla. El cuarto giraba en espiral de placer: vista de su espalda musculosa sudada, tacto de sus abdominales contra su trasero, gusto de su piel salada cuando volteaba a lamerlo.

El pico llegó como tango furioso. Ana explotó primero, paredes internas convulsionando alrededor de él, chorros de jugo empapando sábanas, grito primal escapando: ¡Me vengo, Javier, neta me vengo!. Él la siguió, rugiendo, llenándola con semen caliente, pulsos interminables. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, pegajosos, respiraciones sincronizadas calmándose poco a poco.

En el afterglow, yacían en penumbras, velas goteando cera. Javier tarareaba bajito el pasional tango letra y acordes, dedos trazando patrones en su vientre húmedo. Ana sentía paz profunda, el corazón lleno como después de pozole en domingo.

—Esto fue chido, carnal. ¿Repetimos la letra mañana?
murmuró ella, besando su hombro. Él rio suave, atrayéndola más cerca. Afuera, la ciudad ronroneaba indiferente, pero en esa cama, habían compuesto su propia melodía eterna de pasión mexicana.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.