La Pasion de Cristo Canal 5 Desata Mi Fuego Prohibido
Era Semana Santa en la Ciudad de México y el calor de abril ya se sentía como un infierno pegajoso. Yo, Ana, estaba tirada en el sofá de mi depa en Polanco con Luis, mi carnal del alma, el wey que me hacía temblar con solo una mirada. Teníamos el tele prendido en Canal 5, donde transmitían La Pasion de Cristo, esa película que todos veían en estas fechas. El cuarto olía a velas de vainilla que había encendido para ambientar, y el aire acondicionado zumbaba bajito, luchando contra la humedad que se colaba por las ventanas.
Luis se recargó en mí, su brazo musculoso rodeando mi cintura, su aliento cálido rozándome el cuello. Qué chido estar así, relax, pensé, mientras la pantalla se iluminaba con las escenas del desierto. Jesús caminaba, sudado, con esa mirada de sufrimiento que te calaba hondo. Yo siempre había sido medio devota, de esas que van a misa los domingos, pero esa noche algo en el aire se sentía diferente. El cuerpo de Luis presionado contra el mío empezaba a despertar cosquillas en mi piel, como electricidad estática.
—Órale, Ana, mira cómo lo azotan — murmuró él, su voz ronca, mientras la flagelación empezaba. El sonido de los latigazos retumbaba en los bocinas, crujidos secos que me erizaban la piel. Sentí su mano deslizarse por mi muslo, subiendo despacito bajo mi short de algodón. Mi corazón latió más fuerte, neta, ¿aquí? viendo esto?. Pero no lo detuve. Al contrario, apreté las piernas un poquito, invitándolo.
La película avanzaba, sangre chorreando por la espalda de Cristo, y yo imaginaba ese dolor mezclado con un placer oculto. Luis me besó el lóbulo de la oreja, su lengua tibia trazando círculos. Olía a su colonia, esa de sándalo que me volvía loca, mezclada con el sudor leve de su piel morena. Esto está cañón, me dije, mientras mi mano bajaba a su entrepierna, sintiendo cómo se ponía duro como piedra bajo el pantalón.
El conflicto me carcomía por dentro.
¿Qué diría mi jefa si supiera que me excita ver sufrir al Señor? Soy una pendeja pecadora, pensé, pero el deseo ganaba terreno. Luis me volteó la cara y me clavó un beso profundo, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila de la chela que nos habíamos echado antes. Gemí bajito, el sonido ahogado por el rugido de la multitud en la tele.
La tensión subía como la marea en Acapulco. Nos quitamos la ropa con prisas torpes, risas nerviosas escapando entre besos. Mi blusa voló al piso, revelando mis chichis firmes, pezones ya duros como balas por el roce del aire fresco. Luis se hincó frente a mí, sus ojos oscuros devorándome como si yo fuera la Virgen en éxtasis. Él es mi Cristo personal, flashée en mi mente, mientras lamía mi ombligo, bajando lento hacia mi monte de Venus.
En la pantalla, cargaban la cruz, clavos listos, y el dramatismo de las trompetas me ponía la piel de gallina. Luis separó mis piernas, su aliento caliente en mi concha ya húmeda, oliendo a deseo puro, ese aroma almizclado que nos volvía animales. No mames, qué rico, jadeé cuando su lengua tocó mi clítoris, suave al principio, como una caricia de pluma. Luego chupó con hambre, sorbiendo mis jugos que sabían salados y dulces a la vez. Mis caderas se arquearon, uñas clavándose en su nuca, el sofá crujiendo bajo nosotros.
Lo jalé hacia arriba, queriendo más. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando con venas marcadas que invitaban a ser lamida. Me arrodillé yo ahora, el piso alfombrado suave bajo mis rodillas, y la tomé en la boca. Saboreé la piel tersa, el pre-semen salado goteando en mi lengua. Él gruñó, —¡Ay, wey, Ana, me vas a matar!, mientras sus manos enredaban mi pelo negro largo. Chupé más profundo, garganta relajada, el sonido obsceno de saliva y succiones mezclándose con los gemidos de María en la película.
Mi mente daba vueltas:
Esto es pecado mortal, pero qué chingón pecado. La Pasion de Cristo en Canal 5 nos está bendiciendo con fuego. Luis me levantó, me cargó como a una novia, y me tendió en la cama king size que teníamos en el cuarto contiguo. La tele seguía sonando de fondo, ahora el martirio en la cruz, rayos y truenos que ampificaban nuestro ritmo.
Él se colocó encima, su peso delicioso aplastándome contra las sábanas frescas de 1000 hilos. Rozó su pija contra mi entrada, lubricada al mil, y empujó despacio. Sí, carnal, así, susurré, sintiendo cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. Empezamos a movernos, lento al principio, como una danza sagrada. Sus embestidas profundas tocaban mi punto G, chispas de placer explotando en mi vientre. Sudábamos juntos, piel resbalosa pegándose, olores de sexo crudo invadiendo el aire: sudor, fluidos, pasión desatada.
La intensidad crecía con la película. Cuando Cristo gritaba en agonía, Luis aceleró, clavándome con fuerza, bolas golpeando mi culo en palmadas húmedas. —¡Más duro, pendejo, dame todo! le rogué, piernas enredadas en su cintura. Él obedeció, gruñendo como bestia, mordiendo mi cuello sin lastimarme, solo marcando territorio. Mis tetas rebotaban con cada choque, pezones rozando su pecho velludo, sensaciones que me llevaban al borde.
Internamente luchaba:
¿Es esto blasfemia o redención? Sufrir y gozar como Él, entregándonos el uno al otro. Cambiamos posiciones, yo encima ahora, cabalgándolo como amazona. Sus manos amasaban mis nalgas, dedos explorando mi ano con promesas futuras. Rebotaba fuerte, concha apretándolo como guante, jugos chorreando por sus huevos. El cuarto retumbaba con nuestros jadeos, —¡Te amo, Ana, neta! gritó él, y eso me rompió.
El clímax llegó como crucifixión gloriosa. Mi orgasmo explotó primero, paredes vaginales convulsionando, chorros calientes salpicando su abdomen. Grité su nombre, visión borrosa, estrellas danzando. Él se tensó debajo, verga hinchándose más, y eyaculó dentro, chorros potentes bañando mi útero con calor líquido. Colapsamos juntos, pulsos latiendo al unísono, respiraciones entrecortadas.
La película terminaba en la tele, resurrección brillando, Canal 5 anunciando comerciales. Nosotros yacíamos enredados, piel pegajosa enfriándose, besos suaves post-gozo. Olía a semen y sudor, delicioso recordatorio. Esto fue más que sexo, fue nuestra pasión propia, pensé, acurrucándome en su pecho.
Luis me acarició el pelo. —La proxima Semana Santa, repetimos, ¿va? Reí bajito. —Chido, pero trae más velas. En ese momento, supe que La Pasion de Cristo Canal 5 había despertado algo eterno en nosotros, un fuego que no se apaga con rosarios ni ayunos. Solo con más noches como esta.