Pasión Prohibida Rata Blanca
En las luces neón de una cantina en la Condesa, Luisa sintió ese cosquilleo en la nuca que le avisaba de problemas. La música retumbaba, un cover de Rata Blanca que hacía vibrar las mesas de madera pulida. Ella estaba ahí con sus cuates, celebrando el cumple de Carla, su mejor amiga desde la prepa. El aire olía a tequila reposado y cigarros electrónicos, mezclado con el perfume dulce de las morras que bailaban pegaditas.
Órale, Luisa, ¿por qué tan seria? —le gritó Carla por encima del ruido, pasándole un shot—. ¡Suéltate el pelo, carnala!
Luisa sonrió, pero sus ojos se clavaron en él. Ahí estaba, recargado en la barra, con una chamarra de cuero gastada y el pelo rubio largo hasta los hombros. Pálido como fantasma, pero con unos ojos verdes que taladraban. Lo había visto antes en fotos de Carla: el hermano mayor, el famoso rata blanca, apodado así por su pinche obsesión con la banda argentina y por ser más blanco que leche en el DF. Rata blanca, le decían burlones porque era medio tramposo con las morras, un pendejo encantador que rompía corazones sin querer.
Y era prohibido. Carla lo había jurado: nunca te metas con mi hermano, es puro desmadre. Pero la pasión prohibida ya le ardía en las venas a Luisa. Él volteó, como si sintiera su mirada, y le guiñó un ojo. El corazón le dio un brinco. Neta, ¿qué pedo conmigo?
La noche avanzó con shots y risas. Luisa bailaba, sintiendo el sudor resbaloso en su espalda, el roce de cuerpos ajenos. Pero siempre volvía a él. Marco, se llamaba. La interceptó en la pista, su mano grande y cálida en su cintura.
—Ey, ¿tú eres la amiga de mi hermana? Luisa, ¿verdad? —dijo con voz ronca, el aliento con olor a mezcal.
—Sí, la misma. Y tú eres el rata blanca legendario —respondió ella, juguetona, el pulso acelerado por el contacto.
Rieron, bailaron pegados. Su pecho duro contra sus tetas, el calor subiendo. Olía a colonia amaderada y algo salvaje, como tierra mojada después de lluvia. Cuando la cantina cerró, él le pidió su número. Pasión prohibida rata blanca, pensó ella mientras guardaba el teléfono, el estómago revuelto de anticipación.
Los días siguientes fueron un desmadre de mensajes. Marco le mandaba memes de Rata Blanca, links a canciones como “Mujer Amante”, y ella respondía con fotos de sus labios pintados rojo o su escote casual. Esto está chido, pero peligroso, se decía Luisa en el espejo del baño, oliendo su propio aroma a vainilla del shampoo. Trabajaba en una agencia de diseño en Polanco, rodeada de creativos hipsters, pero su mente volaba a él.
Se encontraron “por casualidad” en un café de la Roma. Él llegó con una playera negra ajustada que marcaba sus músculos de gym, el pelo revuelto. Pidieron cafés de olla, calientes y especiados, y hablaron horas. De la vida en el DF, de cómo él tocaba guitarra en un bar de rock, de sueños rotos y pasiones enterradas.
¿Sabes? Siempre me han dicho que soy una rata blanca, pero contigo siento que soy algo más —murmuró, su rodilla rozando la de ella bajo la mesa.
Luisa tragó saliva, el roce enviando chispas por su piel. Prohibido, pero qué rico. Lo besó ahí mismo, en la esquina del café, sus labios suaves y exigentes, sabor a café y deseo. Lenguas danzando, manos enredadas en pelo. Se separaron jadeantes, prometiendo más.
La tensión creció como tormenta. Noches de videollamadas donde él se quitaba la camisa despacio, mostrando el tatuaje de una rata estilizada en el pecho, blanca y rebelde. Luisa se tocaba pensando en él, el dedo húmedo imaginando su verga dura. Carla me mataría, pero neta lo quiero chingar. Mensajes calientes: Ven a mi depa, rata, te espero con falda corta.
Al fin, un viernes lluvioso. Su departamento en la Narvarte, minimalista con posters de bandas de rock y una guitarra en la esquina. El aire olía a incienso de sándalo y pizza recién horneada. Marco abrió la puerta en bóxers, sonriendo pícaro.
—Pasa, mi prohibida —dijo, jalándola adentro.
Se besaron contra la pared, feroz. Sus manos everywhere: él amasando sus nalgas firmes, ella arañando su espalda. Cayeron al sofá, ropa volando. Luisa lamió su cuello salado, bajó a sus pezones duros, mordisqueando. Él gimió, voz grave como trueno.
—Eres una chingona, Luisa. Mi pasión prohibida.
Lo empujó al piso, montándolo. Su verga tiesa, gruesa, latiendo contra su panocha mojada. Olía a sexo puro, almizcle y sudor fresco. Se frotó contra él, clítoris hinchado rozando la punta, gemidos escapando. Qué rico, wey, no pares.
Él la volteó, boca hambrienta en sus tetas, chupando pezones hasta doler de placer. Dedos expertas en su entrepierna, resbalosos de jugos, entrando y saliendo lento. Luisa arqueó la espalda, uñas en su culo, el piso frío contra su piel ardiente. Lluvia golpeando ventanas, soundtrack perfecto.
—Chíngame ya, rata blanca —suplicó ella, voz ronca.
Marco la penetró de un empujón, llenándola. ¡Ay, cabrón! Gritó ella, placer punzante. Ritmo lento al inicio, piel contra piel chapoteando, sus bolas golpeando suave. Aceleraron, salvajes. Él la cogía profundo, ella clavando talones en su espalda, orgasmos construyéndose como olas.
Sudor goteando, alientos mezclados, sabor salado en labios. Luisa sintió el clímax venir, músculos apretando su verga.
¡Sí, sí, córrete conmigo!Explotaron juntos, ella temblando, chorros calientes dentro, llenándola de éxtasis. Colapsaron, pegajosos y felices.
Después, en la cama revuelta, con sábanas oliendo a ellos, fumaron un cigarro compartido. La lluvia amainaba, ciudad susurrando afuera. Marco la besó la frente, tierno.
—Esto fue chido, ¿verdad? Aunque sea nuestra pasión prohibida rata blanca —dijo riendo bajito.
Luisa sonrió, dedo trazando su tatuaje. Prohibida, pero nuestra. Sabía que Carla se enteraría tarde o temprano, pero en ese momento, no importaba. Habían cruzado la línea, y valía cada puto segundo. El corazón latiendo calmado, piel aún sensible, promesa de más noches así.
Se durmieron enredados, el eco de rock en sus sueños, la pasión ardiendo quieta pero viva.