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Pasion Prohibida Capitulo 18 El Fuego Oculto

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Pasion Prohibida Capitulo 18 El Fuego Oculto

La noche en mi depa de Polanco se sentía pesada como un rebozo mojado de sudor. El aire acondicionado zumbaba bajito pero no alcanzaba a enfriar el calor que me subía por las nalgas hasta el pecho. Mi carnal, Luis, andaba de viaje en Monterrey por negocios, dejándome sola con mis pensamientos culeros. Y ahí estaba yo, Ana, de treinta y dos pirulos, con el cuerpo hecho un desmadre de curvas que ya no cabían en mis jeans prietos. Me miré en el espejo del baño, el pelo negro suelto cayéndome por los hombros, los labios pintados de rojo chillón que gritaban ven y fóllame.

El timbre sonó como un latido en mi entrepierna. Sabía quién era antes de abrir. Diego, el hermano menor de Luis, el wey que me había estado volviendo loca desde hace meses. ¿Qué chingados haces aquí tan tarde? pensé, pero mi cuerpo ya se movía solo. Abrí la puerta y ahí estaba él, alto, moreno, con esa playera negra pegada al pecho musculoso por el calor de la calle. Sus ojos cafés me recorrieron como si ya me estuviera desnudando.

Hola, cuñada, dijo con esa voz ronca que me eriza la piel. Entró sin pedir permiso, trayendo olor a colonia barata mezclada con el humo de la ciudad. Cerré la puerta y el clic fue como el detonador de una bomba.

Esta es mi pasion prohibida capitulo 18, pensé, el capítulo donde todo se va al carajo pero qué rico se siente.

Nos sentamos en la sala, fingiendo plática normal. Hablamos de Luis, de cómo le iba en el jale, de la familia en Guadalajara. Pero el aire se cargaba de electricidad. Sus rodillas rozaban las mías accidentalmente, o no tan accidental. Sentí su calor subiendo por mis muslos, mi panocha empezando a humedecerse como tierra en lluvia. ¿Por qué no te vas, pendejo? me dije, pero mis ojos lo devoraban: la vena palpitando en su cuello, las manos grandes que imaginaba apretándome las nalgas.

De repente, se levantó por un trago de agua. Lo seguí a la cocina como perra en celo. Ahí, con la luz fría del refri iluminándonos, me acorraló contra la mesita. Su aliento olía a mentas y tequila lejano. Ana, no aguanto más, murmuró, su mano subiendo por mi blusa, rozando mi teta izquierda. Gemí bajito, el pezón endureciéndose al instante bajo su pulgar. Sí, cabrón, tócalo, rugió mi mente.

Lo besé primero, salvaje, metiendo mi lengua en su boca como si quisiera comérmelo vivo. Sabía salado, varonil, con un toque de la salsa de los tacos que seguro comió en la esquina. Sus manos bajaron a mi culo, amasándolo fuerte, levantándome contra él. Sentí su verga dura como fierro presionando mi monte de Venus. ¡Qué chingona está! pensé, frotándome contra ella mientras nos devorábamos.

Me cargó como si no pesara nada y me llevó al sillón de la sala. Me tiró suave pero firme, quitándome la blusa de un jalón. Mis tetas saltaron libres, grandes y pesadas, con pezones morenos pidiendo chupadas. Se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando lento por mi panza suave. Olía mi aroma, ese almizcle dulce de mujer cachonda. Qué rico hueles, nena, gruñó, metiendo la nariz en mis calzones ya empapados.

Me los arrancó, exponiendo mi panocha rasurada, hinchada y brillante de jugos. Lamio primero los labios mayores, succionando suave, haciendo que mis caderas se arquearan. El sonido era obsceno: chup chup chup, como lamiendo un elote enchilado. Gemí fuerte, ¡Sí, Diego, chúpame la verga de dulce! Mis manos enredadas en su pelo negro, empujándolo más adentro. Su lengua entró en mi hoyo, girando, saboreando mis paredes calientes y resbalosas. Sentí el primer orgasmo venir como ola, tensándome toda, gritando su nombre mientras chorros calientes me salpicaban la cara interna de los muslos.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, el sillón hundiéndose bajo nosotros. Besó mi espalda, lamió el sudor que corría por mi espinazo. Sus dedos abrieron mis nalgas, rozando mi ano fruncido. No, wey, ahí no, pensé, pero un dedo lubricado con mi propio flujo se coló suave, masajeando mientras su boca volvía a mi clítoris. El doble ataque me volvió loca, mi cuerpo temblando, sudando, oliendo a sexo puro.

Esta pasion prohibida es mi vicio, mi capítulo 18 de puro desmadre placentero
, me dije entre jadeos.

Lo volteé, queriendo mi turno. Le bajé el pantalón y su verga saltó libre: gruesa, venosa, con la cabeza morada brillando de pre-semen. Olía a hombre puro, a testosterona. La chupé ansiosa, metiéndomela hasta la garganta, saboreando el salado amargo. Él gemía, ¡Qué mamada tan chida, Ana! Eres la mejor pinche cogedora. Le lamí las bolas peludas, succionándolas una por una, mientras mi mano pajeaba el tronco duro como encino.

No aguantamos más. Me puso a gatas en el sillón, mi culo en pompa ofreciéndosele. Entró de un empujón largo, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón, qué grande! grité, el estirón delicioso quemándome por dentro. Empezó a bombear lento, cada embestida haciendo slap slap contra mi carne. Sentía cada vena rozando mis paredes, su pubis chocando mi clítoris. El sudor nos unía, resbaloso, caliente. Aceleró, follándome duro, sus bolas golpeando mi ano. ¡Más, pendejo, rómpeme! lo provoqué.

Cambié de posición, montándolo en el piso alfombrado. Sus manos en mis tetas rebotando, pellizcando pezones. Cabalgaba como jinete en rodeo, mi panocha tragándoselo entero, jugos chorreando por sus huevos. Nuestros ojos se clavaron: puro fuego, pura complicidad prohibida. Él se sentó, abrazándome, mamando mis tetas mientras yo giraba las caderas. El orgasmo nos pegó juntos: yo chillando, contrayéndome alrededor de su verga, él gruñendo, llenándome de leche caliente que se desbordaba por mis muslos.

Caímos exhaustos, jadeando, piel pegada a piel. Su semen goteaba de mí, mezclándose con mi sudor. Olía a nosotros, a sexo crudo y satisfecho. Me besó la frente, suave. Esto no puede seguir, Ana, murmuró, pero su mano aún acariciaba mi nalga.

Lo sé, wey, respondí, sabiendo que era mentira. Esta pasion prohibida era nuestro secreto, nuestro capítulo eterno. Luis volvería mañana, pero el fuego oculto seguiría ardiendo. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopando, sintiendo la paz post-coital que solo el pecado da. Mañana fingiríamos normalidad, pero en el fondo, sabíamos: esto era adictivo, mexicano, puro y prohibido.

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