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Como Encontrar una Pasion en la Vida Desnuda

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Como Encontrar una Pasion en la Vida Desnuda

Tú caminas por las calles empedradas de la Roma, con el sol de la tarde tiñendo todo de un naranja cálido que se filtra entre los árboles. El aroma de los tacos al pastor de la taquería de la esquina te envuelve, mezclado con el humo dulce de los cigarros de los hipsters sentados en las mesitas de la acera. Tienes treinta y tantos, un trabajo de oficina que te paga las cuentas pero te deja el alma vacía, como si la vida fuera un ciclo interminable de correos electrónicos y cafés solubles. ¿Cómo encontrar una pasión en la vida? te preguntas mientras entras al bar de la esquina, un lugar chido con luces tenues y salsa en el fondo.

Te sientas en la barra, pides un mezcal reposado con sal y naranja. El líquido ahumado te quema la garganta, despertando un cosquilleo que sube por tu pecho. Ahí lo ves: un tipo alto, moreno, con camisa de lino arremangada que deja ver unos antebrazos fuertes, tatuados con un águila estilizada. Te mira con ojos cafés intensos, como si ya supiera tu secreto. Se acerca, güey casual, con una sonrisa que promete problemas del bueno.

¿Y si esta noche cambio todo? ¿Y si dejo de buscar en libros de autoayuda y lo encuentro aquí, en este bar lleno de extraños?

"¿Qué hace una chava como tú sola en un lugar como este?" dice él, con voz grave que vibra en tu piel. Se llama Diego, arquitecto, de esos que viajan por la república diseñando casas en la playa. Hablan de la ciudad, de cómo el tráfico te chinga el alma, de los atardeceres en el Zócalo que te hacen sentir viva por un rato. Su risa es ronca, contagiosa, y cuando roza tu mano al pasarte el vaso, sientes un chispazo eléctrico que te recorre la espina dorsal. El mezcal fluye, las palabras se vuelven más íntimas. "La vida es corta, carnala. Hay que prenderla como se debe", te dice, y tú asientes, porque justo eso es lo que te falta: fuego.

La noche avanza. Bailan al ritmo de una cumbia rebajada que retumba en los altavoces, sus caderas pegadas a las tuyas. Sientes el calor de su cuerpo a través de la tela fina de tu vestido, el sudor perlado en su cuello que huele a sándalo y hombre. Tus pechos rozan su pecho con cada giro, y un pulso traicionero late entre tus piernas. Esto es deseo puro, piensas, mientras su mano baja por tu espalda, deteniéndose justo en la curva de tus nalgas. No hay prisa, solo esa tensión que crece como una tormenta en el desierto sonorense.

"¿Vienes conmigo?" murmura en tu oído, su aliento caliente contra tu lóbulo. Tú dices que sí con un beso robado, labios suaves al principio, luego hambrientos, lenguas danzando con sabor a mezcal y promesas. Salen del bar tomados de la mano, el aire fresco de la noche besando tu piel arrebolada. Caminan unas cuadras hasta tu depa en la colonia, riendo de tonterías, pero con esa electricidad crepitando entre ustedes.

En el elevador, ya no aguantan. Lo empujas contra la pared, tus manos en su cabello revuelto, besándolo con urgencia. Él gime bajito, "Qué rica estás, wey", y sus dedos se cuelan bajo tu vestido, acariciando el encaje de tus panties. Sientes su erección dura contra tu vientre, y un gemido escapa de tu garganta. La puerta se abre, entran tambaleando, ropa cayendo por el pasillo como migajas de pan.

En la recámara, la luz de la luna se cuela por las cortinas, bañando la cama king size en plata. Tú lo desabrochas despacio, saboreando cada botón, revelando su pecho lampiño, pectorales firmes que invitas a lamer. Él te quita el vestido con reverencia, "Eres una diosa, pinche diosa", susurra, mientras sus labios recorren tu clavícula, bajando al valle entre tus senos. El aire huele a tu excitación, almizclado y dulce, mezclado con su colonia que te marea.

Esto es lo que buscaba: piel contra piel, sin máscaras, sin mañana. Como encontrar una pasión en la vida, aquí, en este instante crudo.

Te tumba en la cama, sus manos expertas masajeando tus muslos, abriéndolos con gentileza. Baja la cabeza, y su lengua encuentra tu clítoris hinchado, lamiendo con círculos lentos que te arquean la espalda. "¡Órale, qué chingón!" jadeas, tus dedos enredados en su pelo, tirando suave. El sonido húmedo de su boca en ti es obsceno, delicioso, y el placer sube en olas, contrayendo tus músculos. Él introduce un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, el punto que te hace ver estrellas. Gritas su nombre, el corazón latiéndote en las sienes, el sudor chorreando por tu frente.

No lo dejas solo en el juego. Lo volteas, cabalgándolo como amazona, tu boca devorando su verga tiesa, venosa, salada de precúm. Él gruñe, "Me vas a matar, mamacita", caderas embistiendo suave contra tu garganta. El sabor de él te enloquece, macho y salado, y lo chupas con hambre, sintiendo cómo palpita en tu boca. Luego, lo montas. Te hundes en él centímetro a centímetro, su grosor estirándote deliciosamente, llenándote hasta el fondo. El roce de su pubis contra tu clítoris es fuego puro, y cabalgas lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso.

La intensidad crece. Él te agarra las caderas, guiándote más rápido, el slap-slap de carne contra carne llenando la habitación junto con sus gemidos roncos y tus chillidos agudos. "Más duro, Diego, ¡chingame más!" suplicas, y él obedece, volteándote a cuatro patas, penetrándote profundo desde atrás. Sus bolas golpean tu trasero, manos amasando tus tetas, pellizcando pezones duros como piedras. El olor a sexo impregna todo, espeso y primal, mientras el orgasmo se acumula como un volcán.

Explota primero en ti, olas de placer que te contraen alrededor de su polla, ordeñándolo. Él ruge, "¡Me vengo, carajo!", llenándote con chorros calientes que sientes resbalar por tus muslos. Colapsan juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor, corazones galopando al unísono. Se besan perezosos, lenguas lánguidas, mientras el mundo se reduce a este colchón revuelto.

Después, en la quietud, con su cabeza en tu pecho escuchando tu latido calmarse, piensas en lo simple que fue. Como encontrar una pasión en la vida: no en terapias ni libros, sino en dejarte llevar, en un extraño que se volvió familiar en una noche. Él se va al amanecer, prometiendo volver, pero da igual. Ya la encontraste: vive en ti, en tu piel que aún hormiguea, en el eco de sus gemidos en tus oídos. Sales a la terraza, café en mano, el sol naciente pintando el skyline de la ciudad. Sonríes. La vida, ahora, sabe a pasión desnuda.

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