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El Rosario de la Pasion de Cristo en Fuego

7480 palabras

El Rosario de la Pasion de Cristo en Fuego

En la quietud de mi casa en el corazón de Puebla durante la Semana Santa el aire olía a incienso quemado y a las flores de bugambilia que trepaban por las paredes de adobe. Yo Ana de treinta años con mi piel morena y curvas que siempre me han hecho sentir poderosa tomaba entre mis dedos el rosario de la pasion de cristo ese que mi abuela me regaló con cuentas de madera tallada representando las estaciones del viacrucis. Cada cuenta era un recordatorio del sufrimiento de Jesús pero esa noche mientras rezaba en mi recámara iluminada solo por velas mi mente divagaba hacia pecados más carnales.

Mi cuerpo ardía. Sentía el calor entre mis muslos como si el Espíritu Santo hubiera bajado no para santificar sino para encender. ¿Por qué chingados me pasa esto justo ahora? pensé mientras pasaba las cuentas una a una murmurando

Ave María purísima
pero mi voz salía ronca como un susurro de deseo. El roce de las cuentas ásperas contra mi palma me erizaba la piel recordándome toques más íntimos. Afuera se oían las procesiones lejanas los tambores y las matracas anunciando la pasión pero dentro de mí bullía otra pasión la de la carne.

Entonces sonó el timbre. Era Diego mi amante de ojos negros y cuerpo fuerte como los danzantes de la conchería. Habíamos empezado hace meses en una fiesta de quinceañera donde bailamos hasta el amanecer. Él siempre me miraba como si yo fuera la Virgen pero lista para desatar el infierno. Entró oliendo a colonia barata mezclada con sudor fresco y me abrazó por la cintura sus manos grandes apretando mis nalgas con esa confianza que me volvía loca.

Órale carnal qué te traes me dijo con esa sonrisa pícara mientras sus ojos bajaban a mis pechos que se marcaban bajo la blusa de algodón. Estás cañón esta noche mami. Le mostré el rosario colgando de mi mano y le conté de mis rezos interrumpidos. Él se rio bajito ese sonido grave que me hacía cosquillas en el estómago. ¿Y si rezamos juntos? Pero a nuestra manera propuso y su voz era como miel caliente derramándose sobre mi piel.

Nos sentamos en la cama king size que compartíamos cuando él se quedaba. El cuarto olía a mi perfume de jazmín y al leve aroma de mi excitación que ya humedecía mis bragas. Empezamos el rosario juntos él de rodillas frente a mí como un penitente pero sus manos subían por mis piernas desnudas rozando la piel suave de mis muslos. Cada cuenta que pasaba yo sentía su aliento cálido cerca de mi entrepierna. El primer misterio doloroso la agonía en el huerto dije yo con voz temblorosa y él respondió besando mi rodilla sí pero esta agonía es de placer.

La tensión crecía como la procesión que se acerca al calvario. Sus dedos subían lentos trazando círculos en mi piel erizándola. Olía su aroma masculino mezclado con el mío el de mujer en celo. Mi corazón latía fuerte como tambores de moros y cristianos. ¿Me dejas ayudarte con el rosario? preguntó y tomé su mano grande colocándola sobre las cuentas. Juntos las pasamos él besando cada una y luego presionándola contra mi pecho donde mis pezones duros se marcaban como cruces vivientes.

Me quité la blusa despacio revelando mis senos llenos coronados de areolas oscuras. Diego jadeó ¡Qué chingones tus tetas reina! y acercó el rosario a mi piel. Las cuentas frías de madera contrastaban con mi calor rodando por mi escote bajando hasta mi ombligo. Cada roce era un latigazo de placer eléctrico. Yo gemía bajito sintiendo el peso de las cuentas sobre mis pezones como lenguas invisibles. Su boca siguió besos húmedos desde mi cuello hasta mi vientre lamiendo el sudor salado que perlaba mi piel.

El segundo misterio la flagelación susurré y él me volteó boca abajo en la cama. Sentí sus manos desatando mis pantalones deslizándolos con mis bragas de encaje negro. Mi culo al aire redondo y firme expuesto al aire fresco de la noche. Él tomó el rosario y lo pasó suave por mis nalgas las cuentas arañando levemente como azotes consentidos. Ay Diego no pares rogué mi voz un gemido ronco. Él se rio Esto es tu pasión mi amor tu vía crucis del placer. Su lengua caliente lamió mi raja desde atrás saboreando mi jugo dulce y salado mientras las cuentas rodaban por mi espalda baja.

La intensidad subía. Me puse de rodillas frente a él como orando pero ante su verga gruesa ya dura asomando por el pantalón. La saqué libre palpitante venosa oliendo a hombre puro. El tercer misterio la coronación de espinas dije y él gimió cuando mi boca la envolvió. Chupé lento saboreando la piel suave el pre-semen salado que brotaba como lágrimas de Cristo. Mis manos jugaban con sus bolas pesadas mientras el rosario colgaba entre mis senos rozando su pubis. Él enredó sus dedos en mi pelo negro largo tirando suave guiando mis movimientos. ¡Qué rico chupas panocha! Eres una santa pecadora gruñó su voz quebrada por el placer.

Pero no quería acabar así. Lo empujé a la cama montándolo como amazona. Ahora el camino al calvario le dije guiando su verga a mi entrada húmeda resbaladiza. Entró de un solo empujón llenándome hasta el fondo estirándome deliciosamente. Grité de puro gozo sintiendo cada vena pulsar dentro de mí. Cabalgaba lento primero mis caderas girando como en un jarabe poblano el sudor chorreando por mi espalda mezclándose con el olor almizclado de nuestros sexos unidos.

Las cuentas del rosario ahora en mi cuello como collar de esclava pero yo era la reina. Él las tomaba tirando leve acelerando mis movimientos. Nuestros cuerpos chocaban con sonidos húmedos chapoteos de piel contra piel. Olía a sexo puro a concha mojada y verga sudada. Mis tetas rebotaban hipnóticas él las amasaba pellizcando pezones enviando chispas a mi clítoris hinchado. Más rápido Ana dame todo pedía y yo obedecía cabalgando fiera mis muslos temblando el placer acumulándose como tormenta.

Internamente luchaba Esto es pecado pero qué pecado tan chido tan divino. Cada embestida era un misterio resuelto un paso hacia la cruz del orgasmo. Él se incorporó chupando mi cuello mordiendo suave mientras sus manos guiaban mi culo arriba abajo. Sentía su verga crecer más dura rozando mi punto G con cada golpe. El cuarto se llenaba de gemidos nuestros jadeos entrecortados el crujir de la cama como lamentos del viacrucis.

La crucifixión jadeé al borde y él asintió Ven conmigo al cielo. Aceleramos frenéticos mis paredes internas apretándolo ordeñándolo. El orgasmo llegó como la lanza en el costado un estallido de éxtasis líquido. Grité su nombre arqueándome mientras chorros de placer me sacudían olas y olas mi concha contrayéndose en espasmos. Él rugió vaciándome adentro semen caliente inundando mis entrañas marcándome como suya.

Caímos exhaustos enredados sudorosos el rosario aún entre nosotros tibio de nuestro calor. El aire olía a clímax cumplido a paz carnal. Diego me besó la frente Eres mi Virgen de la Pasión murmuró y yo sonreí Y tú mi Cristo resucitado. Afuera las campanas tañían anunciando la resurrección pero en mi alma ya había renacido algo nuevo una fe en el placer mutuo en esta unión bendita. El rosario de la pasion de cristo descansaba en la mesita testigo silencioso de nuestra propia pasión eterna.

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