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Pasión Sara Desatada

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Pasión Sara Desatada

Sara caminaba por las calles iluminadas de la Condesa, con el aire fresco de la noche rozando su piel morena como una caricia prometedora. Llevaba un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas, el escote dejando ver el nacimiento de sus senos firmes. Hacía calor en su interior, un hormigueo que subía desde el estómago hasta el pecho. ¿Por qué no dejo que esta noche sea mía?, pensó mientras entraba al bar La Pasión, un lugar chido donde la salsa retumbaba y los cuerpos se movían al ritmo del deseo.

Se sentó en la barra, pidiendo un margarita con sal. El bartender, un moreno de sonrisa pícara, le guiñó el ojo. Para una reina como tú, con extra chile, dijo. Sara rio, sintiendo el primer sorbo fresco bajar por su garganta, el limón ácido despertando sus papilas. Entonces lo vio: Diego, alto, con camisa blanca entreabierta mostrando pectorales duros, ojos negros que la devoraban desde el otro lado del salón. Él se acercó, oliendo a colonia masculina mezclada con sudor ligero de la pista.

¿Bailas o nomás ves?, le preguntó con voz grave, extendiendo la mano. Sara lo miró de arriba abajo, notando cómo sus pantalones marcaban un bulto prometedor. Depende de quién invite, respondió juguetona, usando ese tono mexicano coqueto que siempre funcionaba. Sus manos se tocaron al levantarse, una chispa eléctrica que le erizó la piel. En la pista, sus cuerpos se pegaron. El calor de él contra su espalda, sus caderas moviéndose sincronizadas al son de la cumbia. Sara sentía su verga endureciéndose contra su culo, y en vez de apartarse, se apretó más, gimiendo bajito en su oído.

Esta pasión Sara que siento es como un volcán, no la puedo apagar. Quiero que me folle aquí mismo, pensó, mientras el sudor perlaba su cuello.

Acto primero: la seducción sutil. Diego la giró, sus labios rozando su oreja. Eres fuego, morra. ¿Cómo te llamas? Sara. Y tú, ¿qué traes pa' mí? Rieron, bebiendo shots de tequila que quemaban como promesas. Hablaron de todo: de la vida loca en la CDMX, de antojos de tacos al pastor a medianoche, de cómo el deseo a veces golpea como un camión. Sara sentía su coño humedeciéndose con cada roce accidental, el aroma de su piel mezclándose con el humo de cigarros y el dulzor de frutas tropicales del bar.

Salieron tomados de la mano, el viento nocturno refrescando sus caras sonrojadas. Caminaron hasta el depa de Diego, un loft moderno en Roma Norte con vistas al skyline. Adentro, luces tenues, música suave de Natalia Lafourcade flotando. Él la besó contra la puerta, hambriento. Sus lenguas danzaron, saboreando tequila y sal. Sara metió las manos por su camisa, sintiendo los músculos tensos bajo sus dedos, el vello áspero que le raspaba las palmas.

El medio acto ardía ya. Se quitaron la ropa despacio, como ritual. Diego admiró sus tetas grandes, pezones oscuros endurecidos. Chíngame, qué ricas, murmuró, chupándolas con hambre. Sara jadeó, el sonido de su boca succionando como música erótica. Bajó la mano a su panocha, ya empapada, dedos resbalando en sus jugos calientes. Estás chorreando, wey. Te encanta, ¿verdad? Ella asintió, mordiéndose el labio, oliendo su propia excitación almizclada en el aire.

La llevó a la cama king size, sábanas de algodón egipcio suaves contra su espalda desnuda. Sara abrió las piernas, invitándolo. Diego se arrodilló, besando su interior de muslos, el aliento caliente precediendo su lengua. Lamía su clítoris hinchado, círculos lentos que la hacían arquearse. Su boca es un paraíso, joder, no pares, pensó, clavando uñas en su cabeza. Gemía alto, ¡Sí, cabrón, así! Lame mi pasión Sara entera. Él rio contra su piel, vibrando más placer.

La tensión subía como fiebre. Sara lo volteó, montándose a horcajadas. Su verga gruesa, venosa, palpitaba contra su vientre. La frotó en su raja mojada, untándola de sus fluidos. Te voy a cabalgar hasta que grites mi nombre, dijo con voz ronca. Diego gruñó, manos en sus caderas anchas. Bajó despacio, centímetro a centímetro, su coño apretado engulléndolo. El estiramiento la llenó, un dolor placentero que explotó en éxtasis. ¡Qué verga tan chingona!, exclamó, empezando a moverse.

Cabalgaba fuerte, tetas rebotando, sudor goteando entre ellas. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con sus jadeos. Diego pellizcaba sus pezones, Muévete más rápido, ricura. Siente cómo te parto. Sara aceleró, su clítoris rozando su pubis, ondas de placer acumulándose. Olía a sexo puro: sudor salado, coño en celo, semen preeyaculatorio. Internalmente luchaba: Quiero correrme ya, pero aguanta, hazlo eterno.

Cambiaron posiciones. De lado, él detrás, una pierna suya alzada. Entraba profundo, golpeando su punto G. Sara gritaba, ¡Más duro, pendejo! Dame toda tu pasión. Sus bolas chocaban contra su culo, el sonido obsceno avivando el fuego. Manos everywhere: arañazos en su espalda, mordidas en hombros. El clímax se acercaba, pulsos acelerados latiendo en oídos.

Acto final: la liberación. Diego la puso en cuatro, embistiéndola como animal. Me vengo, Sara, ¡ah! Ella sintió su verga hincharse, chorros calientes inundándola. Eso la empujó al borde. ¡Yo también, chingo! ¡Pasión Sara explota! Su coño se contrajo en espasmos, jugos squirteando, cuerpo temblando. Ondas de placer la recorrieron, visión borrosa, gusto metálico en boca.

Cayeron exhaustos, enredados en sábanas húmedas. Diego la besó suave, Eres increíble, morra. Tu pasión Sara me dejó seco. Ella sonrió, piel pegajosa, corazón calmándose. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente. Sara reflexionó: Esta noche fui dueña de mi fuego. Mañana, quién sabe, pero hoy soy libre.

Se ducharon juntos, agua caliente lavando restos de éxtasis, risas compartidas. Desayuno improvisado: chilaquiles con huevo y café de olla. Conversaron de sueños, de viajes a la playa en Puerto Vallarta. No promesas, solo conexión pura. Sara se fue al amanecer, piernas flojas, sonrisa eterna. La pasión Sara, desatada por fin, la transformaba.

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