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Pasión y Poder Consuelo

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Pasión y Poder Consuelo

En el corazón de Polanco, donde las luces de los restaurantes brillan como estrellas caídas, Ana caminaba con el peso del día sobre los hombros. Era una ejecutiva de thirty y tantos, con curvas que volvían locos a los pendejos de la oficina, pero esa noche solo quería olvidar las juntas eternas y las broncas con el jefe. El aire olía a jazmín y a tacos al pastor de la esquina, un aroma que siempre la hacía sentir en casa, aunque su penthouse gritara lujo. Entró al bar La Noche Eterna, un lugar chido para desconectar, con jazz suave flotando y meseros que sabían servir un buen mezcal sin preguntar.

Allí estaba él, Rodrigo, sentado en la barra como si fuera el rey del pedo. Alto, moreno, con esa mirada de tigre que te cala hasta los huesos. Traía una camisa negra ajustada que marcaba sus músculos, ganados en el gym y en las calles de la CDMX. Era dueño de una cadena de gyms exclusivos, un carnal con poder, pero con una vibra que decía "ven, déjame cuidarte". Ana lo vio y sintió un cosquilleo en el estómago, como cuando comes chile y te sube el calor.

¿Qué chingados me pasa? Solo vine por un trago, no por ligue. Pero neta, ese vato me prende.

Se acercó, pidiendo un mezcal con naranja y sal. Rodrigo giró la cabeza, sus ojos oscuros clavándose en ella como si ya la conociera de toda la vida.

Órale, morra, ¿vienes a curar el alma o a buscar problemas? —dijo con voz grave, ronca, que vibraba en el aire cargado de humo y deseo.

Ana sonrió, sintiendo el pulso acelerarse. —Las dos cosas, carnal. El día me dejó hecha mierda.

Charlaron, el mezcal fluyendo como río, soltando anécdotas de la vida loca en México. Él hablaba de sus conquistas en el mundo fitness, de cómo el poder viene del control del cuerpo, y ella de las guerras de oficina. Poco a poco, la tensión del día se evaporaba, reemplazada por un calor que subía desde el vientre. Rodrigo la tocó por primera vez al pasarle el vaso: sus dedos ásperos rozando los suyos, enviando chispas por su piel.

Vente a mi depa, está cerca. Te ofrezco pasión y poder consuelo, sin pedos. —murmuró él, su aliento cálido con olor a agave contra su oreja.

Ana dudó un segundo, pero el deseo ganó. —Sí, güey. Llévame.

El elevador del edificio de Rodrigo subía lento, como si supiera lo que se avecinaba. Dentro, él la acorraló contra la pared de espejo, sus manos grandes en su cintura, apretando con fuerza que prometía dominio pero también ternura. Ana jadeó, oliendo su colonia amaderada mezclada con sudor fresco. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando como en una salsa callejera, salvaje y precisa.

Eres mía esta noche, Ana. Déjame darte todo. —gruñó él, mordisqueando su cuello, dejando un rastro de saliva que ardía como chile.

Ella se arqueó, sintiendo sus pechos apretados contra el torso duro de él. —Sí, hazme tuya, pero con calma, pendejo. Quiero sentir cada pedacito.

Entraron al depa, un loft minimalista con vistas al skyline de Reforma, luces tenues que pintaban sus cuerpos en dorado. Rodrigo la llevó a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a limpio y a anticipación. La desvistió despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el nacimiento de sus senos, el ombligo, el interior de los muslos. Ana temblaba, el aire fresco erizando sus pezones duros como piedras.

¡Madre santa, este carnal sabe lo que hace! Su boca... es fuego puro.

Él se arrodilló, separando sus piernas con manos firmes. Su lengua exploró su centro húmedo, lamiendo con maestría, saboreando su néctar salado y dulce. Ana gimió alto, agarrando sus mechones negros, el sonido de sus succiones mezclándose con su respiración agitada. Olía a ella, a sexo inminente, a deseo crudo mexicano. Rodrigo introdujo un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas, mientras su pulgar jugaba con su clítoris hinchado.

Estás chingona mojada, mi reina. Gime para mí. —ordenó, su voz un mando que la excitaba más.

Ella obedeció, arqueando la espalda, el placer subiendo como volcán. Pero él se detuvo, sonriendo pícaro. —Aún no, morra. Primero tú me das placer.

Ana lo empujó a la cama, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con una gota perlada en la punta que olía a hombre puro. La tomó en la boca, saboreando la sal de su piel, chupando con hambre callejera. Rodrigo gruñó, sus caderas moviéndose, follándole la boca con control. —¡Órale, qué rica boca! Pero no me vengas con eso, que quiero estar dentro de ti.

Se posicionó sobre ella, frotando su miembro contra su entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana sintió cada vena, cada pulso, el calor abrasador llenándola. Comenzaron a moverse, un ritmo lento al principio, como tango en Garibaldi, piel contra piel sudada, el slap slap de cuerpos chocando, gemidos que llenaban el cuarto.

Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, agarrando sus caderas con poder. —Ahora sí, pasión y poder consuelo total. —dijo, embistiéndola profundo, sus bolas golpeando su clítoris.

Ana gritó de placer, el olor a sexo impregnando todo, sus jugos corriendo por sus muslos. Rodrigo le dio nalgadas suaves, rojas marcas que ardían placenteramente, mientras sus dedos jugaban con sus pezones. El clímax se acercaba, tensión enredándose como bejuco.

La intensidad creció, Rodrigo acelerando, su sudor goteando en su espalda. Ana sentía su interior contrayéndose, el orgasmo rugiendo cerca. —¡No pares, carnal! ¡Métemela más duro! —suplicó, voz ronca.

Él la levantó, sentándola a horcajadas, sus manos en su culo guiándola arriba y abajo. Ahora ella tenía el poder, cabalgándolo como amazona, sus senos rebotando, uñas clavadas en su pecho. Rodrigo lamía sus pezones, mordiendo suave, el sabor de su piel salado en su lengua. El cuarto giraba en un torbellino de sensaciones: el crujir de la cama, el jadeo sincronizado, el aroma almizclado de sus cuerpos unidos.

Esto es lo que necesitaba. Pasión que quema, poder que domina, consuelo que cura. Neta, soy suya.

El clímax la golpeó primero, olas de placer convulsionándola, su coño apretando su verga como tenaza. Gritó su nombre, lágrimas de éxtasis en los ojos, mientras él la seguía, llenándola con chorros calientes, gruñendo como bestia. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, pulsos latiendo al unísono.

En el afterglow, Rodrigo la abrazó, besando su frente sudorosa. —¿Ves? Pasión y poder consuelo, mi amor. Quédate conmigo.

Ana sonrió, sintiendo paz profunda, el peso del día disuelto en ese abrazo. Afuera, la ciudad ronroneaba, pero adentro solo existían ellos, en un mundo de piel y susurros. Se durmieron así, envueltos en sábanas revueltas, el sabor de la noche en sus labios.

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