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Pasion Prohibida Capitulo 98 El Susurro Ardiente

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Pasion Prohibida Capitulo 98 El Susurro Ardiente

Estaba en la cocina de la casa en Polanco preparando unos tacos de carnitas para la cena familiar. El olor a cebolla dorada y cilantro fresco llenaba el aire, mezclándose con el humo del comal caliente. Mi esposo Javier había salido a un viaje de negocios a Monterrey, como siempre, dejándome sola con las ganas acumuladas. Neta, a veces me sentía como una leona enjaulada, lista para saltar sobre el primero que me mirara con ojos de fuego.

Entonces llegó Marco, el mejor amigo de Javier desde la uni. Alto, moreno, con esa barba recortada que le daba un aire de galán de telenovela. Traía una botella de tequila reposado y una sonrisa que me hacía temblar las rodillas. "¡Órale, Ana! ¿Qué onda? Javier me dijo que te echara la mano con la cena", dijo mientras se acercaba al mostrador, su colonia fresca invadiendo mi espacio personal.

Lo miré de reojo, sintiendo ese cosquilleo en el estómago que siempre me provocaba. Nuestras miradas se cruzaron, y juro que vi el deseo puro en sus ojos cafés.

Esto es pasion prohibida, Ana. Capítulo 98 de esta mierda que no para de crecer
, pensé mientras le pasaba un cuchillo para que picara jitomates. Nuestros dedos se rozaron, y fue como una descarga eléctrica. Mi piel se erizó, y noté cómo su pecho subía y bajaba más rápido.

La noche avanzó con risas y chelas frías. Hablamos de todo: del tráfico en Insurgentes, de las fiestas en la Roma, de cómo la vida nos había cambiado. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía como una tormenta. Cada vez que se inclinaba para servirse más guac, su brazo rozaba mi hombro, y yo sentía el calor de su cuerpo filtrándose a través de mi blusa ligera. El sudor perlaba su frente, y yo imaginaba lamiendo esas gotas saladas.

¿Por qué carajos tiene que ser el cuate de mi marido? me preguntaba en silencio, mientras el pulso me latía entre las piernas. Al final de la cena, recogimos los platos juntos, nuestros cuerpos chocando en el espacio estrecho de la cocina. "Ana, neta que cocinas como diosa", murmuró cerca de mi oreja, su aliento cálido rozando mi cuello. Giré la cabeza, y nuestros labios quedaron a milímetros. El tiempo se detuvo.

Acto seguido, sus manos tomaron mi cintura, atrayéndome contra él. Sentí su dureza presionando mi vientre, y un gemido se me escapó sin querer. "Marco... esto no está chido", susurré, pero mis manos ya trepaban por su espalda musculosa, clavando las uñas en su camisa. Él no dijo nada, solo me besó. Un beso hambriento, de esos que te dejan sin aire, con lengua explorando mi boca como si quisiera devorarme entera. Sabía a tequila y a menta, y yo me derretía como mantequilla en comal.

Me levantó en brazos como si no pesara nada y me llevó al sillón de la sala. La luz tenue de las velas parpadeaba, proyectando sombras danzantes en las paredes. Me recostó con cuidado, pero sus ojos ardían con urgencia. "Dime que pare, Ana, y paro", jadeó, mientras desabotonaba mi blusa con dedos temblorosos. "No pares, pendejo. Te necesito ya", respondí, arqueando la espalda para que me quitara el sostén.

Sus labios bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando un rastro de besos húmedos que me hacían arquearme. El sonido de su respiración agitada se mezclaba con mis suspiros, y el aroma de su sudor mezclado con mi perfume de jazmín llenaba la habitación. Sus manos expertas masajearon mis senos, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras.

¡Qué rico se siente esto! Cada caricia es como fuego líquido corriendo por mis venas
, pensé, mientras mis caderas se movían solas buscando fricción.

Le quité la camisa de un tirón, revelando ese torso torneado de tanto gym en el Condesa. Mis uñas recorrieron sus abdominales, sintiendo cada músculo contraerse bajo mi toque. Bajé la cremallera de sus jeans, y su verga saltó libre, gruesa y palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel aterciopelada. "Mírate, toda mojada para mí", gruñó él al meter la mano en mi panty, deslizando dos dedos dentro de mí. Estaba empapada, chorreando jugos que olían a deseo puro.

Me penetró con los dedos primero, lento, curvándolos para rozar ese punto que me volvía loca. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. "¡Más, cabrón! No te detengas", le rogué, mientras mi cuerpo se convulsionaba. Él aceleró, su pulgar frotando mi clítoris hinchado, y yo me vine en su mano, gritando su nombre como una posesa. El orgasmo me dejó temblando, con las piernas flojas y el corazón a mil.

Pero no era suficiente. Lo empujé al sillón y me subí encima, guiando su polla dura a mi entrada. Bajé despacio, sintiendo cómo me llenaba centímetro a centímetro. ¡Ay, Dios! Tan grueso, tan perfecto. Empecé a cabalgarlo, mis caderas girando en círculos, el slap-slap de nuestra piel chocando como música erótica. Él agarraba mis nalgas, amasándolas fuerte, dejando marcas rojas que dolían rico.

Sus ojos no se despegaban de los míos, y en ese momento de conexión pura, supe que esto era más que sexo. "Eres mía esta noche, Ana. Pasion prohibida, pero neta que no puedo más", confesó entre jadeos. Yo aceleré, sintiendo el orgasmo construyéndose de nuevo, como una ola gigante. El sudor nos pegaba, nuestros cuerpos resbalosos deslizándose uno contra el otro. El olor a sexo impregnaba todo, almizclado y adictivo.

Me volteó, poniéndome a cuatro patas en el suelo mullido. Entró de nuevo desde atrás, profundo, golpeando mi culo con cada embestida. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, y yo me mordía el labio para no gritar demasiado. "¡Córrete conmigo, Marco! Lléname", supliqué, y él obedeció. Con un rugido gutural, se vino dentro de mí, caliente y abundante, empujándome al borde. Mi segundo orgasmo me destrozó, olas de placer sacudiendo mi cuerpo hasta dejarme sin fuerzas.

Nos derrumbamos juntos en el sillón, jadeando, envueltos en el calor de nuestros cuerpos exhaustos. Su mano acariciaba mi cabello húmedo, y yo trazaba círculos en su pecho con la yema del dedo. El silencio era cómodo, roto solo por nuestras respiraciones calmándose.

Capítulo 98 de esta pasion prohibida que nos consume. ¿Qué sigue? ¿Culpa? ¿Más deseo?

Marco me besó la frente, suave, tierno. "Esto no fue un error, ¿verdad?", preguntó con voz ronca. Sonreí, saboreando el regusto salado de su piel en mis labios. "No, mi amor. Fue lo que necesitaba. Pero Javier no puede saber". Él asintió, y en ese afterglow, con el cuerpo plácidamente adolorido y el alma en paz, supe que esto solo era el principio de algo más grande. La noche se cerraba con promesas susurradas, y yo me dormí en sus brazos, soñando con el próximo capítulo.

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