La Pasion de Cristo En Que Idioma Esta Tu Pasion
Estábamos en mi depa de la Condesa, con las luces bajas y un par de chelas frías en la mano. Mi carnal, Javier, había insistido en ver La Pasion de Cristo esa noche de Viernes Santo. "Va a estar chingón, nena", me dijo con esa sonrisa pícara que me derrite. Yo, recargada en su pecho, sentía el calor de su cuerpo filtrándose por la playera delgada. El aire olía a incienso que había prendido antes, mezclado con el aroma terroso de su colonia barata pero sexy.
La película empezó, y de inmediato me perdí. Esas voces guturales, gritos en un idioma desconocido que sonaban como lamentos del alma.
¿La pasion de cristo en que idioma esta?pensé, sacando mi cel rápido para googlearlo. "Arameo, latín y hebreo", leyó Javier por encima de mi hombro, su aliento caliente rozándome la oreja. "Pero la pasión que transmite no necesita traducción, ¿verdad, mi reina?" Su mano se posó en mi muslo, apretando suave, y un cosquilleo subió por mi piel como electricidad.
En la pantalla, el sufrimiento crudo, los cuerpos azotados, la entrega total. No era solo dolor; era una pasión tan intensa que me erizaba la piel. Javier me abrazó más fuerte, su corazón latiendo rápido contra mi espalda. Neta, esto me está prendiendo, confesé en mi mente, sintiendo cómo mi cuerpo respondía. Mis pezones se endurecieron bajo el brasier, rozando la tela con cada respiración. Olía a su sudor leve, masculino, que se mezclaba con el mío naciente de anticipación.
Apagamos la tele a la mitad. No hacía falta más. Javier me volteó hacia él, sus ojos oscuros brillando con hambre. "Esa pasión en la peli... me hace querer devorarte entera", murmuró, su voz ronca como gravel. Nuestros labios se encontraron en un beso lento al principio, saboreando el sabor salado de la chela en su lengua. Sus manos subieron por mis caderas, amasando la carne suave bajo mi falda corta. Gemí bajito, el sonido vibrando en mi garganta, mientras el calor entre mis piernas crecía como fuego lento.
Acto primero: la chispa. Nos movimos al sofá, yo a horcajadas sobre él. Sentía su verga endureciéndose contra mi panocha a través de la tela. "Estás mojada ya, ¿verdad, chula?", dijo riendo suave, sus dedos colándose por mi panty para confirmar. Sí, lo estaba. Húmeda, caliente, lista. Le mordí el cuello, oliendo su piel salada, lamiendo el sudor que perlaba su clavícula. Él gruñó, un sonido animal que me hizo apretar los muslos. "Me late tu sabor", susurró, bajando mi blusa para chupar un pezón. La succión fue perfecta, enviando ondas de placer directo a mi clítoris palpitante.
Pero no queríamos apurarnos. Esta noche era como esa pasión bíblica: intensa, profunda, con build-up. Javier me cargó al cuarto, sus brazos fuertes rodeándome. El colchón nos recibió con un crujido familiar. Desnudándonos despacio, piel contra piel. Su pecho ancho, velludo, rozaba mis tetas suaves. Olía a nosotros dos, a deseo crudo, almizclado. "Dime qué quieres, mi amor", pidió, su mano trazando círculos en mi ombligo.
Te quiero dentro, chingándome hasta que grite, pensé, pero dije: "Hazme tuya como si fuera la única pasión que importa". Él sonrió, ese pendejo encantador, y bajó la cabeza entre mis piernas. Su lengua experta lamió mi humedad, saboreándome con deleite. Oh, Dios, el calor húmedo de su boca, el roce áspero de su barba en mis labios mayores. Gemí fuerte, arqueando la espalda, mis manos enredadas en su pelo negro revuelto. El sonido de mis jugos siendo sorbidos, mis jadeos llenando la habitación.
El medio acto escaló. Javier se incorporó, su verga gruesa y venosa apuntando a mí. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso caliente, la piel suave sobre el acero. "Qué chingona está", le dije juguetona, masturbándolo lento mientras él metía dos dedos en mí, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Nuestros cuerpos sudaban, el aire espeso con olor a sexo: salado, dulce, pecaminoso. "Siente cómo te aprieto, wey", jadeé, mis caderas moviéndose al ritmo de sus embestidas digitales. La tensión crecía, mis músculos internos contrayéndose, pero él paró. "Aún no, nena. Quiero que explotes conmigo".
Nos volteamos, yo encima ahora. Montándolo despacio, su punta abriéndose paso en mi entrada resbaladiza. Inch por inch, lo sentí llenarme, estirándome deliciosamente. Es como una crucifixión de placer, divagué, recordando la peli. Empecé a cabalgar, mis tetas rebotando, sus manos en mis nalgas guiándome. El slap-slap de piel contra piel, mis gemidos altos, sus gruñidos bajos. Sudor goteando de mi frente a su pecho, mezclándose. Olía a nuestro clímax acercándose, ese aroma embriagador de feromonas.
La intensidad subió. Javier se sentó, abrazándome fuerte, nuestros pechos pegados, corazones galopando al unísono. Me besó con furia, lenguas enredadas, mordidas suaves. "Estás tan rica, tan apretada", jadeó contra mi boca. Yo aceleré, frotando mi clítoris contra su pubis, la fricción perfecta. Ya casi. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola desde el estómago hasta la punta de los dedos. "¡Chíngame más duro!", grité, y él obedeció, embistiéndome desde abajo con fuerza controlada.
El final llegó como un éxtasis divino. Mi cuerpo se tensó, explotando en espasmos. Grité su nombre, olas de placer sacudiéndome, mi panocha ordeñándolo. Él rugió, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mis jugos. Colapsamos, jadeantes, pieles pegajosas, el cuarto oliendo a nuestro amor consumado. Besos suaves ahora, caricias perezosas en la espalda.
Recostados, con su cabeza en mi pecho, reímos bajito. "Esa pasión de Cristo... en que idioma estaba la tuya, ¿eh?", bromeé, pasando dedos por su pelo húmedo. "En el tuyo, mi reina. En el idioma de tu cuerpo". Sentí una paz profunda, esa conexión que va más allá de lo físico. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero aquí, en nuestra burbuja, la pasión verdadera acababa de renacer. Y sabía que volvería, más intensa cada vez.