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Cocina con Pasión Desnuda

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Cocina con Pasión Desnuda

Entré a la cocina con el sol de la tarde colándose por la ventana, pintando todo de un naranja cálido que hacía que el aire oliera a limones maduros del patio. Mi nombre es Ana, y hoy había decidido cocinar con pasión, como siempre me decía mi abuela, pero esta vez iba a ser diferente. Tenía treinta y dos años, soltera por elección después de un par de relaciones que no cuajaron, y mi refugio era esta casita en Coyoacán, con su piso de barro rojo y ollas de barro que cantaban al fuego.

El teléfono vibró en la mesa. Era Marco, el vecino del 14, ese moreno alto con ojos que te miraban como si ya supieran todos tus secretos. "Wey, ¿me invitas a probar tu mole? Neta que se oye hasta mi depa ese olor", escribió. Sonreí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Ven, pero trae tequila", respondí. No era la primera vez que coqueteábamos; él era chef en un restaurante de Polanco, y siempre andaba con ese aire de pendejo confiado que me encendía.

Minutos después, la puerta trasera crujió y ahí estaba, con una botella en la mano y una camisa ajustada que marcaba sus hombros anchos. "¡Órale, Ana! ¿Qué traes aquí? Huele a paraíso", dijo, acercándose con esa sonrisa chueca. El aroma del chocolate amargo derritiéndose en la estufa se mezclaba con su colonia fresca, como madera y cítricos. Me volteé, con el delantal atado flojo en la cintura, y le di un beso en la mejilla, sintiendo la barba incipiente raspándome la piel.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Es solo Marco, el wey que me presta sal a veces.

Empezamos a cocinar juntos. Yo picaba cebolla, él molía el chile ancho con esa destreza que me ponía a sudar más que el calor del fogón. Sus manos grandes rozaban las mías al pasar el mortero, y cada roce era como una chispa. "Mira, para que quede bien rico hay que ponerle pasión", murmuró cerca de mi oreja, su aliento caliente oliendo a menta. El vapor subía de la olla, humedeciendo mi blusa ligera, pegándola a mis pechos. Lo miré de reojo: sus antebrazos flexionados, el sudor perlando su frente. Neta, quería lamerlo ahí mismo.

Probamos el mole directamente de la cuchara. Él me la acercó a los labios, y al morder, el picor dulce explotó en mi lengua, igual que el calor que subía por mi cuello. "Delicioso, pero le falta algo", dijo, lamiéndose los labios despacio. "¿Qué?", pregunté, con la voz ronca. "Tú", respondió, y me jaló por la cintura. Nuestros cuerpos chocaron contra la mesa de madera, sus caderas duras contra las mías. Sentí su erección presionando mi vientre, y un gemido se me escapó sin querer.

El beso fue como el chile: ardiente, inesperado. Sus labios carnosos devoraron los míos, lengua invadiendo con sabor a cacao y tequila que habíamos sorbido antes. Manos por todos lados: las suyas desatando mi delantal, las mías enredándose en su pelo negro revuelto. "Ana, neta que me vuelves loco", jadeó contra mi boca, mientras sus dedos se colaban bajo mi blusa, rozando mis pezones ya duros como piedras. El sonido de la olla burbujeando era el único testigo, junto al tic-tac del reloj viejo en la pared.

Lo empujé contra la encimera, queriendo tomar el control. Le arranqué la camisa, exponiendo su pecho moreno, marcado por músculos que olían a sudor limpio y especias. Besé su clavícula, bajando hasta el ombligo, saboreando la sal de su piel. Él gruñó, un sonido grave que vibró en mi clítoris. "Eres una chingona en la cocina", murmuró, riendo bajito mientras me levantaba sobre la mesa. Mis nalgas sintieron la madera fría, contrastando con el fuego entre mis piernas.

Dios, ¿esto está pasando? Su mirada me dice que sí, que quiere comerme entera.

Desabroché su jeans, liberando su verga gruesa, palpitante, con una gota de pre-semen brillando en la punta. La tomé en mi mano, sintiendo el calor, las venas latiendo como mi pulso. Él jadeó, cerrando los ojos. "Chúpamela, Ana, por favor". Me arrodillé en el piso fresco, el aroma de mi propia excitación mezclándose con el mole. Lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando su esencia salada, muscular. Él metió los dedos en mi pelo, guiándome suave, gimiendo "¡Qué rico, wey... no pares!". El sonido de mi boca succionando llenaba la cocina, húmedo y obsceno.

Pero no quería que terminara tan pronto. Me puse de pie, quitándome la falda y las panties de un jalón. "Ahora tú", le ordené, juguetona. Marco se arrodilló como un devoto, abriendo mis muslos con manos temblorosas. Su lengua encontró mi centro empapado, lamiendo despacio al principio, saboreando mis jugos como si fuera el mejor mole del mundo. "Estás tan mojada, tan dulce", murmuró contra mi carne, el aliento caliente mandándome ondas de placer. Gemí alto, agarrando la orilla de la mesa, mis caderas moviéndose solas contra su boca. El roce de su barba en mis labios internos era exquisito, raspando justo donde dolía rico.

La tensión crecía como el hervor en la olla. Lo jalé arriba, besándolo para probarme en él. Nuestras lenguas bailaban furiosas mientras se ponía condón –siempre responsable, ese pendejo–. Me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, cabrón!", grité, el estiramiento perfecto, ardiente. Empezó a moverse, lento al principio, cada embestida haciendo que mis tetas rebotaran, el sonido de piel contra piel como palmadas rítmicas. El aire olía a sexo crudo, a chile y sudor mezclado.

Más rápido, le supliqué, clavando uñas en su espalda. Él obedeció, follándome contra la mesa con fuerza animal, pero siempre mirándome a los ojos, pidiendo permiso con cada gemido. "Dime si te gusta", jadeó. "¡Sí, sí, no pares!", respondí, sintiendo el orgasmo construyéndose como una ola en el Pacífico. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano juguetón, mandándome al borde. El clímax me golpeó brutal: visión borrosa, cuerpo convulsionando, un grito que seguro oyeron los vecinos. Él vino segundos después, gruñendo mi nombre, su verga pulsando dentro de mí.

Nos quedamos pegados, jadeando, el mole olvidado en la estufa. Apagó el fuego con manos temblorosas y me cargó a la silla, sentándome en su regazo. Su semen aún caliente dentro, lo sentía gotear lento. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Eso fue cocina con pasión de verdad", susurró, riendo contra mi cuello. Yo sonreí, oliendo nuestros cuerpos entrelazados, el corazón latiendo en sintonía.

Neta, esto podría ser el principio de algo chido. O solo una noche épica. Pero qué rico sabe la vida así.

Comimos el mole después, desnudos bajo una sábana ligera, riéndonos de lo cerca que estuvo de quemarse todo. Sus dedos jugaban con mi pelo mientras masticábamos, el picor en la lengua recordándonos el fuego que habíamos encendido. Afuera, la noche caía sobre Coyoacán con grillos cantando, pero adentro, el calor persistía, prometiendo más recetas por venir. Marco se quedó hasta el amanecer, y supe que la cocina ya no sería solo para comer.

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