Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Descartes y las Pasiones del Deseo Descartes y las Pasiones del Deseo

Descartes y las Pasiones del Deseo

6381 palabras

Descartes y las Pasiones del Deseo

En la penumbra de mi depa en la Roma Norte, con el aroma del café de olla recién colado flotando en el aire, me senté con el libro abierto sobre las rodillas. Descartes y las pasiones, decía el título en la portada desgastada, un ensayo que un carnal mío me había prestado después de una chela en el Mercado de Medellín. Yo, Ana, treintañera neta, con mi curvas que no me avergüenzan y un trabajo de diseñadora que me deja tiempo para leer pendejadas filosóficas. Pero esa noche, las palabras de Descartes sobre las pasiones del alma me prendieron como un fósforo en gasolina.

Las pasiones, según él, son como vientos que mueven el barco de la razón. Yo sentía eso: un cosquilleo en la piel, el calor subiendo por mis muslos mientras imaginaba esas fuerzas desatadas en carne viva. Afuera, el bullicio de la calle Insurgentes se colaba por la ventana entreabierta, cláxones y risas de borrachos que volvían de antro. Pero adentro, solo el roce de mis dedos sobre las páginas, el olor a papel viejo y mi respiración que se aceleraba.

Entonces sonó el timbre. Era él, Marco, mi vecino del piso de arriba, el wey que siempre anda con libros bajo el brazo y una sonrisa que te derrite las tripas. Alto, moreno, con esa barba recortada que invita a pasar la lengua. Venía por el azúcar que le debía de la última vez que cociné mole para unos amigos.

¿Qué carajos? ¿Por qué justo ahora, cuando estoy tan encendida?

—Órale, Ana, ¿interrumpo algo? —dijo con esa voz grave que vibra en el pecho.

Lo invité a pasar, el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. Se sentó en el sillón, sus jeans ajustados marcando lo que traía debajo, y yo le serví un cafecito. Hablamos de la vida, de lo pendejo que es el tráfico en la CDMX, pero mis ojos se clavaban en sus labios mientras él sorbía.

—Neta, ¿qué lees? —preguntó, señalando el libro.

Descartes y las pasiones. Habla de cómo el alma se deja llevar por el deseo, la lujuria... cosas que nos hacen humanos, ¿no?

Sus ojos se iluminaron, y se acercó. El olor de su colonia, mezclado con sudor fresco de la calle, me invadió. Tocó el libro, su mano rozando la mía. Electricidad. Pura pasión cartesiana desatada.

La plática fluyó como tequila añejo. Marco era filósofo freelance, daba clases en la UNAM, y conocía a Descartes como la palma de su mano. Me explicó que las pasiones no son enemigas de la razón, sino maestras. Yo lo escuchaba, pero mi mente volaba: imaginaba sus manos en mi cintura, su boca en mi cuello. El calor entre mis piernas crecía, húmedo, insistente.

—¿Y tú qué sientes cuando lees eso? —me preguntó, su rodilla rozando la mía.

No seas pendeja, Ana, di la neta.

—Siento que me prende, wey. Como si Descartes me estuviera susurrando al oído que suelte las riendas.

Se rio bajito, un sonido ronco que me erizó la piel. Se paró, me jaló de la mano con gentileza, y de pronto estábamos bailando al ritmo de un son jarocho que sonaba en mi playlist de Spotify. Sus caderas contra las mías, el roce de su verga endureciéndose contra mi vientre. Olía a hombre, a deseo puro. Mis pezones se pusieron duros bajo la blusa suelta, rozando la tela como un secreto a gritos.

—Ana, neta que me vuelves loco —murmuró, su aliento caliente en mi oreja.

Lo besé. Sus labios suaves al principio, luego hambrientos, lengua explorando mi boca con sabor a café y promesas. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza juguetona. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por el tráfico lejano. Me levantó en brazos, mis piernas envolviéndolo, y me llevó al cuarto.

En la cama, la luz de la luna colándose por las cortinas, nos desnudamos despacio. Su pecho ancho, velludo justo lo necesario, pectorales que pedían mordidas. Mi piel morena contrastando con la suya, pechos llenos que él lamió con devoción, succionando pezones hasta que arqueé la espalda. El olor de mi arousal, almizclado y dulce, llenaba la habitación. Sus dedos bajaron, rozando mi concha depilada, húmeda como nunca.

—Estás chingona, mamacita —dijo, voz ronca.

Lo empujé boca arriba, queriendo tomar el control. Mi lengua trazó su abdomen, bajando hasta su verga gruesa, venosa, palpitante. La lamí desde la base, sabor salado de piel caliente, hasta meterla en la boca profunda. Él gruñó, manos en mi pelo, caderas moviéndose al ritmo. Esto es la pasión, Descartes, cabrón, pensé mientras lo chupaba con hambre.

La tensión subía como volcán en erupción. Me subí encima, frotando mi panocha contra su polla, lubricándonos mutuamente. El calor de su piel contra la mía, sudor perlando nuestros cuerpos, el slap slap de carne húmeda. Entró en mí despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, él jadeando mi nombre.

—¡Ay, wey, qué rico! —gemí, cabalgándolo con furia.

Sus manos en mis tetas, pellizcando, guiándome. Cambiamos posiciones: él encima, misionero profundo, besos salvajes. Luego de lado, su mano en mi clítoris, frotando en círculos mientras me embestía. Sonidos obscenos: mis jugos chorreando, su verga entrando y saliendo, nuestros gemidos mezclados con el zumbido del ventilador. Olía a sexo, a nosotros, a pasión desbocada.

Esto es lo que Descartes no escribió, pero sentía: el alma y el cuerpo fundidos en éxtasis.

El clímax llegó como ola en Acapulco. Sentí el espasmo en el vientre, contrayéndome alrededor de él, gritando su nombre mientras ondas de placer me sacudían. Él se corrió segundos después, caliente dentro de mí, gruñendo como animal. Nos quedamos pegados, pulsos latiendo al unísono, sudor enfriándose en la piel.

Después, en la calma, fumamos un cigarro en la cama, el humo danzando en el aire. Hablamos de Descartes y las pasiones, riéndonos de cómo la filosofía nos había llevado a esto. Su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su pelo.

—Neta, Ana, esto fue chido. ¿Repetimos?

Sonreí, sabiendo que las pasiones no se acaban con una noche. Afuera, la ciudad seguía su ritmo caótico, pero adentro, habíamos encontrado nuestra razón en el deseo.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.