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La Pasión por las Motos Desatada

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La Pasión por las Motos Desatada

El rugido de los motores me erizaba la piel cada vez que llegaba al autódromo de los alrededores de la CDMX. Esa pasión por las motos me corría por las venas como gasolina pura, caliente y adictiva. Yo, Ana, una morra de veintiocho que trabajaba en una agencia de publicidad pero soñaba con carreteras infinitas, no me perdía ni una expo de motos custom. Ese día, el sol pegaba fuerte, el aire olía a caucho quemado y aceite fresco, y el zumbido de las chavas Harley llenaba el ambiente como un latido acelerado.

Estaba admirando una Ducati roja fuego, mis dedos rozando el manubrio tibio por el sol, cuando lo vi. Alto, moreno, con una chamarra de cuero desgastada que marcaba sus hombros anchos. Se acercó con una sonrisa pícara, ojos negros que brillaban como asfalto mojado bajo la luna.

¿Qué onda, carnala? ¿Ya la probaste o nomás la estás manoseando?

Su voz grave me vibró en el pecho. Reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Neta, este wey está cañón, pensé, mientras mi piel se ponía de gallina bajo la blusa ligera.

—No seas pendejo —le contesté juguetona—. Nomás la estoy sintiendo. Se siente viva, ¿verdad? Como si te susurrara que la lleves al límite.

Se llamaba Marco, piloto amateur de rallies en Baja. Charlamos de carburadores, de curvas traicioneras y de esa adrenalina que te hace sentir invencible. Su olor a colonia mezclada con cuero y sudor me mareaba un poco. La tensión crecía con cada mirada que se cruzaban, como el preludio de un acelerón.

Al atardecer, cuando el sol teñía el cielo de naranja y rojo, me invitó a dar una vuelta en su Yamaha customizada. ¿Por qué no? Mi corazón latía fuerte, anticipando el viento en la cara, su cuerpo pegado al mío. Subí atrás, mis muslos apretando sus caderas firmes. El motor rugió al encenderse, un trueno que me recorrió el espinazo. Arrancamos, y el mundo se volvió velocidad pura.

El viento azotaba mi cabello, fresco y salvaje, mientras la carretera se abría ante nosotros como una promesa. Sus músculos se tensaban bajo mis manos, que se aferraban a su cintura. Olía a libertad, a escape caliente y a hombre. Cada curva era un roce intencional: mi pecho contra su espalda, mis dedos hundiéndose en su abdomen marcado. Esto es lo que amo de las motos, esa conexión cruda, ese pulso compartido, me dije, sintiendo el calor subir entre mis piernas.

Paramos en un mirador apartado, con vista a las luces de la ciudad titilando abajo. El motor aún caliente chisporroteaba, y el silencio de la noche nos envolvió, roto solo por nuestras respiraciones agitadas. Marco se bajó primero, me tendió la mano. Sus dedos ásperos por el manubrio rozaron los míos, enviando chispas.

La pasión por las motos es como el amor, ¿no? Te acelera el corazón hasta que explotas —dijo, su aliento cálido en mi oreja mientras me acercaba a él.

Asentí, perdida en sus ojos. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, profundo, saboreando a cerveza fría de la expo y a deseo puro. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando mi brasier con maestría. Gemí contra su boca, el sabor salado de su lengua mezclándose con el mío.

La tensión que había construido en la carretera ahora estallaba. Me quitó la blusa, exponiendo mis pechos al aire fresco de la noche. Sus labios bajaron por mi cuello, lamiendo la piel sensible, mordisqueando hasta que arqueé la espalda. Neta, este wey sabe lo que hace, pensé, mientras mis uñas se clavaban en su cuero.

Lo empujé contra la moto, aún tibia. Desabroché su chamarra, revelando un torso tatuado con motos estilizadas y llamas. Mis manos exploraron cada músculo, sintiendo el latido acelerado de su corazón. Él rio bajito, un sonido ronco que me humedeció más.

—Eres fuego, morra —murmuró, bajando mis jeans con urgencia pero sin prisa, saboreando cada centímetro de piel que descubría.

Caímos sobre una manta que sacó de la alforja —el carnal estaba preparado—. El suelo era tierra firme, oliendo a hierba seca y noche mexicana. Sus dedos trazaron mis muslos, subiendo lentos, torturantes. Cuando rozó mi centro, ya empapado, jadeé alto. El roce era eléctrico, como un acelerador a fondo. Me abrió despacio, explorando con la yema del dedo, círculos precisos que me hacían retorcer.

¡Marco, ya no aguanto, métemela!

gruñí, mi voz ronca de necesidad. Él sonrió, ese pendejo travieso, y se quitó los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando por mí. La tomé en la mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso fuerte bajo la piel. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado y almizclado, mientras él gemía mi nombre.

Me monté sobre él, guiándolo dentro de mí con un suspiro largo. Llenándome por completo, estirándome delicioso. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada roce interno, el roce de su pubis contra mi clítoris. El aire olía a sexo, a sudor y a motos lejanas. Sus manos en mis caderas me guiaban, fuerte pero tierno, nuestros cuerpos chocando con sonidos húmedos y piel contra piel.

La intensidad subió. Aceleré, cabalgándolo como si fuera mi moto favorita, curvas cerradas y rectas eternas. Él se incorporó, chupando mis pezones duros, mordiendo suave hasta que vi estrellas. Esto es euforia pura, como cruzar la meta primero, pensé, mientras el orgasmo se acercaba rugiendo.

Marco volteó las posiciones, poniéndome de rodillas contra la Yamaha. Entró de nuevo, profundo, sus embestidas potentes haciendo temblar mis piernas. El metal frío de la moto contrastaba con su calor detrás, sus bolas golpeando mi culo con cada thrust. Sudor corría por su pecho, goteando en mi espalda, salado al lamerlo.

—¡Sí, carnal, así! —grité, empujando contra él.

Su mano bajó, frotando mi clítoris en círculos rápidos. Fue el detonante. El clímax me golpeó como un derrape controlado, olas de placer convulsionándome, apretándolo dentro. Él gruñó, profundo, y se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando contra el mío.

Colapsamos juntos, jadeantes, envueltos en el afterglow. El viento nocturno secaba nuestro sudor, el cielo estrellado testigo de nuestra pasión. Marco me besó la sien, su brazo alrededor de mi cintura.

—Esa fue la mejor vuelta que he dado —dijo, riendo suave.

Yo sonreí, trazando un dedo por su pecho. La pasión por las motos me llevó aquí, a esto, a él. Nos vestimos despacio, robándonos besos, prometiendo más carreras juntos. Arrancamos de regreso, yo al frente esta vez, su calor pegado a mi espalda. El motor ronroneaba satisfecho, como nosotros.

Desde esa noche, cada vez que monto, siento su eco en mi piel, en mi alma. La pasión no se acaba en la meta; apenas acelera.

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