Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión de Gavilanes Capítulo 156 Fuego en las Venas Pasión de Gavilanes Capítulo 156 Fuego en las Venas

Pasión de Gavilanes Capítulo 156 Fuego en las Venas

7913 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 156 Fuego en las Venas

Lucía se recostó en el mullido sofá de su casa en las afueras de Guadalajara, con el control remoto en la mano y una copa de tequila reposado en la otra. El aire olía a jazmín del jardín y a la tierra húmeda después de la lluvia vespertina. Era noche de telenovela, su ritual sagrado. Hoy tocaba Pasión de Gavilanes capítulo 156, ese episodio que todas sus amigas juraban que era el pico de la tensión romántica. La pantalla cobraba vida con los acordes de la ranchera que tanto le erizaba la piel.

En la tele, los amantes se miraban con ojos cargados de promesas prohibidas, sus cuerpos tensos como cuerdas de guitarra a punto de romperse. Lucía sintió un cosquilleo familiar entre las piernas, ese calor que subía lento por su vientre.

Órale, qué chido sería vivir algo así
, pensó, mordiéndose el labio inferior. Llevaba puesto un camisón de encaje negro que apenas cubría sus muslos morenos, y el roce de la tela contra su piel ya la tenía inquieta.

De pronto, la puerta principal se abrió con un chirrido suave. Era Alejandro, su amante de ojos oscuros y manos callosas de tanto trabajar en el rancho familiar. Alto, fornido, con esa sonrisa pícara que la desarmaba. Venía con el olor a cuero fresco y sudor limpio del día, su camisa blanca pegada al pecho musculoso por el calor.

Mamacita, ¿qué onda? —dijo él, dejando las llaves en la mesa y acercándose con paso felino—. Veo que estás en tu vicio de Gavilanes.

Lucía lo miró de arriba abajo, notando el bulto creciente en sus jeans. El episodio seguía: los protagonistas se acercaban, sus alientos mezclándose en un beso que prometía tormenta.

—Sí, wey, justo Pasión de Gavilanes capítulo 156. Mira cómo se miran, neta que me prende. ¿Y si lo recreamos? —propuso ella, su voz ronca de anticipación, dejando la copa a un lado.

Alejandro se rio bajito, un sonido grave que vibró en el pecho de Lucía. Se sentó a su lado, su muslo rozando el de ella, enviando chispas por su espina dorsal.

Pos órale, mi reina. Tú serás la gavilana fogosa, y yo el vaquero que te doma.

El deseo inicial era como una brasa: sus miradas se engancharon, pesadas de hambre. Lucía sintió su corazón latiendo fuerte contra las costillas, el pulso acelerado en el cuello. Alejandro extendió la mano, rozando con las yemas de los dedos el borde de su camisón, subiendo despacio por el muslo. La piel se le erizó, y un gemido suave escapó de sus labios.

Acto primero: la chispa. Se besaron con urgencia, labios carnosos chocando, lenguas danzando en un duelo húmedo y caliente. Saboreó el tequila en su boca, mezclado con el gusto salado de su piel. Las manos de él exploraban, apretando sus nalgas firmes, mientras ella enredaba los dedos en su cabello negro revuelto. El sonido de la telenovela era fondo perfecto: suspiros apasionados que imitaban los suyos.

Lucía se apartó un segundo, jadeante.

Neta, esto es mejor que cualquier capítulo
. Lo empujó contra el sofá, montándose a horcajadas sobre él. Sintió su verga dura presionando contra su concha ya empapada, separada solo por la delgada tela. Se frotó lento, circular, gimiendo al roce que mandaba ondas de placer por su clítoris hinchado.

—Te quiero adentro, carnal —susurró ella, tirando de su camisa para arrancarla. Los botones saltaron, revelando el torso velludo y bronceado, oliendo a hombre puro.

Alejandro gruñó, un sonido animal que la mojó más. Sus manos subieron por su espalda, desatando el camisón con maestría. Los pechos de Lucía quedaron libres, pezones duros como piedras preciosas. Él los lamió, succionó, mordisqueó suave, haciendo que ella arqueara la espalda y gritara bajito.

El calor subía, el sudor perlaba sus frentes. El aroma de sus sexos excitados llenaba la sala, almizclado y dulce. Lucía bajó la mano, desabrochó sus jeans y liberó esa verga gruesa, venosa, palpitante. La tocó, piel suave sobre acero, y él siseó de placer.

Acto segundo: la hoguera. Se levantaron, tambaleantes de deseo, y él la cargó hacia la recámara como si no pesara nada. La alfombra mullida bajo sus pies descalzos era un lujo suave, contrastando con la urgencia. En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca, la tumbó con gentileza feroz.

Alejandro se quitó el resto de la ropa, su cuerpo desnudo era poesía: músculos definidos, culo prieto, esa verga erguida como bandera de conquista. Lucía abrió las piernas, invitándolo, su concha reluciente de jugos, labios hinchados rogando atención.

Chíngame, Alejandro, pero despacio primero —pidió ella, voz temblorosa.

Él obedeció, posicionándose. La punta rozó su entrada, caliente, resbalosa. Entró centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Lucía jadeó, sintiendo cada vena, cada pulso.

¡Qué rico! Llena, completa, suya
. Cuando estuvo todo adentro, se quedaron quietos, conectados, respiraciones entrecortadas sincronizándose.

Empezaron el vaivén lento, profundo. El sonido de piel contra piel, chapoteo húmedo, gemidos roncos. Él besaba su cuello, chupaba el lóbulo de su oreja, susurrando guarradas mexicanas: —Estás mojadísima, putita mía, te encanta mi verga gorda, ¿verdad?

—Sí, pendejo, más duro —replicó ella, clavando uñas en su espalda, dejando marcas rojas que lo volvían loco.

La intensidad creció. Él aceleró, embistiéndola con fuerza controlada, sus bolas golpeando su culo. Lucía levantó las caderas, recibiendo cada estocada, su clítoris frotándose contra el pubis de él. El placer se acumulaba, una ola gigante en su vientre. Sudor goteaba de su frente al valle de sus pechos, salado al gusto cuando ella lo lamió.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como amazona. Sus tetas rebotaban, él las amasaba, pellizcaba pezones. El olor a sexo era embriagador, mezclado con el perfume de su colonia y su esencia femenina. Lucía giraba las caderas, moliendo, sintiendo la verga golpear su punto G.

Me vengo, ya casi
.

Alejandro la volteó a cuatro patas, su posición favorita. Entró de nuevo, profundo, agarrando sus caderas. El espejo del clóset reflejaba la escena obscena: ella con boca abierta en éxtasis, él sudado y concentrado. El slap-slap de carne era sinfonía erótica.

Vente conmigo, mi amor —gruñó él, una mano bajando a frotar su clítoris.

El orgasmo la golpeó como rayo. Lucía gritó, su concha contrayéndose en espasmos, ordeñando su verga. Chorros de placer la sacudían, visión borrosa, cuerpo temblando. Alejandro la siguió segundos después, vaciándose dentro con rugidos guturales, semen caliente llenándola.

Acto tercero: las brasas. Colapsaron juntos, enredados en sábanas revueltas, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El aire olía a sexo consumado, a paz satisfecha. Alejandro la abrazó por detrás, su verga aún semidura contra sus nalgas, besando su hombro húmedo.

Neta que fue como el capítulo, pero mil veces mejor —murmuró él, riendo suave.

Lucía sonrió, girándose para mirarlo a los ojos. Sus dedos trazaban patrones perezosos en su pecho.

Esto es mi pasión de gavilanes, mi capítulo perfecto
. Sintió el calor residual en su interior, el leve dolor dulce entre las piernas, recordatorio de su unión.

Se quedaron así, hablando susurros de tonterías, planes para el rancho, sueños compartidos. La telenovela había terminado hace rato, pero su propia historia apenas empezaba. En el silencio, solo se oía el latido de sus corazones, uno solo, y el aroma persistente de su amor hecho carne.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.