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La Rosa de Guadalupe Pasión Desenfrenada

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La Rosa de Guadalupe Pasión Desenfrenada

María se recargaba en el sillón de su departamento en Coyoacán, con el aroma del café recién molido flotando en el aire cálido de la tarde. La televisión zumbaba con el tema de La Rosa de Guadalupe, esa serie que siempre la hacía sentir cerca de la Virgen, como si Guadalupe misma estuviera velando por ella. Pero hoy, algo andaba diferente. En la pantalla, la protagonista luchaba contra sus demonios internos, rogando por un milagro. María suspiró, pasando la mano por su blusa de algodón ajustada que marcaba sus curvas generosas. Hacía meses que no sentía un toque de hombre, y su cuerpo ardía con un deseo que ni las oraciones calmaban del todo.

¿Por qué Dios me pone estas tentaciones, Virgen santísima? —pensó, mientras el incienso de su altar perfumaba la sala—. Neta que estoy que ardo por dentro.

De pronto, un golpe en la puerta la sacó de su ensimismamiento. Se levantó, ajustándose el short que apenas cubría sus muslos morenos, y abrió. Ahí estaba Alejandro, el vecino nuevo que se había mudado al frente hacía una semana. Alto, con piel bronceada por el sol de la Ciudad de México, ojos cafés intensos y una sonrisa que prometía travesuras. Llevaba una camiseta pegada al pecho musculoso y jeans que delineaban todo lo que María no quería —o sí quería— imaginar.

Órale, María, ¿qué onda? Traje esto pa' ti —dijo él, extendiendo una caja de churros calientes del puesto de la esquina—. Olían tan chido que no me resistí.

Ella rio, sintiendo un cosquilleo en el estómago. El olor dulce del azúcar y el canela invadió su nariz, mezclándose con su colonia masculina, fresca y embriagadora.

¡Qué padre, Alejandro! Pasa, no mames, justo viéndome La Rosa de Guadalupe. Siéntate.

Se acomodaron en el sofá, cerca, demasiado cerca. Sus rodillas se rozaron, y María sintió la calidez de su piel como una chispa eléctrica. Hablaron de todo: del tráfico infernal, de los tacos al pastor que extrañaba de Guadalajara —de donde él era—, de cómo ella adoraba las caminatas por el parque. Pero bajo las palabras, la tensión crecía. Sus miradas se cruzaban, cargadas de promesas. Alejandro mordió un churro, y una gota de miel resbaló por su labio. María la miró, hipnotizada, imaginando saborearla.

El episodio terminó con el milagro habitual, pero María ya no prestaba atención. Alejandro se inclinó, su aliento cálido en su oreja.

—Sabes, María, tú eres más guapa que cualquier protagonista de esa rola. Me traes loco desde que te vi.

Ella tragó saliva, el corazón latiéndole como tambor en las costillas.

Esto es pecado, pero qué rico se siente —se dijo—. La Virgen entiende, ¿verdad?
Sin pensarlo más, lo besó. Sus labios se encontraron suaves al principio, explorando, luego fieros, con lenguas danzando en un ritmo frenético. Saboreó el dulzor del churro en su boca, mezclado con su esencia varonil. Las manos de él subieron por su espalda, desabotonando la blusa con maestría, liberando sus senos plenos que se presionaron contra su pecho duro.

Se levantaron, tropezando entre risas y besos, camino al cuarto. La cama king size los esperaba, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Alejandro la tumbó con gentileza, sus ojos devorándola.

—Dime si quieres parar, mamacita —murmuró, besando su cuello, inhalando el perfume de su piel salada.

Ni madres, sigue. Te quiero todo —jadeó ella, arqueando la espalda.

Las manos de él recorrieron sus caderas, bajando el short despacio, revelando su tanga de encaje negro. María temblaba, el aire fresco erizando su piel. Él se quitó la ropa, y ella ahogó un gemido al ver su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando por ella. La tocó con timidez primero, luego con hambre, sintiendo su calor pulsante en la palma. Alejandro gruñó, un sonido gutural que vibró en su concha húmeda.

La besó bajando por su vientre, lamiendo el ombligo, hasta llegar a sus muslos internos. El olor de su arousal lo envolvió, almizclado y dulce. Separó sus labios mayores con los dedos, admirando su clítoris hinchado.

Estás chingona, María. Tan mojada por mí —dijo, antes de hundir la lengua.

Ella gritó de placer, las caderas elevándose. Su lengua danzaba círculos precisos, chupando, succionando, mientras dos dedos entraban y salían de su interior resbaladizo. ¡Ay, cabrón, qué rico! —pensó, agarrando sus greñas—. Esto es mejor que cualquier milagro. El sonido húmedo de su boca contra ella llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos roncos. El orgasmo la golpeó como ola, convulsionando, mojaduras empapando las sábanas.

Pero no pararon. Alejandro se posicionó, frotando la punta de su verga contra su entrada, lubricándola. Ella lo miró, nodando ansiosa.

Cógeme, Alejandro. Desenfrenado, como en mis sueños.

Empujó despacio, llenándola centímetro a centímetro. María sintió cada vena rozando sus paredes internas, el estiramiento delicioso. Cuando estuvo todo adentro, se quedaron quietos, jadeando, piel contra piel sudada. El olor a sexo crudo impregnaba el aire, sudor y fluidos mezclados.

Empezaron a moverse, lento al principio, sintiendo cada embestida. Sus senos rebotaban con el ritmo, y él los amasó, pellizcando pezones duros como piedras. María clavó uñas en su espalda, dejando marcas rojas. Aceleraron, la cama crujiendo, golpes de carne contra carne resonando.

Esto es La Rosa de Guadalupe: pasión desenfrenada, mi milagro personal —pensó ella, riendo entre gemidos.

¡Más duro, pendejo! —exigió, y él obedeció, follando con furia, su verga golpeando su punto G sin piedad.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como amazona. Sus nalgas redondas subían y bajaban, tragando su polla entera. Él la azotó juguetón, el chasquido erizando su piel. Sudor perlaba sus cuerpos, goteando, salado en la lengua cuando se besaron. María sentía sus bolas contra su culo, el roce constante llevándola al borde otra vez.

—Me vengo, we! —gritó él, tensándose.

Adentro, lléname —suplicó ella.

Explosó juntos, su semen caliente inundándola en chorros potentes, mientras su concha ordeñaba cada gota. Ondas de placer los sacudieron, cuerpos temblando en éxtasis prolongado. Colapsaron, entrelazados, pulsos latiendo al unísono.

Después, en la penumbra del atardecer, con el sol filtrándose por las cortinas, yacían abrazados. El aroma de sus jugos persistía, mezclado con el sudor seco. Alejandro le acariciaba el cabello, besando su frente.

Qué chido fue eso, María. Eres fuego puro.

Ella sonrió, trazando círculos en su pecho.

Gracias, Virgen de Guadalupe. Tu rosa floreció en pasión desenfrenada, y no me arrepiento ni madres.
Se sentía plena, empoderada, como si el universo conspirara a su favor. Afuera, la ciudad bullía con vida, pero en ese cuarto, solo existían ellos, en un afterglow eterno.

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