Cita Biblica Pasion y Muerte de Jesus
Tú llegas al departamento de Jesús en la Condesa, con el corazón latiéndole a mil por hora. El aire de la noche mexicana huele a jazmín y a tacos de la esquina, pero adentro todo es diferente: luz tenue de velas, un incienso suave quemándose en la mesa, y él esperándote con esa sonrisa pícara que te deshace. Jesús, tu cita de esta noche, es un morro alto, moreno, con ojos profundos como pozos de agua bendita y un cuerpo que se nota trabajado en el gym. Neta, desde que lo viste en la misa del domingo pasado, supiste que esa cita bíblica pasión y muerte de Jesús que mencionó en la plática iba a ser algo más que charla espiritual.
—Pasa, mi reina —te dice con voz grave, tomándote de la mano. Su piel es cálida, áspera por el trabajo en la construcción, pero suave en las palmas. Te sientas en el sofá de piel sintética que cruje bajito, y él saca la Biblia familiar, gastada por los bordes. El olor a papel viejo se mezcla con su colonia barata pero rica, esa que te hace cosquillas en la nariz y en partes más abajo.
Empieza a leer, su voz ronca recitando el pasaje de la Pasión.
«Y Jesús, sabiendo todas las cosas que le habían de venir, salió y les dijo: ¿A quién buscáis? Le respondieron: A Jesús nazareno. Jesús les dijo: Yo soy...»Cada palabra cae como gotas de miel caliente sobre tu piel. Sientes el pulso acelerado en el cuello, el calor subiendo por tus muslos. Piensas: ¿Por qué carajos esto me prende tanto? Es la Biblia, no un pinche porno, pero su voz... ay, wey.
Él levanta la vista, ojos clavados en los tuyos. —No seas pendejo, Jesús, bésame ya —le sueltas sin pensarlo, con esa chispa mexicana que no se aguanta. Se ríe bajito, un sonido gutural que vibra en tu pecho, y se acerca. Sus labios rozan los tuyos, suaves al principio, probando como si fueras el pan ácimo de la última cena. Saben a menta y a cerveza clara que tomó antes, fresco y adictivo.
Acto uno del deseo: sus manos recorren tu espalda, desabrochando el sostén con maestría. El aire fresco besa tu piel desnuda, erizándote los vellos. Tú le quitas la playera, revelando ese pecho ancho, pectorales firmes con un rastro de vello negro que baja hasta el ombligo. Lo tocas, sientes los músculos tensos bajo tus dedos, como cuerdas de guitarra listas para sonar. Esto es la pasión verdadera, piensas, mientras él te besa el cuello, mordisqueando suave, enviando chispas directas a tu entrepierna.
La tensión sube como la marea en Acapulco. Él te recuesta en el sofá, sus rodillas separando tus piernas con permiso implícito. —¿Quieres que sigamos con la cita bíblica pasión y muerte de Jesús? —pregunta juguetón, mientras sus dedos bajan tu falda. —Neta, sí, pero hazme sufrir de placer — respondes, riendo entre jadeos. Sus manos expertas encuentran tu ropa interior, húmeda ya, y la deslizan despacio. El roce de la tela contra tu piel sensible es eléctrico, un cosquilleo que te hace arquear la espalda.
Ahora el medio tiempo, donde todo se calienta. Baja la cabeza, su aliento caliente sobre tu monte de Venus, oliendo a tu excitación almizclada, esa esencia femenina que lo enloquece. Lamida primera: lengua plana, lenta, saboreando tus labios mayores. Gimes fuerte, ¡Chingao, qué rico! El sonido de tu voz rebota en las paredes, mezclado con el lamido húmedo, succiones suaves en tu clítoris hinchado. Sientes cada vena de su lengua, el calor húmedo envolviéndote, pulsos de placer subiendo por tu espina. Tus manos en su pelo, tirando suave, guiándolo más profundo.
Él se incorpora, quitándose el pantalón. Su verga salta libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de precúm. La tocas, piel aterciopelada sobre acero duro, latiendo en tu palma. Esto es mi cruz para cargar, piensas con picardía bíblica. La mamas despacio, saboreando el salado salobre, la textura suave del glande contra tu lengua. Él gruñe, «Ay, mi María Magdalena», voz quebrada, caderas moviéndose leve. El olor de su masculinidad te invade, sudor fresco y deseo puro.
La intensidad crece. Te pone de rodillas en la alfombra mullida, entras tú primero, centímetro a centímetro. Sientes el estiramiento delicioso, plenitud ardiente llenándote. ¡Pura pasión y muerte de Jesús! exclamas en tu mente mientras él embiste lento al principio, piel contra piel chocando con palmadas húmedas. El sofá cruje rítmicamente, velas parpadeando sombras danzantes en las paredes. Sudor perla su frente, gotea salado en tu pecho, que lames con avidez.
Cambian posiciones: tú encima, cabalgando como en un potro salvaje. Tus pechos rebotan, él los agarra, pellizcando pezones duros como piedras preciosas. Cada bajada es un latido compartido, tu concha apretándolo, succionándolo adentro. Gemidos se convierten en gritos: ¡Más duro, wey! ¡Fóllame como si fuera el fin! Sientes el orgasmo construyéndose, una ola en el Pacífico, vientre contrayéndose, nervios en llamas.
Él te voltea, de perrito, manos en tus caderas magras. Embistes profundos, verga golpeando tu punto G, sonidos obscenos de jugos mezclados. El aire huele a sexo crudo, a piel caliente, a entrega total. Tus paredes internas palpitan, ordeñándolo, y explotas primero: un grito gutural, cuerpo temblando, chorros calientes mojando sus bolas. Él sigue, gruñendo «¡Voy a morir en ti!», y se corre dentro, chorros espesos, calientes, llenándote hasta rebosar. Sensación de fluido tibio goteando por tus muslos.
El final, el afterglow. Caen exhaustos en el sofá, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor enfriándose. Su corazón late contra tu oreja, un tambor lento ahora. Besos perezosos en la frente, risas suaves. —Esa fue la mejor cita bíblica pasión y muerte de Jesús de mi vida — murmura él, acariciando tu pelo. Tú sonríes, satisfecha, el cuerpo pesado de placer residual. En esta pasión no hay muerte, solo vida eterna de deseo, piensas mientras el incienso se apaga, dejando un rastro ahumado en el aire.
Se quedan así, envueltos en sábanas suaves que él trae del cuarto. Hablan bajito de la Biblia, de cómo el texto sagrado despertó lo profano en ustedes. Sus dedos trazan círculos en tu espalda, enviando postrer escalofríos. Afuera, la ciudad ronronea con cláxones lejanos y risas nocturnas, pero aquí dentro reina la paz del éxtasis compartido. Mañana será otro día, pero esta noche, la pasión bíblica los ha unido para siempre en secreto.