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Jesús Muere en la Cruz de Placer La Pasión de Cristo

6808 palabras

Jesús Muere en la Cruz de Placer La Pasión de Cristo

Era Semana Santa en Taxco, Guerrero, con ese calor que te pega en la piel como una caricia ardiente y el olor a incienso flotando en el aire, mezclado con el sudor de la gente apiñada. Yo, María, caminaba tomada de la mano de mi carnal, Javier, mi amor de tantos años. Neta, cada vez que venimos a ver la obra de jesus muere en la cruz la pasion de cristo, se me acelera el pulso. No por lo religioso, ¿sabes? Sino por esa intensidad, ese sufrimiento que parece gritar placer contenido.

La plaza principal estaba a reventar, con velas parpadeando y el tamborileo de los matracas anunciando la llegada del actor que hacía de Jesús. Javier me apretó la mano, su palma caliente y áspera contra la mía. Órale, qué chido verte así de prendida, me susurró al oído, su aliento cálido rozándome el lóbulo. Yo solo sonreí, sintiendo un cosquilleo bajarme por la espalda hasta el entrepierna. La multitud rugía cuando subieron la cruz, pesada, de madera rugosa que crujía como huesos viejos. El Jesús de la obra, todo musculoso y sudado bajo el maquillaje de sangre falsa, se quejaba con gemidos profundos que me erizaban la piel.

¿Por qué carajos esto me moja tanto? Es como si viera a Javier ahí arriba, expuesto, vulnerable, pero poderoso en su entrega.

Él notó mi respiración agitada, mi pecho subiendo y bajando rápido. Me jaló más cerca, su cadera presionando contra la mía en medio del gentío. Ya me la pusiste dura, mi reina, me dijo bajito, con esa voz ronca que me deshace. Yo le mordí el hombro disimuladamente, probando el salado de su camisa empapada. El olor a tierra mojida por el rocío de la noche y el humo de las fogatas cercanas nos envolvía, haciendo todo más intenso.

La obra avanzaba, las latigazos sonaban secos, ¡zas! ¡zas!, y el público jadeaba al unísono. Javier me metió la mano por debajo de la falda, discreto pero firme, rozando mi nalga con los dedos callosos. Estás chorreando, ¿verdad? Asentí, mordiéndome el labio, el corazón latiéndome en las sienes. Cuando llegó el momento clave, el actor gritó "¡Está consumado!" y fingió morir en la cruz, su cuerpo tenso, venas hinchadas, sudor brillando bajo las luces. Yo cerré los ojos, imaginando ese clímax eterno, esa pasión de cristo transformada en éxtasis puro.

Apagaron las luces y la gente empezó a dispersarse, pero nosotros no. Javier me cargó en brazos como si fuera una pluma, riendo bajito. Te voy a clavar en mi cruz, mi Magdalena. Corrimos al hotelito colonial que rentamos, con balcones de hierro forjado y sábanas frescas oliendo a lavanda mexicana. Apenas cerramos la puerta, nos devoramos. Sus labios gruesos aplastaron los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a mezcal de la tarde. Le arranqué la camisa, clavando uñas en su pecho ancho, marcado por el gimnasio y el sol del campo.

Lo empujé contra la cama king size, que crujió como la cruz de la obra. Ahora tú eres Jesús, carnal. Vas a morir en la cruz por mí. Saqué las esposas de seda que traíamos en la maleta –nuestro jueguito privado, siempre consensuado, puro fuego mutuo–. Se las até a las manijas de la cabecera, sus brazos extendidos como en el Gólgota. Su verga ya saltaba dura dentro del pantalón, palpitando contra la tela. La desabroché despacio, oliendo su aroma masculino, ese almizcle que me vuelve loca, mezclado con el sudor fresco de la noche.

¡Qué hermoso se ve así, atado, confiándome su placer! No es dolor, es entrega total, como en la pasión.

Me quité el vestido lento, dejando que me viera desnuda a la luz de la vela: pechos firmes con pezones duros como piedras de obsidiana, caderas anchas invitando. Me subí encima, rozando mi concha húmeda contra su pecho, dejando un rastro brillante. Él gruñó, tirando de las ataduras. ¡No mames, María, métetela ya! Pero yo jugaba, lamiéndole los pezones salados, bajando la boca por su abdomen contraído, hasta engullir su verga entera. Sabía a él, grueso y venoso, pulsando en mi garganta. Lo chupé despacio, lengua girando en la cabeza sensible, oyendo sus jadeos roncos como los del actor en la cruz.

El cuarto olía a sexo inminente, a piel caliente y lubricante que unté en mis dedos. Le metí uno en el culo, suave, masajeando su próstata mientras lo mamaba. ¡Ay, güey, eso sí que prende! Se arqueó, músculos temblando, sudor corriéndole por las costillas. Yo me empiné, montándolo al revés para que viera mi panocha tragándoselo. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me abría, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rica verga, mi rey! Empecé a cabalgar, nalgas golpeando sus muslos con ¡plaf! ¡plaf!, el sonido húmedo de mi jugo chorreando.

La tensión subía como la procesión de la obra, gradual, imparable. Le desaté una mano para que me agarrara las tetas, amasándolas fuerte, pellizcando pezones hasta que grité de placer. Volteé, mirándolo a los ojos, esos ojos cafés profundos llenos de lujuria santa. Eres mi Cristo, Javier. Muere por mí en esta cruz. Aceleré, mi clítoris frotando su pubis, oleadas de calor subiéndome por el vientre. Él empujaba desde abajo, verga golpeando mi punto G, haciendo que viera estrellas.

Esto es la verdadera pasión, no sufrimiento, sino unión total, cuerpos fundiéndose en uno.

Sus gemidos se volvieron gritos, como en la plaza: ¡María, me vengo, no aguanto! Yo apreté mis paredes internas, ordeñándolo, y explotamos juntos. Su leche caliente me inundó, chorro tras chorro, mientras mi orgasmo me sacudía como un terremoto, piernas temblando, uñas clavadas en su pecho. ¡Muere, Jesús, muere en la cruz de placer! Gritó bajito, cuerpo convulsionando en la petite mort, ojos en blanco de puro gozo.

Caí sobre él, jadeantes, pieles pegajosas de sudor y fluidos. Le desaté la otra mano, y me abrazó fuerte, besándome la frente. El cuarto aún vibraba con nuestros ecos, el olor a sexo denso y satisfactorio, como incienso profano. Afuera, las campanas de la iglesia tañían la medianoche, recordándonos la pasión de cristo que acabábamos de profanar deliciosamente.

Nos quedamos así, enredados, riendo bajito. Neta, la mejor Semana Santa ever, murmuró él, acariciándome el cabello. Yo asentí, sintiendo esa paz post-orgásmica, profunda como una oración cumplida. En ese momento, supe que nuestra pasión era eterna, cruzando lo sagrado y lo carnal sin culpas. Mañana veríamos el Viacrucis otra vez, pero esta noche, habíamos resucitado en brazos del otro.

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