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Ver La Pasion De Cristo En Español Desnudos De Deseo

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Ver La Pasion De Cristo En Español Desnudos De Deseo

La lluvia caía a cántaros sobre las calles de la Ciudad de México esa noche de Viernes Santo. Tú y yo, carnal, nos refugiamos en mi departamentito en la Condesa, con una botella de mezcal artesanal y el antojo de algo intenso. Neta, no sé cómo llegamos a eso, pero cuando dijiste "quiero ver La Pasion de Cristo en español", algo se encendió en el aire. La pantalla del tele grande parpadeaba con el menú de Netflix, y ahí estaba, doblada al español mexicano, con las voces roncas narrando el sufrimiento de Jesús.

Tú te recargaste en el sofá de piel suave, tus piernas morenas cruzadas, el shortcito ajustado marcando tus curvas que me volvían loco. Yo me senté a tu lado, mi mano rozando accidentalmente tu muslo. El olor a tierra mojada se colaba por la ventana entreabierta, mezclado con el humo del incienso que prendí para ambientar. "Órale, wey, dale play", murmuraste, y el primer latigazo sonó como un trueno en la sala.

La película empezó fuerte. Los romanos azotando a Cristo, la sangre salpicando la pantalla. Tú te mordiste el labio, tus ojos cafés clavados en la escena. Sentí tu respiración acelerarse, tu pecho subiendo y bajando bajo la blusa floja. "Ver La Pasion de Cristo en español pega diferente, ¿verdad?", susurré, mi aliento caliente en tu oreja. Asentiste, sin quitar la vista, pero tu mano se posó en mi rodilla, apretando suave. El calor de tu piel traspasaba el pantalón de mezclilla, y mi verga empezó a despertar, latiendo contra la tela.

El sudor de Jesús brillaba en alta definición, los gemidos de dolor llenaban la habitación. Yo no podía concentrarme en la cruz; mi mente volaba a ti, a cómo tu cuerpo se arqueaba cuando te besaba la semana pasada en el coche. Te giraste un poco, tu rodilla rozando mi entrepierna. "¿Estás bien?", preguntaste con voz juguetona, pero tus pupilas dilatadas delataban que sentías lo mismo. El aroma de tu perfume, mezclado con el leve olor a excitación que empezaba a flotar, me mareaba. Tomé tu mano y la apreté contra mi paquete endurecido. Tú no la retiraste; al contrario, la moviste despacio, masajeando por encima del jeans.

Pinche película, pensó ella, cómo carajos este sufrimiento me está poniendo cachonda. Sus azotes resuenan en mi clítoris, neta quiero que él me azote así de rico.

La escena de la corona de espinas llegó, y tú soltaste un jadeo que no era por la peli. Te incliné hacia ti, mis labios rozando tu cuello salado. "No pares", murmuraste, mientras tus dedos desabrochaban mi bragueta. Saqué mi verga gruesa, ya goteando precum, y tú la envolviste con tu mano tibia, masturbándome lento al ritmo de los clavos en la cruz. El sonido de la madera crujiendo, los gritos en español neutro pero con acento que nos pegaba en el alma mexicana. Mi mano subió por tu muslo, bajo el short, encontrando tu panocha empapada. Chingada madre, estabas chorreando, tus labios hinchados pidiendo lengua.

Te quité el short de un jalón, tus nalgas redondas rebotando libres. Te subí a mi regazo, a horcajadas, la película de fondo con María llorando. Nuestros cuerpos pegados, piel contra piel sudada. Lamí tu cuello, saboreando el salado mezclado con tu sudor dulce. Tus tetas grandes se apretaban contra mi pecho, pezones duros como piedritas. "Fóllame, pendejo", gemiste, guiando mi verga a tu entrada resbalosa. Me hundí en ti de un solo empujón, tu coño apretado tragándomela hasta las bolas. ¡Ay, wey! Gritaste, pero era placer puro, tus caderas moliendo como en fiesta de pueblo.

La intensidad subió con la película. Cada latigazo en pantalla era un embestida mía más profunda. Tus uñas clavadas en mi espalda, dejando surcos rojos como los de Cristo. El slap-slap de mi pelvis contra tu culo llenaba la sala, opacando los gemidos de la tele. Olía a sexo crudo, a tu jugo chorreando por mis huevos, a mezcal derramado en la mesita. Tus ojos se cerraron, la cabeza echada pa'trás, el pelo negro pegado a la frente por sudor. "Más fuerte, carnal, hazme sufrir rico", suplicaste, y yo obedecí, clavándotela como si fuera la última noche.

Te volteé boca abajo en el sofá, tus rodillas hundiéndose en los cojines. Desde atrás, tu panocha abierta como una flor mojada, el clítoris asomando rosadito. Escupí en mi mano y unté tu ano, pero no, hoy era todo coño. Empujé de nuevo, mis manos amasando tus nalgas firmes. El ritmo era brutal, sincronizado con la subida al Calvario. Tus gemidos se volvieron alaridos: "¡Sí, chíngame, Virgen santísima!" Reías entre jadeos, yo te pellizcaba los pezones, tirando suave para que doliera sabroso.

Este wey me va a partir en dos, pero qué rico. La pasión de Cristo nos bendijo esta noche, neta.

La cámara mostraba la cruz erguida, y tú te corriste primero. Tu coño se contrajo como un puño alrededor de mi verga, chorros calientes salpicando mis muslos. "¡Me vengo, cabrón!", gritaste, el cuerpo temblando, piernas flojas. Yo no aguanté más; con tres embestidas feroces, descargué dentro de ti, semen espeso llenándote hasta rebosar. Nos quedamos pegados, respirando como perros después de cazar, la película llegando al sepulcro.

Apagué el tele con el control remoto caído en el piso. Tú te acurrucaste en mi pecho, mi verga aún media dura dentro de ti, goteando. El olor a corrida y sudor impregnaba todo, la lluvia afuera amainando. "Pinche buena idea lo de ver La Pasion de Cristo en español", dijiste riendo bajito, besándome el hombro mordido. Yo acaricié tu espalda, sintiendo cada curva que ahora conocía de memoria.

Nos levantamos despacio, piernas de gelatina. Te llevé a la regadera, el agua caliente cayendo como bendición sobre nuestros cuerpos marcados. Jabón de lavanda deslizándose por tus tetas, mis manos explorando de nuevo, pero suave esta vez. Te enjabené el coño sensible, tú me lavaste la verga con mimos. Salimos envueltos en toallas, nos echamos en la cama king size, la ciudad dormida afuera.

En la penumbra, hablamos de todo y nada. De cómo la peli nos había despertado algo primitivo, de Semana Santa en el pueblo de tu abuelita, de lo que vendría después. Tus dedos jugaban con mi pelo, mi cabeza en tu vientre suave. "Te quiero, morra", confesé, y tú sonreíste, esa sonrisa pícara que me desarmaba. La pasión de Cristo había sido solo el pretexto; lo nuestro era fuego puro, consensual y ardiente.

Nos quedamos dormidos así, entrelazados, el eco de los gemidos aún en el aire. Mañana sería otro día, pero esta noche, neta, habíamos resucitado en carne propia.

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