Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasion Vertical en el Rascacielos Pasion Vertical en el Rascacielos

Pasion Vertical en el Rascacielos

7469 palabras

Pasion Vertical en el Rascacielos

La noche en Polanco estaba viva, con ese rumble constante de la ciudad que te hace sentir el pulso de México. Yo, Ana, acababa de entrar al bar con mis amigas, vestida con un vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa urbana. El aire olía a tequila reposado y perfume caro, y las luces neón parpadeaban sobre las mesas llenas de weyes elegantes y chicas como yo, buscando algo más que un trago.

Lo vi de inmediato. Alto, moreno, con esa mirada que te clava como un pinche imán. Estaba solo en la barra, con una camisa blanca arremangada que dejaba ver unos antebrazos fuertes, de esos que prometen agarrarte bien. Nuestras miradas se cruzaron y ¡órale! sentí un cosquilleo en el estómago, como si el piso se moviera. Me acerqué, pedí un margarita con sal, y él sonrió, esa sonrisa pícara que dice "neta, esto va a estar chido".

—¿Qué onda, preciosa? —me dijo con voz grave, ronca, mientras me tendía la mano—. Soy Diego.

—Ana —respondí, rozando sus dedos con los míos, y ya ahí empezó el juego. Hablamos de la ciudad, de cómo el DF te come viva si no sabes bailar con su caos. Él era arquitecto, diseñaba rascacielos que tocaban las nubes, y yo, una diseñadora gráfica freelance, le conté de mis noches inspiradas en el skyline. Cada palabra era un roce, cada risa un paso más cerca. Sentía su calor a través de la barra, olía su colonia amaderada mezclada con el sudor ligero de la noche calurosa.

Una hora después, mis amigas ya se habían pirado, y nosotros bailábamos pegaditos en la pista. Su mano en mi cintura, bajando despacito hasta mi cadera, y yo presionándome contra él, sintiendo esa dureza que crecía. Qué chingón, pensé, este wey sabe lo que hace. El ritmo de la música reggaetón nos mecía, cuerpos sudados rozándose, y sus labios rozaron mi oreja:

—¿Vamos a mi depa? Vivo en un rascacielos aquí cerquita. La vista es de esas que te quitan el aliento.

Asentí, el deseo ya ardiendo como chile en la boca. Salimos al valet, subimos a su camioneta negra, y en el camino sus dedos jugaban en mi muslo, subiendo el vestido lo justo para volverme loca.

¿Qué carajos estoy haciendo? Pero neta, su toque es fuego puro. Quiero más, quiero que me levante contra la pared y me haga suya ahí mismo.

Llegamos al edificio, un monstruo de vidrio y acero en Reforma, con luces que brillaban como estrellas caídas. El elevador privado nos subió al piso 25, y apenas se cerraron las puertas, me besó. Fuerte, hambriento, su lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y menta. Mis manos en su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa, y él gimiendo bajito contra mis labios.

Entramos al depa, un lochazo minimalista con ventanales del piso al techo, la ciudad extendida como un mar de luces debajo. Olía a limpio, a cuero nuevo del sofá, y a él, ese aroma masculino que me mareaba. Me quitó el vestido de un tirón, quedándome en lencería roja, y yo le arranqué la camisa, besando su cuello salado.

—Estás riquísima, Ana —murmuró, sus manos grandes amasando mis tetas, pulgares rozando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras.

Nos besamos caminando hacia el ventanal, tropezando un poco, riendo como pendejos excitados. La ciudad rugía abajo, autos pitando lejanos, pero aquí arriba éramos reyes. Me levantó contra el vidrio frío, mis piernas envolviéndolo, y sentí su verga tiesa presionando mi entrepierna a través de los pantalones. Puta madre, el contraste del vidrio helado en mi espalda y su calor delante era una locura sensorial.

Acto dos, el fuego subiendo. Se arrodilló, besando mi ombligo, bajando lento por mi vientre, lamiendo el sudor que perlaba mi piel. El olor de mi excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce, y él lo inhaló como si fuera droga. Separó mis bragas con los dientes, y su lengua... ¡ay, wey! Entró directo al grano, lamiendo mi clítoris con vueltas expertas, chupando suave luego fuerte. Gemí alto, mis uñas en su pelo, el vidrio vibrando con mis espaldas contra él. Saboreé mis propios labios mordidos, salados de besos previos, mientras olas de placer me recorrían las piernas.

No aguanto más, Diego. Quiero sentirte adentro, vertical, dominando la noche.

Me puso de pie, quitándome todo, y él se desvistió rápido. Su cuerpo era esculpido, abdomen marcado, verga gruesa y venosa apuntando al techo. Me giró de espaldas al vidrio, mis tetas aplastadas contra el frío, pezones erguidos. Sus manos en mis caderas, dedos hundiéndose en la carne suave, y sentí la punta rozando mi entrada húmeda.

—¿Lista para la pasion vertical, mamacita? —gruñó en mi oído, su aliento caliente.

—¡Simón, chingame ya! —rogué, arqueando la espalda.

Entró de un empujón, llenándome hasta el fondo, y grité de puro gozo. El vidrio temblaba con cada embestida, mis manos abiertas contra él viendo la ciudad borrosa por el vapor de nuestros cuerpos. Sonidos: mis gemidos agudos mezclados con sus gruñidos guturales, el slap-slap de piel contra piel, el zumbido lejano del tráfico. Olía a sexo crudo, a sudor y fluidos, su colonia ahora mezclada con mi esencia.

Cambiaba el ritmo, lento profundo para hacerme sentir cada vena, luego rápido feroz como un pinche animal. Mis piernas temblaban, envolviéndolo, uñas clavadas en sus nalgas musculosas. Internamente, la tensión crecía: Es demasiado bueno, no quiero que acabe, pero ya vengo... Él mordía mi hombro, dejando marcas rojas, y una mano bajaba a frotar mi clítoris hinchado.

La intensidad subía, cuerpos resbalosos de sudor, pulsos latiendo al unísono. Me volteó de frente, levantándome contra el vidrio, mis muslos apretando su cintura. Ahora lo veía: ojos oscuros fijos en los míos, labios entreabiertos jadeando. Embestidas verticales puras, su verga golpeando ese punto que me deshacía. Sentía cada roce, el estiramiento delicioso, el calor líquido acumulándose.

—¡Me vengo, Diego! —chilló mi voz, rompiéndose.

El orgasmo me explotó, olas convulsionando mi coño alrededor de él, jugos chorreando por mis piernas. Él rugió, clavándose profundo, y sentí su leche caliente llenándome, chorros potentes que prolongaron mi clímax. Colapsamos jadeando, aún unidos, contra el vidrio empañado.

El afterglow fue puro paraíso. Me bajó despacio, besándome suave, lenguas perezosas ahora. Nos sentamos en el piso, yo recargada en su pecho sudoroso, escuchando su corazón galopante calmarse. La ciudad brillaba abajo, testigo muda de nuestra pasion vertical. Olía a nosotros, a sexo satisfecho y promesas.

—Eso fue de a madres, Ana —dijo riendo bajito, acariciando mi pelo revuelto.

—Neta, wey. Nunca había sentido algo tan intenso —respondí, besando su clavícula salada.

Nos quedamos así un rato, hablando pendejadas sobre volver a vernos, sobre conquistar más noches así. Me vestí con piernas flojas, pero el alma llena. Bajando en el elevador, su mano en la mía, supe que esto era solo el principio. La pasion vertical nos había marcado, un recuerdo tatuado en piel y sentidos, listo para repetirse en la jungla de concreto que es esta ciudad.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.