Mazda Pasión Interlomas Polanco
Entré a la agencia Mazda Pasión en Interlomas con el sol de la tarde pegándome en la cara como un beso caliente. El aire acondicionado me recibió con un soplo fresco que olía a cuero nuevo y café recién molido. Yo, Valeria, de treinta y tantos, con mi falda plisada que se pegaba un poquito a mis muslos por el calor de afuera, buscaba un coche que me hiciera sentir viva de nuevo. Después de un divorcio chueco, neta que necesitaba algo chingón que me sacara de la rutina.
Órale, este lugar está perrón, pensé mientras mis ojos recorrían los Mazda relucientes alineados como joyas en un joyero. Uno rojo fuego me guiñó el ojo desde el showroom, con sus curvas agresivas que me recordaban las de un cuerpo deseoso. Ahí estaba él, el vendedor, un morro alto, moreno, con camisa ajustada que marcaba unos pectorales que daban ganas de morder. Se llamaba Diego, me dijo con una sonrisa que iluminaba todo Interlomas.
—¿Qué onda, güey? ¿Buscas algo que te vuele la cabeza? —me soltó con voz grave, como si ya supiera que yo traía fuego adentro.
Le contesté coqueta, sintiendo un cosquilleo en el estómago.
¿Por qué carajos me late tanto este carnal? Su mirada me recorre como si ya me estuviera desnudando.Empezamos a platicar de los modelos, pero la tensión crecía con cada roce accidental: su mano en mi espalda guiándome al Mazda CX-5 rojo, el aroma de su colonia mezclándose con el mío, dulce y floral.
—Vamos a darle una probadita —propuso, y subí al asiento del piloto. El cuero se pegó a mis piernas desnudas, suave y tibio, como piel de amante. Diego se sentó a mi lado, sus jeans rozando mi rodilla. Encendí el motor y el ronroneo vibró hasta mis entrañas, despertando un pulso entre mis piernas que me hizo apretar el volante.
Salimos de la agencia rumbo a Polanco, las avenidas anchas de Interlomas deslizándose bajo las llantas como seda. La ciudad bullía afuera: vendedores ambulantes gritando, cláxones lejanos, el olor a elotes asados flotando en el aire. Pero dentro del coche, éramos solo nosotros. Diego ponía música, un reggaetón suave que hacía que mi cadera se moviera sola.
—Estás manejando chingón, Valeria. Se siente como si este Mazda fuera tuyo —dijo, su mano posándose en mi muslo por "accidente". El calor de su palma traspasó la falda, y yo no la quité. Al contrario, aceleré un poquito, el viento entrando por la ventanilla abierta revolviéndome el pelo.
Neta, este wey me está prendiendo como yesca. En Polanco, con sus boutiques elegantes y cafés fancy pasando borrosos, la química explotó. Paré en un estacionamiento discreto cerca de Masaryk, donde los árboles daban sombra y privacidad. El corazón me latía a mil, el sudor perlando mi escote.
Nos miramos, y sin palabras, sus labios cayeron sobre los míos. Sabían a menta y deseo crudo, su lengua explorando con hambre mexicana, profunda y sin prisas. —Te quiero, carnala, murmuró contra mi boca, y yo respondí arqueándome hacia él.
Acto dos: la escalada. Sus manos subieron por mis muslos, abriendo la falda como un regalo. El sonido de la cremallera bajando fue como un susurro prohibido. Toqué su pecho, duro bajo la camisa, sintiendo su corazón galopando al ritmo del mío.
Esto es lo que necesitaba, puro fuego consensual, sin dramas.Me quitó la blusa con urgencia tierna, sus labios bajando a mis pechos, lamiendo pezones que se endurecieron al instante. Gemí bajito, el vapor empañando las ventanas del Mazda, el olor a sexo empezando a mezclarse con el cuero.
—Estás rica de verdad, Valeria. Me tienes loco —gruñó, mientras yo le desabrochaba el cinturón, liberando su verga tiesa, palpitante en mi mano. La piel suave, venas marcadas, el calor que emanaba me mojó entera. La acaricié despacio, saboreando su jadeo ronco, el pre-semen salado en mi lengua cuando me agaché.
El chupetón fue épico: succioné con ganas, mi boca llena de él, el sabor almizclado invadiendo mis sentidos. Diego enredó sus dedos en mi pelo, guiándome suave, —Así, güey, qué chido. Pero yo quería más. Me subí a horcajadas, la falda arremangada, frotándome contra él. El roce de su punta en mi clítoris era eléctrico, jugos resbalando por mis piernas.
Lo monté lento al principio, el Mazda meciéndose con nosotros. Cada embestida profunda mandaba ondas de placer desde mi centro hasta las yemas de mis dedos. Sus manos amasaban mis nalgas, el slap de piel contra piel ahogando los gemidos. Sudor goteaba, mezclándose con nuestros olores: él a hombre puro, yo a mujer en celo. ¡Chingado, qué bien entra! Llenándome hasta el fondo.
La tensión subió como la subida a Popo: besos fieros, uñas clavándose, respiraciones entrecortadas. Cambiamos, él encima ahora, mis piernas envolviéndolo, tacones rozando su espalda. El ritmo se volvió animal, el coche temblando, vidrios empañados con huellas de manos. —Ven conmigo, mi reina, jadeó, y yo exploté primero, un orgasmo que me arqueó como gato, chorros calientes empapando todo.
Él se vino segundos después, gruñendo mi nombre, llenándome con chorros calientes que sentí pulsar adentro. Colapsamos, pegajosos y felices, el Mazda Pasión ahora marcado con nuestra esencia. Afuera, Polanco seguía su vida fancy, ajena a nuestro éxtasis.
Acto tres: el afterglow. Nos vestimos riendo, besos suaves post-sexo. —Este coche es tuyo, Valeria. Y ojalá yo también un rato —dijo guiñando. Limpiamos el desastre con toallitas de la guantera, el aire espeso con olor a corrida y perfume.
Volvimos a la agencia en Interlomas, yo con piernas flojas y una sonrisa pendeja. Firmé los papeles, el Mazda rojo ahora mío, testigo de la pasión más loca.
Quién iba a decir que comprar un carro me daría esto. Vida nueva, carnal.
Salí manejando sola esa noche, el motor ronroneando como promesa de más aventuras. Interlomas y Polanco se difuminaron en el retrovisor, pero el recuerdo de Diego quemaba vivo. Neta, Mazda Pasión Interlomas Polanco no era solo un lugar: era el inicio de mi fuego renacido.