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Pasión y Poder Julia y Eladio se Reconcilian

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Pasión y Poder Julia y Eladio se Reconcilian

Julia caminaba de un lado a otro en el amplio balcón de su penthouse en Polanco, con el skyline de la Ciudad de México brillando como un mar de luces bajo la noche estrellada. El aire fresco traía el aroma distante de jacarandas y el bullicio lejano de los carros en Reforma. Hacía semanas que no veía a Eladio, desde esa bronca épica en la junta de la empresa familiar, donde él la había tratado como a una pendeja frente a todos. ¿Cómo se atreve, el muy cabrón? pensaba, mientras apretaba el teléfono en su mano. Pero neta, lo extrañaba. Su cuerpo lo pedía a gritos, esa mezcla de fuerza y ternura que solo él sabía darle.

El sonido de la puerta principal abriéndose la sacó de sus cavilaciones. Pasos firmes, seguros, como siempre. Eladio entró al balcón con una botella de tequila Don Julio en una mano y dos vasos en la otra. Vestía una camisa negra ajustada que marcaba sus pectorales, pantalón de vestir y ese olor a colonia cara mezclado con su esencia masculina que la volvía loca. Sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el vestido rojo ceñido que ella había elegido a propósito, sabiendo que lo desarmaba.

Pinche Eladio, con esa mirada de jefe que me hace querer rendirme y dominarlo al mismo tiempo, pensó Julia, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

—Julia, mi reina —dijo él con voz grave, ronca como el tequila que servía—. Ya estuvo. No aguanto más esta chingadera entre nosotros. Tú y yo somos pasión y poder, ¿neta? Julia y Eladio se reconcilian hoy mismo.

Ella lo miró fijo, cruzando los brazos para que sus senos se elevaran un poco más. El viento jugaba con su cabello negro largo, y el corazón le latía fuerte contra las costillas.

—¿Y qué, ahora vienes con flores y te perdono, carnal? Me humillaste delante de la raza. Soy tu igual en esto, no tu secretaria.

Eladio se acercó, invadiendo su espacio personal. El calor de su cuerpo la envolvió, y olió a él: sudor limpio, deseo crudo. Le tendió un vaso, sus dedos rozando los de ella en una chispa eléctrica.

—No eres mi secretaria, eres mi todo. Mi jefa en la cama y en los negocios. Perdóname, mi amor. Bésame y ya.

Julia tomó un trago largo, el tequila quemándole la garganta como fuego dulce. Lo miró a los ojos, viendo el arrepentimiento genuino, pero también ese brillo de macho alfa que la encendía. Lentamente, dejó el vaso en la mesa de cristal y se pegó a él, sintiendo la dureza de su pecho contra sus tetas suaves.

Acto primero: la reconciliación empezaba con palabras, pero el cuerpo ya sabía lo que quería.

Adentro, en la sala minimalista con muebles de piel italiana y vistas panorámicas, la tensión crecía como una tormenta. Se sentaron en el sofá oversized, las piernas rozándose. Eladio hablaba, su mano grande posándose en el muslo de ella, subiendo despacio por la piel expuesta. Julia sentía el pulso acelerado en su cuello, el roce áspero de su palma contra la suavidad de su piel depilada.

—Recuérdame por qué pelean dos güeyes como nosotros —murmuró él, inclinándose para oler su perfume, vainilla y jazmín—. Tu olor me mata, Julia. Me pone la verga dura nomás de pensarte.

Ella rio bajito, un sonido ronco que vibró en su pecho. Este pendejo sabe cómo entrarme. Deslizó su mano por el cuello de su camisa, desabotonando el primero. La piel morena de él salió a la vista, caliente, con vello oscuro que invitaba a tocar.

—Porque eres un terco de la chingada, pero también el único que me hace sentir viva. Ven, muéstrame cuánto lo sientes.

El beso empezó suave, labios rozando como pluma, saboreando el tequila en la boca del otro. Luego, hambre. Lenguas enredándose, húmedas, calientes, con gemidos que llenaban la habitación. Eladio la jaló a su regazo, las manos amasando sus nalgas firmes bajo el vestido. Julia sintió la erección presionando contra su entrepierna, dura como acero, y se movió despacio, frotándose para torturarlo.

—Órale, mi chula, vas a hacer que me venga en los pantalones —gruñó él, mordiendo su labio inferior.

La levantó en brazos como si no pesara nada, camino al cuarto principal. El colchón king size los recibió con sábanas de hilo egipcio frías contra su piel ardiente. Se desnudaron con urgencia, pero saboreando cada prenda. El vestido de ella cayó como cascada roja, revelando lencería negra de encaje que él devoró con los ojos.

Acto segundo: la escalada. Eladio besaba su cuello, lamiendo el sudor salado, bajando a los senos. Chupó un pezón rosado, endurecido, tirando con los dientes hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo alto. Su boca es puro vicio, me moja toda, pensó Julia, mientras sus uñas arañaban la espalda musculosa de él.

—Te quiero adentro, Eladio. Fóllame fuerte, como sabes.

Él se rio, esa risa grave que retumbaba en su pecho. Bajó la cabeza entre sus piernas, separándolas con manos firmes. El aroma de su excitación lo golpeó: almizcle dulce, femenino. Lamió despacio, lengua plana contra el clítoris hinchado, saboreando sus jugos como néctar. Julia jadeaba, caderas moviéndose solas, el sonido húmedo de su boca chupando llenando el aire. Dedos gruesos entraron en ella, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas.

—Estás chingón mojada, mi amor. Todo para mí.

Julia lo empujó hacia arriba, desesperada. Tomó su verga venosa, gruesa, palpitante en la mano. La masturbó lento, sintiendo el precum resbaloso en la punta. Lo montó, guiándolo adentro de un jalón. El estiramiento la llenó, placentero dolor que la hizo gritar. Cabalgó fuerte, tetas rebotando, sudor perlando sus cuerpos. Eladio embestía desde abajo, manos en sus caderas, controlando el ritmo.

—Sí, así, cabrón. Más duro. Somos pasión y poder, ¿ves? Nadie nos para.

La intensidad subía. Cambiaron posiciones: él encima, misionero profundo, mirándose a los ojos. Cada embestida era un choque de pieles húmedas, slap-slap resonando. Ella clavaba uñas en sus hombros, él lamía sus lágrimas de placer. El olor a sexo impregnaba todo, almizcle, sudor, amor crudo.

Julia sentía el orgasmo construyéndose, una ola en el vientre.

Es mío, todo él. Nos reconciliamos en cada empujón
, pensó, mientras él gruñía su nombre.

Acto tercero: la liberación. Eladio aceleró, verga hinchándose más. Ella explotó primero, paredes contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando las sábanas. Gritos ahogados, cuerpo temblando. Él la siguió segundos después, corriéndose adentro con rugido animal, semen caliente llenándola.

Se derrumbaron juntos, jadeando. Eladio la abrazó por detrás, besando su nuca sudorosa. El aire olía a ellos, satisfechos. Julia sonrió, girando para besarlo suave.

—Ya estuvo la bronca. Julia y Eladio se reconcilian de la mejor forma, con pura pasión.

Durmieron así, enredados, con el poder restaurado y el deseo latente para la próxima ronda. Mañana, los negocios; hoy, solo ellos.

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