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La Pasion de Cristo Online Latino Desnuda

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La Pasion de Cristo Online Latino Desnuda

Ana se recostó en el sofá de su departamento en la Condesa, con el aire cargado del aroma a café de olla que acababa de preparar. La noche de viernes en Ciudad de México bullía afuera, pero adentro todo era calma íntima. Javier, su amigo de la uni con quien compartía risas y miradas que duraban un segundo de más, se sentó a su lado, chido y relajado, con una chela en la mano. Neta, ¿por qué no vemos algo heavy? le dijo él, mientras encendía la tele grande. Ana sonrió, sintiendo un cosquilleo en la piel bajo su blusa ligera. La Pasion de Cristo online latino, sugirió ella, recordando el link que le mandó un carnal en WhatsApp. No era su rollo religioso, pero la intensidad de esa película siempre le ponía la piel de gallina, como si oliera a sudor y tierra santa.

El sitio cargó rápido, el audio en español latino perfecto, con esas voces graves que retumbaban en el cuarto. Las imágenes empezaron: Cristo cargando la cruz, el látigo azotando carne, sangre goteando como vino tinto. Ana sintió su pulso acelerarse, el calor subiendo por su cuello. Javier se acercó un poco más, su muslo rozando el de ella accidentalmente —o no tanto—. Órale, qué pinche fuerte, murmuró él, y su aliento cálido le llegó al oído, oliendo a cerveza y a hombre. Ella tragó saliva, notando cómo sus pezones se endurecían contra la tela fina. La pantalla mostraba el sufrimiento, pero para Ana era pasión pura, un fuego que le recordaba deseos reprimidos, noches sola tocándose pensando en cuerpos entrelazados.

En su mente,

¿Por qué me prende tanto esto? Es dolor, pero se siente como éxtasis, como si cada azote fuera un gemido ahogado.
Javier giró la cabeza, sus ojos oscuros clavados en los de ella. ¿Estás bien, nena? preguntó, su voz ronca. Ana asintió, pero su mano tembló al ponerla en su rodilla. La película avanzaba, Pilatos lavando manos, la corona de espinas hundiéndose. El sonido de los clavos era como un latido en su entrepierna, húmeda ya, el olor a su propia excitación mezclándose con el incienso imaginario de la cruz.

De repente, Javier pausó el video. No aguanto más, dijo, y la besó. Fue como la pasión desatada en la pantalla: labios urgentes, lenguas enredadas con sabor a chela y a deseo. Ana gimió suave, sus manos subiendo por la camisa de él, sintiendo el pecho firme, el corazón galopando bajo la piel sudorosa. Él la recostó despacio, sus dedos desabotonando la blusa, exponiendo sus tetas redondas al aire fresco. Estás chingona, susurró, lamiendo un pezón, el roce áspero de su barba enviando chispas por su espina. Ella arqueó la espalda, oliendo su colonia mezclada con el almizcle de ambos.

La tensión crecía como la procesión en la película. Javier bajó la mano, deslizándola por su vientre suave, hasta el borde del short. Ana jadeó, Sí, wey, tócala, su voz un ronroneo mexicano puro. Él obedeció, dedos expertas separando los labios húmedos, encontrando el clítoris hinchado. El roce era eléctrico, círculos lentos que la hacían retorcerse, el sonido de su panocha chorreando audible en el silencio. En su cabeza, flashes de la cruz:

Esto es mi pasion, mi cristo personal, sufriendo de placer hasta la redención.
Javier se arrodilló, bajando el short, y hundió la cara entre sus piernas. Su lengua era fuego, lamiendo de abajo arriba, saboreando su jugo salado-dulce, chupando con hambre. Ana agarró su pelo, empujándolo más adentro, sus caderas moviéndose al ritmo de un tambor azteca olvidado.

Pero no quería acabar sola. Lo jaló arriba, desabrochando su jeans. La verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con venas como raíces de la cruz. Te quiero adentro, cabrón, le ordenó ella, empoderada en su deseo. Javier se puso condón rápido —siempre chidos y responsables—, y se hundió lento, centímetro a centímetro. Ana sintió el estiramiento delicioso, la llenura que la hacía gritar bajito. Él empezó a bombear, primero suave, piel contra piel chapoteando, olor a sexo invadiendo el sofá. Ella clavó uñas en su espalda, dejando marcas rojas como latigazos consentidos.

La intensidad escaló. Javier la volteó a cuatro patas, agarrando sus caderas anchas, embistiendo profundo. Cada choque era un ¡ay, Dios! en su mente, el sudor goteando de él a su nalga, fresco y caliente. Ella metió mano abajo, frotando su clítoris mientras él la taladraba, el placer acumulándose como nubes de tormenta. Más fuerte, pendejo, dame tu pasion, jadeó, y él obedeció, gruñendo como bestia, bolas golpeando suave. El cuarto olía a ellos: esperma próximo, hembra en celo, pasión cruda. Ana sintió el orgasmo venir, olas rompiendo en su vientre,

Como la resurrección, voy a explotar en luz.

Él la giró de nuevo, cara a cara, piernas enredadas. Besos salvajes mientras follaban, ojos en ojos, almas conectadas. Vente conmigo, murmuró ella, y el mundo se deshizo. Ana convulsionó, paredes apretando su verga, chorros de placer salpicando. Javier rugió, vaciándose en espasmos, el condón llenándose de su leche espesa. Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas, piel pegajosa brillando bajo la luz tenue de la tele pausada en la crucifixión.

Después, en el afterglow, Javier la abrazó, besando su frente húmeda. La Pasion de Cristo online latino nunca fue tan real, bromeó él, riendo suave. Ana sonrió, sintiendo su verga aún semi-dura contra su muslo, el corazón latiendo en paz. Neta, wey, eso fue mi redención, respondió, oliendo su cuello, saboreando la sal de su piel. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero adentro habían creado su propio evangelio de placer, consensual y ardiente, un lazo más fuerte que cualquier cruz. Se durmieron así, entrelazados, soñando con pasiones futuras.

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