Pasión Capítulo 13 Fuego en la Noche
La brisa del mar de Puerto Vallarta me acariciaba la piel mientras bajaba del taxi. Hacía una semana que no veía a Marco, y neta, el cuerpo me ardía de solo pensarlo. Era como si cada kilómetro que nos separaba hubiera avivado esa llama que nos consumía desde el primer beso. Capítulo tras capítulo de nuestra historia, pasión capítulo 13 prometía ser el más intenso. Llegué al hotel, un paraíso de palmeras y luces suaves, con el corazón latiéndome a mil.
Él ya estaba en el lobby, guapísimo con esa camisa blanca que se le pegaba al pecho musculoso por el calor húmedo. Sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo, deteniéndose en mis curvas bajo el vestido rojo ceñido. "Mamacita, ¿qué traes puesto que me vas a matar de un infarto?", me dijo con esa voz ronca que me eriza la piel. Me acerqué, sintiendo su aroma a colonia fresca mezclada con sal marina. Nuestras manos se rozaron, y ya sentí esa electricidad que siempre nos conecta.
¿Por qué este wey me pone así de loca? Cada vez que lo veo, olvido todo: el trabajo, las broncas, el mundo entero. Solo existimos él y yo.
Cenamos en la terraza del hotel, con el sonido de las olas rompiendo a lo lejos y velas parpadeando sobre la mesa. Pedimos tacos de mariscos frescos, con limón y salsa que picaba en la lengua, y unas chelas bien frías que bajaban como agua bendita en esa noche calurosa. Hablábamos de todo y de nada: de cómo me extrañó en su viaje a la CDMX, de las pendejadas que hizo con los cuates. Pero bajo la charla, la tensión crecía. Sus pies rozaban los míos bajo la mesa, subiendo despacito por mi pantorrilla. Yo le sonreía, mordiéndome el labio, sintiendo el calor subir por mi entrepierna.
"¿Sabes qué, Ana? No aguanto más. Quiero comerte entera", murmuró, pagando la cuenta de un jalón. Su mano en mi cintura me guió al elevador. Adentro, solos, nos devoramos con besos hambrientos. Su lengua sabía a tequila y a deseo puro, explorando mi boca mientras sus manos apretaban mis nalgas. Sentí su verga dura contra mi vientre, palpitando, y gemí bajito. El ding del elevador nos separó, pero el fuego ya estaba encendido.
En la suite, con vista al Pacífico, la luna iluminaba la cama king size. Marco me quitó el vestido con dedos temblorosos de pura ansia, dejando al descubierto mis tetas firmes y mi tanga de encaje negro. "Estás cañona, güey", gruñó, besando mi cuello, bajando por mi clavícula. El olor de mi piel mezclada con su sudor me volvía loca. Me tumbó en la cama, sus labios rozando mis pezones endurecidos. Los chupó suave al principio, luego fuerte, mordisqueando hasta que arqueé la espalda, gimiendo su nombre.
¡Qué chingón se siente! Cada lamida es como una descarga que me recorre hasta el clítoris, hinchado y rogando atención.
Yo no me quedé atrás. Le arranqué la camisa, lamiendo su pecho velludo, bajando hasta el ombligo. Desabroché su pantalón, liberando esa verga gruesa y venosa que tanto me encanta. La tomé en la mano, sintiendo su calor y el pulso acelerado. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Marco jadeaba, enredando sus dedos en mi pelo. "Así, mi reina, chúpamela rica". La metí en la boca, succionando profundo, con la lengua girando alrededor del glande. Sus gemidos llenaban la habitación, mezclados con el rumor del mar.
Pero quería más. Lo empujé sobre la cama y me subí encima, frotando mi coño mojado contra su verga. El roce era delicioso, mi clítoris hinchado rozando su piel caliente. "Te necesito adentro, pendejo", le susurré al oído, mordiéndole la oreja. Él sonrió pícaro, agarrando mis caderas. Me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. ¡Órale! Esa plenitud me hizo gritar de placer. Empecé a cabalgarlo despacio, sintiendo cada vena de su verga estirándome las paredes internas.
La tensión subía como la marea. Cambiamos posiciones: él encima, embistiéndome fuerte, sus bolas chocando contra mi culo con cada estocada. Sudábamos a chorros, el olor a sexo impregnando el aire. Mis uñas se clavaban en su espalda, dejando marcas rojas. "Más duro, cabrón", le pedía, y él obedecía, clavándome profundo mientras me besaba con furia. Mi clítoris palpitaba, rozando su pubis. Sentía el orgasmo construyéndose, como una ola gigante acercándose.
Esto es puro fuego. Cada embestida me acerca al borde. No quiero que pare nunca, pero sé que voy a explotar.
De lado ahora, con su mano en mi clítoris, frotando en círculos mientras me follaba lento y profundo. El placer era insoportable: el sonido húmedo de nuestros cuerpos uniéndose, el sabor salado de su piel en mi lengua, el tacto de sus músculos tensos bajo mis palmas. Grité cuando llegué al clímax, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer recorriéndome el cuerpo. Marco no tardó, gruñendo como animal, llenándome con su leche caliente, pulso tras pulso.
Nos quedamos así, enredados, jadeando. El afterglow era perfecto: su peso sobre mí protector, el corazón latiéndole contra mi pecho, el olor a nosotros dos mezclado con el jazmín del balcón. Besos suaves, caricias perezosas. "Te amo, Ana. Esto es lo mejor de mi vida", murmuró, y yo sonreí, sintiendo paz en el alma.
Capítulo 13 de nuestra pasión termina así, pero sé que habrá más. Este fuego no se apaga nunca.
La noche nos envolvió, con promesas de amaneceres igual de ardientes. En Puerto Vallarta, bajo las estrellas, nuestra historia seguía escribiéndose.