Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Pasión de Luna Desatada Pasión de Luna Desatada

Pasión de Luna Desatada

7421 palabras

Pasión de Luna Desatada

La noche en la playa de Puerto Vallarta era de esas que te envuelven como un abrazo cálido y pegajoso. El aire salado del Pacífico se mezclaba con el aroma dulce de las buganvillas que trepaban por las palapas, y la luna llena colgaba en el cielo como una perla gorda, iluminando la arena con un brillo plateado que hacía que todo pareciera un sueño erótico. Yo, Ana, había llegado sola a este paraíso después de una semana de puro estrés en la chamba de Guadalajara. Neta, necesitaba desconectarme, sentir la arena entre los dedos y dejar que el mar me lavara las preocupaciones.

Estaba sentada en una hamaca, con un michelada en la mano, el hielo tintineando contra el vaso mientras sorbía el limón que explotaba en mi lengua con ese toque ácido y salado. La música de un mariachi lejano flotaba en el viento, mezclada con risas de turistas y locales en la fiesta improvisada más adelante. Entonces lo vi. Alto, moreno, con una sonrisa que iluminaba más que la luna misma. Llevaba una guayabera blanca que se pegaba un poco a su pecho musculoso por el sudor, y unos shorts que dejaban ver unas piernas fuertes, de las que te imaginas enredadas en las tuyas.

Se acercó con una cerveza en la mano, oliendo a mar y a colonia barata pero chida, de esas que te hacen querer olerlo toda la noche. "Órale, güerita, ¿estás sola o nomás pareces?", dijo con esa voz ronca, juguetona, típica de un veracruzano que se mudó a la costa por las olas. Me reí, sintiendo un cosquilleo en el estómago. "Sola pero no tonta, carnal. Siéntate si quieres charlar". Se llamaba Diego, surfista profesional, con ojos negros que brillaban como el océano bajo la luna. Hablamos de todo: de las mejores olas en Sayulita, de cómo la vida en la ciudad te ahoga, y de pronto, el tema viró a lo que todos sentimos pero pocos decimos. "Esta pasión de luna me pone como loco", murmuró, mirándome los labios mientras el viento jugaba con mi falda ligera, levantándola lo justo para que viera mis muslos bronceados.

Mi corazón latió más fuerte, un tambor en el pecho que ahogaba el rumor de las olas. ¿Qué carajos, Ana? ¿Vas a dejar que este pendejo te conquiste en cinco minutos? Pero su mirada era fuego puro, y yo sentía el calor subiendo por mi piel, el sudor perlando mi escote. Nos quedamos callados un rato, solo oyendo el mar chocar contra la orilla, ese shhh constante que invita a los secretos.

La tensión creció como la marea. Su mano rozó la mía al pasarme la cerveza, y fue como una descarga eléctrica: piel contra piel, cálida, áspera por el sol y la sal. "Ven, caminemos", propuso, y yo lo seguí sin pensarlo, descalza en la arena fresca que se metía entre mis dedos como caricias. La luna nos guiaba, pintando sombras largas que bailaban con nosotros. Hablamos de deseos reprimidos, de cómo la ciudad nos roba la espontaneidad. "Aquí, bajo esta pasión de luna, todo se siente posible", dijo, deteniéndose para voltear hacia mí. Sus labios rozaron mi oreja, su aliento caliente oliendo a tequila y menta. "¿Quieres sentirlo?"

Mi cuerpo respondió antes que mi cabeza. Lo jalé hacia mí, besándolo con hambre. Sus labios eran suaves pero firmes, sabían a sal y aventura, y su lengua exploró la mía con una urgencia que me dejó jadeante. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi cintura, y yo arqueé el cuerpo contra el suyo, sintiendo su dureza presionando mi vientre. ¡Qué chingón se siente esto! El beso se profundizó, sus dedos enredándose en mi pelo mientras yo arañaba su pecho por encima de la guayabera, arrancando botones con impaciencia.

Nos alejamos de la fiesta, hacia un rincón rocoso donde las olas lamían las piedras con un rugido sensual. La arena estaba tibia aún del sol del día, y nos tumbamos sobre una sábana que él sacó de quién sabe dónde. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando un rastro de fuego que olía a mi perfume mezclado con su sudor masculino. "Eres preciosa, mija", gruñó, quitándome la blusa con delicadeza pero firmeza. Mis pechos se liberaron al aire nocturno, los pezones endureciéndose al roce del viento fresco. Él los tomó en su boca, chupando con devoción, la lengua girando en círculos que me hacían gemir bajito, un sonido que se perdía en el mar.

Yo no me quedé atrás. Mis manos bajaron por su abdomen marcado, sintiendo los músculos contraerse bajo mis uñas. Desabroché sus shorts, liberando su verga dura, palpitante, que saltó como si hubiera esperado toda la noche por mí. La tomé en la mano, suave como terciopelo sobre acero, y él soltó un "¡Ay, cabrón!" ronco que me excitó más. La acaricié despacio, sintiendo las venas latir, el calor irradiando a mi palma. Él jadeaba, sus caderas moviéndose al ritmo de mi mano, mientras sus dedos se colaban bajo mi falda, encontrando mi tanga empapada.

"Estás chorreando, corita", susurró, metiendo un dedo dentro de mí, curvándolo justo donde dolía de placer. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las rocas. El olor a sexo flotaba ya, almizclado y salado, mezclado con el yodo del mar. Me quitó la falda y la tanga de un tirón, abriéndome las piernas con gentileza. Su boca bajó ahí, lamiendo mi clítoris con la lengua plana, chupando como si fuera el fruto más dulce. Sentí las olas de placer subiendo, mi cuerpo temblando, el sudor resbalando por mi espalda.

No pares, Diego, no pares... esta pasión de luna nos está volviendo locos
, pensé, mientras mis caderas se mecían contra su cara, el sabor de mí en su lengua.

La intensidad creció. Lo empujé hacia arriba, montándome a horcajadas. Su verga entró en mí de un solo movimiento fluido, llenándome por completo, estirándome con un placer que rayaba en el dolor dulce. "¡Sí, así!", grité, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando al ritmo de mis embestidas. Él agarraba mis nalgas, amasándolas, guiándome más profundo. El sonido de piel contra piel era obsceno, plaf plaf plaf, ahogado por nuestros gemidos y el mar rugiente. Sudábamos como locos, el olor a sexo intenso, sus bolas golpeando mi culo con cada bajada.

Sentí el orgasmo construyéndose, una espiral en mi vientre. Sus manos subieron a mis pechos, pellizcando los pezones, y yo aceleré, sintiendo su verga hincharse dentro. "¡Me vengo, Ana!", rugió, y eso me llevó al borde. Explosé primero, un grito ahogado mientras mi coño se contraía alrededor de él, chorros de placer mojándonos a ambos. Él se corrió segundos después, caliente y espeso, llenándome con pulsos que sentía hasta el alma. Colapsamos juntos, jadeantes, el corazón martilleando como tambores de fiesta.

Nos quedamos así un rato, enredados bajo la luna que ahora parecía sonreírnos. Su cabeza en mi pecho, mi mano en su pelo revuelto. El mar nos arrullaba, lavando el sudor con su brisa. "Esto fue la pasión de luna más chida de mi vida", murmuró él, besándome la piel salada. Yo sonreí, sintiendo una paz profunda, como si el océano hubiera limpiado no solo mi cuerpo, sino mi espíritu. La noche no había terminado, pero ya sabía que esta conexión, nacida de la luna y el deseo puro, me cambiaría para siempre. El viento susurraba promesas, y yo, por primera vez en mucho tiempo, me sentía viva, empoderada, dueña de mi placer.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.