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La Pasión de Jesucristo en Mi Carne

6816 palabras

La Pasión de Jesucristo en Mi Carne

Era Viernes Santo en mi pueblo de Guanajuato, y el aire olía a incienso quemado y a tierra húmeda después de la lluvia mañanera. Las calles empedradas estaban llenas de velas parpadeantes y murmullos devotos, mientras la procesión de La Pasión de Jesucristo avanzaba con pasos lentos y solemnes. Yo, Ana, de treinta años y con el corazón latiendo como tambor en fiesta, caminaba entre la multitud vestida de negro, mi rebozo ajustado al cuerpo que ardía por dentro. Siempre había sido la devota, la que rezaba el rosario cada noche, pero este año algo había cambiado. Él apareció como un milagro pecaminoso: Javier, el hombre que interpretaba a Jesucristo en la obra principal de la plaza.

Sus ojos, oscuros como el chocolate amargo que mi abuela fundía en ollas de barro, me atraparon desde el primer ensayo al que me colé como voluntaria. Alto, con músculos forjados en el campo y una barba que le daba ese aire de mártir vivo, Javier cargaba la cruz de madera con una gracia que hacía que las mujeres susurraran. ¿Cómo puede un hombre tan santo despertar esto en mí? me preguntaba mientras lo veía sudar bajo el sol, gotas resbalando por su pecho descubierto, oliendo a hombre puro, a tierra y sal.

—Ana, ¿me pasas el agua? —me pidió esa tarde, su voz ronca como el viento en las minas abandonadas.

Le acerqué la botella, mis dedos rozando los suyos. Electricidad. Un chispazo que me subió por el brazo hasta el pecho. Él sonrió, esa sonrisa pícara que no pegaba con la corona de espinas de plástico.

Este pendejo sabe lo que hace, me está volviendo loca
, pensé, mordiéndome el labio para no gemir ahí mismo entre los decorados.

La noche cayó como manto pesado, y la plaza se llenó de antorchas y cantos tristes. La obra empezó: Javier clavado en la cruz falsa, gritando sus líneas con pasión que me erizaba la piel. Yo estaba en primera fila, mi falda plisada pegándose a mis muslos por el calor húmedo. Cada latigazo simulado era un eco en mi vientre, cada gota de sangre falsa un recordatorio de lo que mi cuerpo pedía a gritos. Cuando bajó de la cruz, herido pero vivo, sus ojos me buscaron en la oscuridad. Nuestras miradas chocaron como cuerpos en celo.

Después del aplauso, me esperó detrás de la iglesia, en el callejón perfumado a jazmín silvestre y humo de velas apagadas.

—Ana, no aguanto más verte así, con esos ojos que me queman —murmuró, acercándose hasta que sentí su aliento cálido en mi cuello, oliendo a vino bendecido y deseo crudo.

Mi corazón tronaba. Esto es pecado, pero qué rico pecado. Le tomé la mano, áspera por la cuerda de la cruz, y lo jalé hacia la casita abandonada al final del callejón, la que usábamos para guardar trajes. La puerta crujió al abrirse, y entramos a la penumbra, iluminados solo por la luna que se colaba por las rendijas.

Acto dos de nuestra propia pasión. Nos besamos como hambrientos, sus labios carnosos devorando los míos, lengua invadiendo con sabor a sudor salado y algo dulce, como el pan de muerto de Todos Santos. Sus manos, grandes y callosas, me subieron la falda, acariciando mis muslos suaves, subiendo hasta donde mi piel ardía. Gemí bajito, ay, cabrón, no pares.

—Te quiero desde el primer día, Ana. Eres mi María Magdalena, mi salvación en esta cruz de soledad —susurró contra mi oreja, mordisqueándola suave, enviando ondas de placer hasta mi centro.

Lo empujé contra la pared de adobe fresco, desabrochando su camisa raída. Su pecho desnudo, marcado por las cuerdas rojas del ensayo, olía a hombre en trabajo, a tierra fértil. Lamí su piel, saboreando la sal, sintiendo su pulso acelerado bajo mi lengua. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris. Me levantó en brazos, fuerte como toro, y me sentó en una mesa vieja cubierta de polvo que olía a madera vieja y secretos.

Mis manos bajaron a su pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante como corazón expuesto. Qué chingona, más grande que mis sueños. La acaricie despacio, sintiendo las venas latiendo, el calor que emanaba. Él jadeó, ojos cerrados en éxtasis.

—Chúpamela, mi reina —pidió, voz quebrada.

Me arrodillé, el piso áspero contra mis rodillas, pero no importaba. La tomé en la boca, saboreando su piel suave y almizclada, chupando con hambre, lengua girando en la cabeza hinchada. Él enredó sus dedos en mi pelo negro, guiándome suave, gimiendo mi nombre como oración profana. La Pasión de Jesucristo nunca fue así de carnal, pensé mientras lo oía jadear, su cuerpo temblando.

Me levantó, besándome con furia, y me quitó la blusa. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras de río. Los lamió, succionó, mordió suave, haciendo que arquee la espalda y grite bajito. Sus dedos bajaron a mi panocha, ya empapada, resbaladiza de jugos. Metió uno, luego dos, curvándolos adentro, tocando ese punto que me hace ver estrellas.

—Estás chorreando por mí, Ana. Qué rica estás —dijo, voz ronca, oliendo mi aroma almizclado que llenaba el aire.

El calor subía, mi piel en llamas, sudor perlando nuestros cuerpos. Lo jalé hacia mí, guiando su verga a mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso, llenándome hasta el fondo. Ay, Diosito, qué completo me siento. Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, como la procesión allá afuera, pero acelerando, chocando piel con piel, slap slap en la noche silenciosa.

Sus embestidas profundas, tocando mi alma, mis uñas clavadas en su espalda ancha. Sudor goteando de su frente a mis tetas, mezclándose con mi esencia. Gemidos mezclados, besos salvajes, olor a sexo puro invadiendo el cuarto. Más fuerte, Javier, chíngame como si fuera la última pasión.

Él obedeció, acelerando, su verga hinchándose más adentro, mis paredes apretándolo. El clímax se acercaba como tormenta de verano, relámpagos en mi vientre. Grité su nombre cuando exploté, ondas de placer sacudiendo mi cuerpo, jugos chorreando por mis muslos. Él siguió, gruñendo, hasta que se derramó dentro, caliente, espeso, llenándome con su leche.

Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El aire olía a nosotros, a pasión cumplida. Lo abracé, sintiendo su corazón calmándose contra el mío.

—Esto fue mejor que cualquier Pasión de Jesucristo —murmuró, besando mi frente.

Reí suave, sí, carnal, y sin espinas. Afuera, los cantos devotos seguían, pero en nuestro mundo, la redención era carnal, eterna. Nos vestimos despacio, robándonos besos, sabiendo que el Sábado de Gloria traería más. Mi cuerpo zumbaba aún, marcado por su toque, y supe que mi fe ahora tenía un nuevo altar: él.

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