Pasión Eterna Pedro Infante
El calor de la noche veraniega en la Ciudad de México me envolvía como un abrazo pegajoso mientras caminaba hacia el Palacio de Bellas Artes. Esa noche había una gala retro dedicada al cine de oro mexicano, y yo, Ana, no me la podía perder. Siempre he sido fanática de Pedro Infante, ese charro de sonrisa pícara y voz que eriza la piel. Sus películas me han hecho soñar despierta mil veces, imaginando sus manos fuertes sobre mi cintura, su aliento cálido en mi cuello. Neta, cada vez que veo Nosotros los Pobres, siento un cosquilleo entre las piernas que no se va ni con tequila.
Entré al salón iluminado por luces tenues, con mariachis tocando de fondo Cielito Lindo. El aroma a tacos al pastor y mezcal flotaba en el aire, mezclado con perfumes caros y sudor fresco de cuerpos bailando. Me serví un caballito y lo bajé de un trago, sintiendo el fuego bajar por mi garganta. Entonces lo vi. Alto, moreno, con sombrero charro ladeado y una camisa blanca que marcaba sus pectorales. Era él. O mejor dicho, un clon perfecto de Pedro Infante. Mi corazón dio un brinco, y el pulso se me aceleró como si hubiera corrido una maratón.
¿Será un actor? ¿Un doble? Dios mío, qué chulo, con esa mirada que promete travesuras.
Se acercó con paso seguro, oliendo a colonia barata pero irresistible, como la de los rancheros de antaño. "Buenas noches, mamacita", dijo con voz grave, esa que reconocería en cualquier lado. "Soy Pedro. ¿Bailamos?" Extendió la mano, y yo, sin pensarlo dos veces, la tomé. Su piel era cálida, callosa, como la de un hombre que sabe trabajar la tierra y las mujeres. Nos movimos al ritmo de una ranchera, su cadera pegada a la mía, su aliento rozándome la oreja. Sentí su dureza contra mi vientre, y un calor húmedo se extendió entre mis muslos.
"¿Sabes? Siempre he soñado con una pasión eterna como la de Pedro Infante en sus películas", le susurré, mi voz ronca por el deseo. Él sonrió, esa sonrisa torcida que derrite. "Pues esta noche, carnal, la haremos realidad". Sus palabras me erizaron la piel, y el mundo se redujo a nosotros dos en esa pista abarrotada.
La noche avanzaba, y el deseo crecía como una tormenta. Salimos del salón tomados de la mano, el ruido de la ciudad nos envolvió: cláxones, risas, el siseo de un vendedor de elotes. Caminamos hasta su hotel cercano, un lugar elegante con balcones que daban a la Alameda. En el ascensor, no aguanté más. Lo besé con hambre, saboreando sus labios salados, su lengua invadiendo mi boca como una promesa. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi culo con fuerza. "Estás mojada, ¿verdad, pendeja?", murmuró juguetón, y yo gemí un sí contra su boca.
Entramos a la habitación, iluminada solo por la luna que se colaba por las cortinas. El olor a sábanas limpias y su aroma masculino me mareaba. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que descubría. Sus labios en mi cuello, chupando suave, dejando marcas que mañana dolerían rico. "Qué tetas tan perfectas", gruñó, tomándolas en sus manos grandes, pellizcando los pezones hasta que dolió de placer. Yo arqueé la espalda, mis uñas clavándose en sus hombros anchos.
Esto es mejor que cualquier película. Su pasión eterna Pedro Infante hecha carne, aquí, para mí.
Lo empujé a la cama, queriendo devorarlo. Le arranqué la camisa, lamiendo su pecho sudoroso, saboreando la sal de su piel. Bajé más, desabrochando su pantalón con dientes. Su verga saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado. "Chúpamela, mamacita", ordenó con voz ronca, y yo obedecí. La metí en mi boca, saboreando el precum salado, moviendo la lengua alrededor del glande. Él gemía, enredando sus dedos en mi pelo, empujando suave. El sonido de su placer, gutural y animal, me ponía más cachonda. Mi concha chorreaba, pidiendo atención.
Me subí encima de él, frotando mi humedad contra su verga. "Métemela ya, Pedro", supliqué, y él no se hizo rogar. Me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Grité de puro gozo, el estiramiento delicioso, su grosor rozando cada nervio. Cabalgaba como loca, mis caderas girando, sus manos guiándome. El slap slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí.
Me volteó, poniéndome a cuatro patas. Entró por atrás, más profundo, golpeando mi clítoris con cada embestida. "¡Sí, así, chinga más duro!", grité, mi voz quebrada. Él aceleró, una mano en mi cadera, la otra jalándome el pelo. Sentía su saco contra mi culo, el olor a sexo impregnando el aire, espeso y embriagador. Mi orgasmo se acercaba, una ola gigante. "Me vengo, Pedro... ¡me vengo!", aullé, y exploté, contrayéndome alrededor de su verga, jugos corriendo por mis muslos.
Él no paró, prolongando mi placer hasta que me temblaban las piernas. Luego se retiró, volteándome para mirarme a los ojos. "Mírame mientras te lleno", dijo, y se hundió de nuevo. Sus embestidas se volvieron erráticas, su rostro contorsionado. "¡Ana, qué rico tu panocha!", rugió, y se vino dentro, chorros calientes bañando mis paredes. Colapsamos juntos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante.
Nos quedamos así un rato, el silencio roto solo por nuestras respiraciones calmándose. Su verga aún semi-dura dentro de mí, palpitando suave. Besó mi frente, mi nariz, mis labios. "Esa fue nuestra pasión eterna Pedro Infante", murmuró, refiriéndose a ese fuego que nos consumió como en sus rancheras. Yo sonreí, acariciando su espalda húmeda.
Después, en la ducha, el agua caliente lavaba el sudor pero no el recuerdo. Nos enjabonamos mutuamente, riendo como chavos. Sus manos en mis tetas, jabón resbaloso, dedos jugando con mis pezones. Yo le lavé la verga, sintiéndola endurecerse otra vez. "Otra ronda, wey?", bromeé, y él me levantó contra la pared, penetrándome bajo el chorro. Fue más lento, más íntimo, mirándonos a los ojos mientras nos mecíamos. El vapor olía a jabón y deseo renovado. Me vine de nuevo, suave, temblando en sus brazos.
Secos y envueltos en toallas, nos acostamos. Hablamos de todo y nada: de sus películas favoritas, de cómo él también adoraba a Pedro Infante desde chavo, de cómo esta noche era mágica. "Volveremos a vernos", prometió, y yo le creí. Su mano en mi vientre, trazando círculos, me arrulló al sueño.
Al amanecer, el sol filtrándose por las cortinas pintaba su rostro dorado. Me despertó con besos suaves en el ombligo, bajando hasta mi sexo aún sensible. Su lengua experta lamió mi clítoris hinchado, chupando mis labios, metiendo dos dedos curvos que me hicieron arquear. "Despierta con placer, reina", dijo, y yo exploté en su boca, gritando su nombre.
Nos vestimos despacio, robándonos besos. Al salir del hotel, el bullicio de la ciudad nos recibió, pero algo había cambiado en mí. Esa pasión eterna inspirada en Pedro Infante ahora latía en mi pecho, un fuego que no se apaga. Él me dio su número, un abrazo largo, y se fue con paso ranchero.
Camino a casa, tarareaba una de sus canciones, sintiendo su semen aún goteando entre mis piernas. Neta, la noche más chida de mi vida. Y sé que no será la última.