Viernes Santo La Pasión de Cristo en Mi Carne
El sol del mediodía caía a plomo sobre las calles empedradas de mi pueblo en Guerrero, pero el Viernes Santo todo se detenía en un silencio pesado, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración. Yo, Ana, de veintiocho años, con mi piel morena brillando de sudor bajo el huipil negro de luto, caminaba entre la multitud que seguía la procesión de Viernes Santo La Pasión de Cristo. Las imágenes de Jesús cargando la cruz pasaban lentas, acompañadas por el tamborileo grave de los chirimías y el aroma a incienso que se pegaba a la garganta como un secreto pecaminoso.
Mi corazón latía desbocado no por la devoción, sino por él. Lo vi por primera vez esa mañana en la iglesia, cuando lo eligieron para cargar la cruz de madera. Se llamaba Rodrigo, un wey alto, fornido, con ojos negros que parecían prometer tormentas. Su piel curtida por el sol del campo, el pecho ancho asomando bajo la túnica morada raída. Neta, desde que lo vi arrodillarse ante el altar, un calor traicionero me subió por las piernas. ¿Qué chingados me pasa en este día santo? pensé, apretando las manos contra mi falda.
La procesión avanzaba por la plaza, y yo me quedé rezagada, fingiendo ajustar mi rebozo. Él tropezó un poco con la cruz pesada, y cuando levantó la vista, nuestras miradas chocaron. Un escalofrío me recorrió la espina, como si su mirada me desvistiera ahí mismo, entre vírgenes de dolor y penitentes flagelándose. Me mordí el labio, sintiendo el pulso en mi concha, húmeda ya de puro deseo prohibido.
Al final de la calle, cuando la procesión se detuvo frente al calvario improvisado, Rodrigo dejó la cruz con un gruñido ronco que solo yo oí. Se acercó, sudado, oliendo a hombre puro: tierra, sal y algo animal que me mareaba.
—Ana, ¿verdad? Te vi en la iglesia. ¿Me acompañas un rato? Necesito... descanso.
Su voz era grave, como el trueno lejano. Asentí, muda, y lo seguí hacia un callejón angosto detrás de la capilla abandonada. El ruido de la procesión se apagaba, solo quedaban nuestros pasos crujiendo en la grava y mi respiración agitada. El aire olía a jazmín silvestre mezclado con su sudor, y toqué su brazo sin pensarlo. Duro como encino.
—Órale, Rodrigo, esto está cañón. ¿Y si nos ven? —susurré, pero mi cuerpo ya se pegaba al suyo, mis tetas rozando su pecho.
Él sonrió, pillo, y me acorraló contra la pared de adobe fresco. Sus manos grandes subieron por mis caderas, amasando la carne bajo la falda.
—Hoy es Viernes Santo, Ana. Día de pasión. Y la tuya me está volviendo loco desde que te vi rezando con esos labios carnosos.
Acto uno: el roce inicial. Sus dedos trazaron mi clavícula, bajando lento hasta el escote. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, gruesa, caliente a través de la tela. Gemí bajito, el sonido ahogado por el viento que traía ecos de saetas lejanas. Mi piel ardía, pezones duros como piedras pespuntando el huipil. Lo besé primero, hambrienta, saboreando su boca salada, lengua invadiendo como un pecado dulce.
Nos deslizamos al interior de la capilla, polvorienta, con velas apagadas y crucifijos sombras en las paredes. Él me levantó contra una banca vieja, mis piernas abriéndose instintivas alrededor de su cintura. El roce de su barba incipiente en mi cuello me erizó la piel, mientras sus manos subían por mis muslos, rozando la humedad que ya empapaba mis calzones.
Esto es la pasión de Cristo en mi carne, pensé, mientras él me quitaba el huipil de un tirón, exponiendo mis tetas llenas al aire fresco. Sus ojos se oscurecieron, devorándome.
—Eres una diosa morena, mamacita. Déjame adorarte como se merece.
Acto dos: la escalada. Me tendió sobre el altar de madera astillada, suave bajo mi espalda desnuda. El olor a cera vieja y madera húmeda se mezclaba con el almizcle de mi arousal. Rodrigo se arrodilló, como en la procesión, pero ahora entre mis piernas abiertas. Su aliento caliente rozó mi panocha antes de que su lengua la lamiera, lenta, saboreando cada pliegue. Grité ahogada, arqueándome, uñas clavadas en su pelo negro revuelto.
—¡Ay, wey, qué rico! No pares, chingao...
Él chupaba mi clítoris con maestría, dedos gruesos hundiéndose en mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Mi jugo corría por sus labios, salado y dulce, mientras yo me retorcía, tetas rebotando con cada embestida de su boca. El sudor nos unía, piel resbaladiza, pulsos latiendo al unísono. En mi mente, flashes de la procesión: la corona de espinas, pero ahora era placer punzante; el azote, pero en forma de nalgadas suaves que él me daba, haciendo mi culo arder delicioso.
Lo jalé arriba, desesperada por sentirlo dentro. Se quitó la túnica, revelando su cuerpo esculpido: abdomen marcado, verga tiesa, venosa, goteando precum. La tomé en mi mano, masturbándolo lento, sintiendo su grosor palpitar. Él gruñó, ojos en llamas.
—Te voy a chingar como mereces, Ana. Duro, profundo, hasta que grites mi nombre al cielo.
Me penetró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. El estiramiento ardiente me arrancó un alarido placentero, paredes de mi concha apretándolo como guante. Empezó a moverse, lento al principio, cada embestida rozando mi G, enviando ondas de éxtasis por mi espina. El sonido de carne contra carne, chapoteo húmedo, llenaba la capilla, mezclado con nuestros jadeos roncos. Olía a sexo puro: semen, sudor, mi esencia.
Cambié de posición, montándolo como amazona. Mis caderas giraban, bajando sobre su pija, tetas saltando frente a su cara. Él las mamó, mordisqueando pezones, manos apretando mi culo. Soy Eva tentándolo, pero él es mi Cristo redentor en esta pasión. La tensión crecía, cojeando en mi vientre, mis muslos temblando. Él me volteó a cuatro patas, embistiéndome desde atrás, una mano en mi clítoris frotando furioso.
—¡Ven, Ana! Córrete conmigo, carajo...
Acto tres: la liberación. El orgasmo me golpeó como rayo, concha contrayéndose en espasmos, chorros calientes salpicando sus bolas. Él rugió, clavándose profundo, llenándome de leche espesa, caliente, que goteaba por mis piernas. Colapsamos juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas. Su semen dentro de mí, cálido recordatorio de nuestra unión.
Nos quedamos así, en afterglow, piel pegajosa, besos suaves. Afuera, la procesión terminaba con un silencio solemne, pero en nosotros ardía una pasión eterna. Rodrigo me acarició el pelo, voz ronca:
—Esto fue más que Viernes Santo La Pasión de Cristo. Fue nuestra resurrección.
Me vestí lento, sintiendo su mirada en cada curva. Salimos del callejón tomados de la mano, el sol bajando teñido de rojo sangre. En mi interior, paz y fuego mezclado: devoción carnal, pecado bendito. Mañana sería Sábado de Gloria, pero este Viernes Santo ya era inolvidable, marcado en mi carne para siempre.