Cañaveral de Pasiones Capítulo 86 Llamas en la Caña
El sol del mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de Veracruz, tiñendo las hojas verdes de un brillo metálico que raspaba la vista. Alma caminaba entre las altas cañas, sintiendo cómo el aire espeso, cargado de humedad y ese dulzor terroso de la tierra fértil, se pegaba a su piel morena como una caricia pegajosa. Llevaba un vestido ligero de algodón floreado, ceñido a sus curvas generosas, que se mecía con la brisa juguetona. Neta, pensó, esto parece sacado de una novela, pero con más calor en las entrañas.
Sus sandalias se hundían en el suelo blando, y cada paso liberaba un aroma a savia fresca y sudor mezclado. Había quedado con Diego en ese rincón escondido del campo, lejos de los ojos curiosos de la hacienda. Él, con su camiseta ajustada que marcaba los músculos de sus brazos fuertes de cortador de caña, la esperaba recostado contra un tallo grueso. Sus ojos negros la devoraban desde lejos, y Alma sintió un cosquilleo subirle por las piernas, directo al centro de su vientre.
Órale, wey, ¿por qué cada vez que lo veo me pongo como si fuera la primera vez? Esa mirada suya me deshace, como si ya estuviera desnuda delante de él.
—Ven pa'cá, mamacita —murmuró Diego con esa voz ronca que le erizaba la piel, extendiendo una mano callosa hacia ella.
Alma se acercó, el corazón latiéndole como tambor en las costillas. El roce de sus dedos fue eléctrico, áspero por el trabajo diario pero tierno en la promesa. Se fundieron en un abrazo, sus cuerpos chocando con urgencia contenida. Olía a él: jabón rudo, sudor limpio y un toque de tabaco que la volvía loca. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a café dulce y deseo puro.
El cañaveral los envolvía como un velo verde, susurrando con el viento que mecía las hojas en un coro íntimo. Alma jadeó cuando las manos de Diego bajaron por su espalda, apretando sus nalgas firmes bajo la tela fina. Cañaveral de pasiones, capítulo 86, pensó ella riendo por dentro, recordando esa telenovela que veían juntos en las noches de la hacienda, pero esto era real, crudo, suyo.
La tensión crecía como la savia en las cañas. Diego la recostó suavemente sobre un lecho de hojas caídas, el suelo cálido y mullido bajo ella. Sus besos bajaron por su cuello, mordisqueando la piel sensible donde latía su pulso acelerado. Alma arqueó la espalda, gimiendo bajito, el sonido ahogado por el zumbido de las cigarras y el froce de las cañas. Sus pechos se hinchaban bajo el vestido, los pezones duros rozando la tela, suplicando atención.
—Quítamelo todo, carnal —susurró ella, la voz temblorosa de anticipación.
Con dedos hábiles, Diego desató los botones, exponiendo su piel al aire caliente. El sol filtrado pintaba rayas doradas en sus senos llenos, y él los tomó en sus palmas, masajeando con devoción. Alma sintió el calor de su boca cerrarse sobre un pezón, chupando con succiones lentas que enviaban descargas directas a su panocha, ya húmeda y palpitante. ¡Qué chido! Su lengua es puro fuego, me moja hasta los huesos.
Las manos de ella no se quedaban atrás. Bajó la cremallera de sus pantalones, liberando su verga dura, gruesa, venosa, que saltó ansiosa contra su muslo. La envolvió con la mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave, el calor que emanaba como lava. Diego gruñó contra su pecho, el sonido vibrando en su carne.
Se tumbaron del todo, cuerpos entrelazados en el suelo fragante. Alma lo montó a horcajadas, frotando su humedad contra su longitud, lubricándolos a ambos con sus jugos calientes. El olor a sexo empezaba a mezclarse con el dulzor del cañaveral, embriagador, primitivo. Diego la miró a los ojos, pidiendo permiso con esa ternura bruta que la derretía.
—Sí, pendejo, métemela ya —rió ella, guiándolo hacia su entrada resbaladiza.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola con placer dulce. Alma gritó suave, el relleno perfecto, su chocha apretándolo como guante caliente. Comenzaron a moverse, un ritmo pausado al principio, caderas ondulando al son del viento en las cañas. Cada embestida era un choque de pieles sudorosas, palmadas húmedas que resonaban en el aire espeso. Ella clavaba las uñas en su pecho, oliendo su sudor salado, probando el sal en su lengua cuando lo lamió.
La intensidad subía como tormenta veraniega. Diego la volteó, poniéndola de rodillas, el suelo raspando sus palmas pero el placer lo borraba todo. Desde atrás, la penetraba profundo, una mano en su clítoris frotando círculos rápidos, la otra en su cadera guiando el vaivén. Alma empujaba hacia él, gimiendo alto ya, sin importarle si alguien oía. Esto es el paraíso, neta, su verga me parte en dos y lo amo. El aroma de sus fluidos, almizclado y dulce, llenaba el espacio, mezclado con tierra húmeda.
Sus pensamientos eran un torbellino: recuerdos de noches robadas en la hacienda, promesas susurradas bajo las estrellas, el miedo juguetón a ser descubiertos que avivaba el fuego. Diego aceleró, su respiración entrecortada en su oído, mordiendo su hombro con cariño posesivo. Ella sentía el orgasmo crecer, una ola desde el estómago, tensando cada músculo.
—Me vengo, guapo, ¡no pares! —jadeó.
Exploto en espasmos, su panocha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Diego la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro, chorros calientes que la llenaban hasta rebosar. Colapsaron juntos, sudorosos, temblando, el mundo reducido a sus pulsos sincronizados y el susurro del cañaveral.
En el afterglow, yacían abrazados, el sol bajando tiñendo todo de oro rojizo. Alma trazaba círculos en su pecho, sintiendo su corazón calmarse. El aire se enfriaba, trayendo olor a lluvia lejana. Diego la besó la frente, suave ahora.
—Eres mi pasión, Alma. Esto no es novela, es neta vida.
Cañaveral de pasiones, capítulo 86, pero con final feliz nuestro. ¿Cuántos más vendrán, wey? Todos, espero.
Se levantaron despacio, vistiéndose entre risas y besos perezosos. El cañaveral guardaba su secreto, testigo mudo de su unión ardiente. Caminaron de vuelta, manos entrelazadas, el cuerpo aún zumbando de placer residual, listos para la noche en la hacienda donde soñarían con el próximo encuentro.