Quien Mato a Montserrat en Pasión y Poder
Alejandra entró al salón de fiestas en Lomas de Chapultepec con el corazón latiéndole fuerte bajo su vestido rojo ceñido que marcaba cada curva de su cuerpo. El aire estaba cargado de risas, copas tintineando y esa música ranchera moderna que ponía a todos a mover las caderas. Olía a tequila añejo y perfumes caros, un olor que le erizaba la piel. En la pantalla gigante, Pasión y Poder estaba en su capítulo estelar, y la gente murmuraba: "¿Quién mató a Montserrat en Pasión y Poder?" La intriga de la telenovela había invadido hasta las fiestas de la alta sociedad.
Ella se acercó a la barra, pidiendo un margarita con sal. Sus ojos negros escanearon la habitación hasta toparse con él: Diego, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba chíngame. Vestía camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar pecho firme. Se acercó como si el destino lo hubiera mandado.
—Órale, güey, ¿tú también vienes por el misterio de Montserrat? —le dijo ella, juguetona, lamiendo la sal del vaso con lengua lenta.
Él rio, su voz grave vibrando en el pecho de Alejandra. —Sí, nena. Pero yo creo que fue el amante, lleno de pasión y poder. ¿Tú qué piensas?
La miró de arriba abajo, deteniéndose en sus senos que subían y bajaban con cada respiración. Ella sintió un calor subirle por el vientre, como si sus palabras fueran caricias. Bailaron pegados, sus cuerpos rozándose al ritmo de la cumbia. La mano de él en su cintura, bajando apenas a la curva de su nalga. Olía a colonia masculina, a sudor fresco, y ella inhaló profundo, mareada de deseo.
Chin, este pendejo me va a volver loca, pensó Alejandra mientras su erección presionaba contra su muslo. El roce era eléctrico, enviando chispas por su piel.
—Vámonos de aquí —susurró él al oído, mordisqueando el lóbulo—. Quiero resolver misterios contigo.
Salieron al fresco de la noche, subieron a su camioneta negra. El camino a su penthouse en Polanco fue un torbellino de besos robados en semáforos. Sus labios sabían a tequila y menta, lenguas enredándose con hambre. Ella metió la mano por su pantalón, sintiendo la verga dura, palpitante, ¡qué chingón!
En el elevador, ya no aguantaron. Diego la acorraló contra la pared, manos subiendo por sus muslos, rasgando el tanga con un tirón. Ella jadeó, el sonido metálico del ascensor amplificando su excitación. Sus dedos encontraron su concha húmeda, resbalosa, y ella gimió bajito, "Ay, cabrón, no pares".
La puerta se abrió y entraron tambaleando al depa. Luces tenues, vista a la ciudad brillando. Él la cargó hasta la cama king size, alfombras suaves bajo sus pies descalzos. La desvistió despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus tetas firmes saltaron libres, pezones duros como piedras. Diego los chupó con avidez, lengua girando, succionando hasta que ella arqueó la espalda, gimiendo.
—¿Quién mató a Montserrat? —murmuró ella entre jadeos, recordando la novela que aún sonaba en su mente.
—Yo te voy a matar de placer, como en Pasión y Poder —respondió él, bajando por su vientre, besos húmedos dejando rastros calientes.
Alejandra temblaba, el aire fresco del AC contrastando con el fuego en su piel. Él separó sus piernas, inhalando su aroma almizclado de mujer en celo. Su lengua lamió la concha despacio, saboreando el néctar salado-dulce. Ella agarró sus cabellos, empujándolo más adentro. ¡Qué rico, pinche lengua chingona! Los labios de Diego chupaban su clítoris hinchado, dedos entrando y saliendo, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Sus gemidos llenaban la habitación, altos, guturales, mezclados con el zumbido lejano del tráfico.
Pero ella quería más. Lo volteó, montándose a horcajadas. Le quitó la ropa con urgencia, admirando la verga erecta, venosa, goteando precum. La tomó en la mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. Se la llevó a la boca, succionando la cabeza, lengua rodeándola. Él gruñó, caderas subiendo. "Sí, mámale, nena, qué buena mamada".
El sabor salado la volvía loca, lo tragó más profundo hasta la garganta, saliva chorreando. Diego la levantó, posiciones cambiando en un baile frenético. La puso a cuatro patas, nalgazo suave que resonó, dejando marca roja. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ella gritó de placer, "¡Métemela toda, cabrón!" La llenaba por completo, roces profundos tocando su alma.
Empezaron el vaivén, lento al inicio, piel contra piel chapoteando. Sudor perlando sus cuerpos, olor a sexo impregnando el aire. Él aceleró, bolas golpeando su clítoris, manos amasando sus tetas. Alejandra empujaba hacia atrás, queriendo más, siempre más. Esto es pasión y poder, puro poder en su verga chingona, pensó, mientras oleadas de placer subían por su espina.
—Dime, ¿quién mató a Montserrat en Pasión y Poder? —jadeó ella, el misterio avivando el fuego.
—El que la folló como yo te estoy follando a ti —gruñó él, clavándola más fuerte.
La tensión crecía, espiral interminable. Ella sentía el orgasmo acechando, músculos contrayéndose alrededor de su verga. Él la volteó boca arriba, piernas sobre hombros, penetrando profundo. Ojos en ojos, almas conectadas. Besos fieros, dientes mordiendo labios. El clímax la golpeó como tsunami: cuerpo convulsionando, concha apretando, chorros de placer escapando. Gritó su nombre, uñas clavándose en su espalda.
Diego no tardó, embistiendo salvaje, semen caliente inundándola en chorros potentes. Colapsaron juntos, respiros entrecortados, corazones galopando al unísono. Sudor enfriándose en la piel, sabores mezclados en besos perezosos.
En el afterglow, acurrucados bajo sábanas de seda, ella trazó círculos en su pecho. —Sabes, en la novela, el culpable era el de más pasión y poder.
Él sonrió, besando su frente. —Entonces yo soy el asesino perfecto para ti.
Alejandra rio suave, el cuerpo lánguido, satisfecho. La ciudad afuera seguía su ritmo, pero en esa cama, habían resuelto su propio misterio: el placer que mata y revive. Mañana verían el próximo capítulo, pero esta noche, Pasión y Poder era solo suya.