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Abismo de Pasion Cap 17 Caida al Infierno del Placer

6570 palabras

Abismo de Pasion Cap 17 Caida al Infierno del Placer

Ana se recargaba en la barandilla del balcón del hotel en Playa del Carmen, el viento salado del Caribe le revolvía el cabello negro como la noche. El sol se ponía tiñendo el cielo de rojos y naranjas intensos, y el rumor de las olas chocando contra la arena blanca le erizaba la piel. Hacía meses que no veía a Marco, su amor imposible, ese hombre que la hacía temblar con solo una mirada. Habían estado separados por sus trabajos en la Ciudad de México, pero esta noche todo cambiaría. Abismo de pasion cap 17, pensó ella, como si su vida fuera una telenovela ardiente donde cada capítulo la hundía más en el deseo.

El aroma a coco y mar la envolvía, mezclado con el perfume floral de su loción. Llevaba un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas, los pezones endurecidos rozando la tela fina por la brisa fresca. Su corazón latía fuerte, anticipando su llegada. ¿Y si él ya no sentía lo mismo? ¿Y si el tiempo había enfriado esa llama que los consumía? Sacudió la cabeza, recordando sus besos salvajes, el sabor salado de su piel, el calor de su cuerpo presionado contra el suyo.

La puerta de la suite se abrió con un clic suave. Marco entró, alto y moreno, con esa sonrisa pícara que la desarmaba. Vestía una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, revelando el vello oscuro que Ana adoraba recorrer con las yemas de los dedos. Órale, qué chingón se ve, murmuró para sí, mientras él se acercaba con pasos lentos, como un depredador.

Nena, te extrañé tanto que duele —dijo él con voz ronca, su acento chilango cargado de promesas.

Ana se giró, sus ojos marrones encontrándose con los verdes de él. El aire se cargó de electricidad. Él la tomó por la cintura, atrayéndola contra su pecho firme. El olor a su colonia, madera y tabaco, la mareó. Sus labios se rozaron primero, un beso tentative que pronto se volvió hambriento. Lenguas danzando, dientes mordisqueando, manos explorando. Ella sintió su erección dura contra su vientre, y un gemido escapó de su garganta.

—Marco... no pares —susurró ella, arqueando la espalda.

La llevó adentro, cerrando la puerta con el pie. La habitación era un paraíso de lujo: cama king size con sábanas de seda, velas aromáticas parpadeando, música suave de mariachi romántico de fondo. La tensión inicial se disipaba en caricias. Él deslizó los tirantes del vestido, exponiendo sus hombros bronceados. Besó su cuello, lamiendo la sal de su piel, mientras sus manos amasaban sus senos plenos. Ana jadeaba, el pulso acelerado en sus sienes, el calor subiendo por su entrepierna.

En el medio del clímax emocional, se detuvieron. Sentados en la cama, él le confesó:

Estas semanas sin ti fueron un pinche infierno. Pensaba en ti todo el día, en cómo me pones como pendejo con solo una foto tuya.

Ana rio bajito, su mano bajando por su abdomen marcado hasta el bulto en sus pantalones.

Neta, yo igual. Me tocaba pensando en tu verga dura, en cómo me llenas.
—confesó ella, roja de excitación.

Aquí empezó la escalada. Marco la tumbó suavemente, quitándole el vestido con reverencia. Ella quedó en tanga negra de encaje, sus pechos libres, oscuros pezones erectos. Él se desnudó rápido, su miembro grueso saltando libre, venoso y palpitante. Ana lo miró con hambre, oliendo su aroma masculino, almizclado.

Él besó su camino desde los labios a los senos, chupando un pezón con succión experta, mientras pellizcaba el otro. Ana gimió alto, el sonido reverberando en la habitación. Sus uñas arañaron su espalda, dejando surcos rojos. Bajó más, lamiendo su ombligo, hasta llegar a la tanga empapada. El olor a su excitación, dulce y salado, lo enloqueció.

Estás chorreando, mi reina —gruñó, quitándosela con los dientes.

Su lengua encontró su clítoris hinchado, lamiendo en círculos lentos. Ana se arqueó, las caderas moviéndose solas, el placer como ondas eléctricos subiendo por su espina. ¡Qué rico, cabrón! No pares, pensó, mordiéndose el labio. Él introdujo dos dedos, curvándolos contra su punto G, mientras succionaba. Ella gritó, el primer orgasmo rompiéndola en espasmos, jugos cubriendo su barbilla.

Pero no era suficiente. Ana lo empujó hacia arriba, montándolo como amazona. Su verga la penetró de un solo empujón, llenándola por completo. El estiramiento delicioso la hizo jadear. Cabalgó lento al principio, sintiendo cada vena rozando sus paredes internas, el sudor perlando sus cuerpos. El slap-slap de piel contra piel, mezclado con gemidos y el lejano romper de olas.

Marco la sujetó por las nalgas, amasando la carne suave, un dedo rozando su ano tentadoramente. —

Más rápido, nena, rómpeme
—exigió.

Ella aceleró, pechos rebotando, cabello volando. El interior de Ana ardía, el abismo de pasión abriéndose bajo ellos. Él se incorporó, chupando sus tetas mientras embestía desde abajo, profundo y brutal. El olor a sexo impregnaba el aire, sudor salado en sus lenguas cuando se besaron.

La tensión psicológica explotó: recuerdos de separaciones pasadas, miedos de perderse en este fuego. Pero en ese momento, solo existían. Ana sintió el segundo clímax construyéndose, un nudo apretado en su bajo vientre. Marco gruñó, hinchándose dentro de ella.

Voy a venirme, Ana... contigo
—jadeó.

Se voltearon, él encima ahora, piernas de ella en sus hombros. Embistió como pistón, el colchón crujiendo, sus bolas golpeando su culo. El clímax los alcanzó juntos: Ana convulsionando, gritando su nombre, paredes internas ordeñando su verga. Él se vació en chorros calientes, llenándola hasta rebosar, un rugido gutural escapando de su garganta.

Colapsaron, jadeantes, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El afterglow fue tierno: besos suaves, caricias perezosas. Marco la abrazó por detrás, su miembro semi-duro aún dentro, mientras miraban las estrellas por la ventana.

Esto es nuestro abismo, pero qué chido caer en él contigo —murmuró él, besando su hombro.

Ana sonrió, el corazón pleno. El deseo inicial se había transformado en conexión profunda, un capítulo más en su saga ardiente. Abismo de pasion cap 17, el mejor hasta ahora. El mar susurraba promesas de más noches así, y ella se durmió en sus brazos, satisfecha y en paz.

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