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El Color de la Pasión Canción

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El Color de la Pasión Canción

La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal marina mezclada con el humo de las fogatas y el dulce aroma de las flores tropicales que se mecían con la brisa. Tú estabas ahí, sentada en una palapa improvisada, con una chela fría en la mano, sintiendo la arena tibia aún bajo tus pies descalzos después del atardecer. La música retumbaba desde los altavoces, un ritmo norteño con toques de cumbia que hacía vibrar el aire. De repente, sonó el color de la pasión canción, esa rola que todos conocen, con su letra ardiente sobre amores que queman como el sol de mediodía. Las palabras te envolvieron: "El color de la pasión pinta mi piel, en tus brazos me pierdo, no hay vuelta atrás". Tu pulso se aceleró sin razón, como si la letra hablara directo de lo que sentías esa noche, sola pero lista para lo que viniera.

Lo viste entrar al círculo de luz de la fogata. Alto, moreno, con una camisa de lino blanca abierta hasta el pecho, mostrando un tatuaje que serpenteaba como una ola sobre su piel bronceada. Sus ojos, negros como el café de olla, te encontraron al instante. Órale, qué chulo, pensaste, mientras él se acercaba con una sonrisa pícara, dos coronas en la mano. “¿Me permites, güerita?”, dijo con esa voz grave que parecía acariciar el aire. Te tendió la cerveza, y cuando tus dedos rozaron los suyos, una chispa eléctrica subió por tu brazo. El calor de su piel contra la tuya era como el primer sorbo de tequila: ardiente, prometedor.

Se llamaba Marco, un pescador de la zona que en las noches se soltaba en estas fiestas playeras. Charlaron de todo y nada: del mar que azotaba furioso esa mañana, de cómo la luna llena hacía que las tortugas subieran a desovar, de lo neta rica que estaba la cochinita asada que repartían gratis. Pero entre risas, sus miradas se enredaban, y sentías su pierna rozando la tuya bajo la mesa de madera improvisada. El sudor perlaba su cuello, y el olor de su loción, mezclado con sal y hombre, te mareaba. “Esa canción que suena... el color de la pasión canción, ¿la has bailado?”, preguntó él, inclinándose más cerca. Su aliento olía a menta y cerveza. Negaste con la cabeza, mordiéndote el labio. “Pues ven, te enseño”, murmuró, y te jaló suave pero firme hacia la pista de arena.

¿Qué chingados estoy haciendo? Este wey me va a volver loca con solo mirarme así. Su cuerpo pegado al mío, sintiendo cada músculo... ya siento el calor bajito, entre las piernas.

Acto uno de la noche: el baile. Sus manos en tu cintura, fuertes, guiándote al ritmo. La canción seguía sonando, y tú te mecías contra él, sintiendo la dureza de su pecho contra tus senos. El roce de su cadera contra la tuya era deliberado, lento, como una promesa. Sudabas, y no solo por el calor; tu piel ardía donde él tocaba. “Eres fuego, mija”, te susurró al oído, su barba raspando tu cuello. Un escalofrío te recorrió la espina, bajando directo a tu centro. La arena se pegaba a tus piernas, y el sonido de las olas rompiendo a lo lejos se mezclaba con los gemidos ahogados de la multitud bailando. Terminó la rola, pero él no te soltó. “¿Caminamos?”, propuso, y tú asentiste, el corazón latiéndote como tambor.

La playa estaba casi desierta ahora, solo la luna iluminando el camino. Caminaban descalzos, las olas lamiendo sus pies. El aire fresco contrastaba con el fuego que sentías dentro. Hablaron más profundo: de amores pasados que no funcionaron, de cómo la vida en la costa te enseña a soltar. “Yo no busco nada serio, pero esta noche... contigo, siento que el color de la pasión se despierta”, dijo él, deteniéndose para mirarte. Sus ojos brillaban. Te besó entonces, suave al principio, labios salados probando los tuyos. Su lengua entró tímida, explorando, y tú respondiste con hambre, enredando tus dedos en su pelo revuelto. Sabía a mar y deseo. Sus manos bajaron a tus nalgas, apretando con fuerza juguetona. “Pendejo, me vas a hacer perder la cabeza”, le dijiste riendo contra su boca. Él rio bajo: “Eso quiero, corazón”.

El beso se volvió feroz. Lo empujaste contra una palmera, sintiendo la corteza rugosa en su espalda mientras tú presionabas tu cuerpo al suyo. Su erección dura contra tu vientre, pulsante. “Te quiero ya”, gruñiste, y él te cargó como si no pesaras, caminando hacia su cabaña cercana, una de esas rentadas para turistas con vista al mar. El camino fue un torbellino de besos y toques: sus dedos colándose bajo tu blusa, pellizcando tus pezones endurecidos; tú mordiendo su cuello, oliendo su sudor fresco.

Adentro, la luz tenue de una lámpara de aceite pintaba todo de dorado. Olía a sándalo y sexo anticipado. Te quitó la ropa con urgencia pero cuidadosa, besando cada centímetro de piel que descubría. “Eres preciosa, chula”, murmuró al ver tus senos libres, lamiendo un pezón mientras masajeaba el otro. Gemiste alto, el sonido rebotando en las paredes de madera. Tus manos bajaron a su pantalón, desabrochándolo, liberando su verga gruesa, venosa, latiendo en tu palma. La piel suave sobre la dureza te volvió loca; la acariciaste de arriba abajo, sintiendo el precum resbaloso en tu dedo. Él jadeó: “¡Ay, wey, qué rica mano!

Su sabor en mi boca, salado y almendrado. Quiero que me llene, que me haga suya con esa canción de pasión de fondo en mi cabeza.

Lo empujaste a la cama king size con sábanas blancas revueltas. Te subiste encima, frotándote contra él, tu humedad mojando su abdomen. “Despacio, amor, déjame saborearte”, pidió, volteándote para enterrar su cara entre tus muslos. Su lengua experta lamió tu clítoris hinchado, chupando suave, luego fuerte, mientras dos dedos entraban en ti, curvándose justo ahí, en ese punto que te hacía arquear la espalda. Olías tu propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su saliva. Gritaste su nombre, las caderas moviéndose solas, el placer subiendo como marea. “¡Marco, no pares, pinche delicia!”

El clímax te golpeó primero, olas de éxtasis sacudiéndote, piernas temblando. Él subió, posicionándose, mirándote a los ojos. “¿Estás lista, reina?” Asentiste, guiándolo dentro. Lento, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Lleno, perfecto. Empezaron a moverse, tú arriba al principio, cabalgándolo con furia, senos rebotando, uñas en su pecho. Él gruñía, manos en tus caderas marcando el ritmo. El sonido de piel contra piel, chapoteante por tu jugo, llenaba la habitación. Sudor goteando, mezclándose. Cambiaron: él encima, profundo, embistiendo con fuerza controlada, besándote mientras. “Sientes el color de la pasión, ¿verdad? Como esa canción que nos unió”, jadeó. Sí, lo sentías: rojo fuego, naranja sol, pasión pura.

El segundo orgasmo llegó juntos. Tú apretándote alrededor de él, él hinchándose dentro, corriéndose con un rugido gutural, caliente llenándote. Colapsaron, entrelazados, pulsos latiendo al unísono. El mar susurraba afuera, la brisa enfriando el sudor de sus cuerpos. Él te acarició el pelo, besando tu frente. “Gracias por esta noche, mi vida. Fue como pintar el cielo con colores que no conocía”.

Te quedaste ahí un rato, sintiendo su calor, el peso de su brazo sobre tu cintura. No hubo promesas, solo esa conexión perfecta, el eco de el color de la pasión canción en tu mente. Al amanecer, te vestiste con una sonrisa, sabiendo que habías vivido el rojo intenso de la pasión mexicana, esa que quema pero deja recuerdos eternos. Él te despidió en la puerta con un beso lento: “Vuelve cuando quieras, güerita”. Y tú supiste que lo harías.

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