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Contigo Hace Falta Pasión Eros Ramazzotti

6948 palabras

Contigo Hace Falta Pasión Eros Ramazzotti

En el corazón de Polanco, donde las luces de los restaurantes brillan como estrellas caídas, te encuentras sentada en la terraza de aquel lugar exclusivo. El aire huele a jazmín mezclado con el humo sutil de los cigarros cubanos que fuman los ejecutivos cercanos. Tú, con tu vestido negro ceñido que abraza tus curvas como un amante posesivo, sientes el roce fresco de la brisa en tus hombros desnudos. Has venido aquí por él. Ramazzotti. Ese italiano radicado en México, con ojos oscuros que prometen pecados y una sonrisa que desarma defensas. Lo conociste hace meses en una fiesta de la Condesa, pero desde entonces, todo ha sido tibio, como un café recalentado. Contigo hace falta pasión eros Ramazzotti, piensas mientras revuelves tu martini, el hielo tintineando como un aviso de tormenta.

Él llega puntual, con su camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello negro en su pecho. Huele a colonia cara, madera y algo salvaje, como el mar Mediterráneo que dejó atrás. Te besa la mejilla, su barba incipiente raspando tu piel suave, enviando un escalofrío que te recorre la espina dorsal. “Qué chula estás, mi reina”, murmura con ese acento que mezcla Roma con el DF. Conversan de tonterías: el tráfico infernal de Reforma, el último chisme de los famosos, pero tus ojos se clavan en sus labios carnosos, imaginando cómo saben a vino tinto y deseo reprimido. Bajo la mesa, tu pie roza el suyo accidentalmente –o no tanto– y sientes el calor de su piel a través del zapato. Él no se aparta. Al contrario, su mirada se enciende, como si leyera tus pensamientos más sucios.

La cena avanza con platillos que despiertan tus sentidos: el taco de langosta con su salsa picante que quema la lengua y hace que lamas tus labios despacio, provocándolo. Ramazzotti te cuenta de su negocio de diseño, muebles que curvan como cuerpos en éxtasis, y tú asientes, pero tu mente divaga. ¿Por qué carajos no me agarra ya y me besa como si el mundo se acabara? Piensas, sintiendo un pulso traicionero entre tus muslos. Él nota tu inquietud, porque su mano roza la tuya sobre el mantel de lino, sus dedos fuertes entrelazándose con los tuyos. El toque es eléctrico, como un rayo que despierta nervios dormidos. “Vamos a mi depa, ¿va?”, propone con voz ronca, y tú solo cabeceas, el corazón latiéndote en la garganta.

En su penthouse en Lomas, el ascensor privado sube lento, torturándote. El espejo refleja vuestras siluetas: tú con el pelo suelto cayendo en ondas salvajes, él alto y musculoso, presionado contra ti en el espacio reducido. No aguantas más. Te giras y lo besas, tus labios chocando con los suyos en un hambre contenida. Sabe a tequila reposado y a menta, su lengua invade tu boca con urgencia, explorando cada rincón como si fueras un territorio virgen. Sus manos bajan por tu espalda, apretando tus nalgas con fuerza posesiva. “Te necesito, pinche diosa”, gruñe contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible hasta que gimes bajito. El ding del ascensor los separa un segundo, pero ya están perdidos.

Adentro, el lugar es puro lujo: pieles suaves en el sofá, velas aromáticas a vainilla y ámbar que llenan el aire de promesas calientes. Ramazzotti te empuja contra la pared de vidrio que da a la ciudad iluminada, sus caderas presionando las tuyas. Sientes su erección dura contra tu vientre, un recordatorio palpitante de lo que viene. “Contigo hace falta pasión, eros puro, Ramazzotti”, le susurras al oído, y él ríe oscuro, como un lobo hambriento. “Te voy a dar tanta que no vas a caminar mañana, carnala”. Te arranca el vestido con impaciencia, dejando tus senos al aire, pezones endurecidos por el fresco y la excitación. Los toma en sus palmas callosas, masajeándolos mientras chupa uno, la succión enviando ondas de placer directo a tu centro húmedo.

¡Qué chingón se siente esto! Su boca es fuego, su lengua un torbellino que me hace arquear la espalda. Quiero más, todo de él, ya.

Te lleva al sofá, tirándote sobre las pieles mullidas que acarician tu piel desnuda como plumas. Se quita la camisa, revelando un torso esculpido, abdominales que brillan bajo la luz tenue con un leve sudor. Baja besando tu ombligo, lamiendo el ombligo hasta llegar a tus bragas de encaje, ya empapadas. El olor de tu arousal lo enloquece; lo huele profundo, gimiendo. “Hueles a sexo puro, mi amor”. Las arranca de un tirón, y su boca aterriza en tu clítoris hinchado. La lengua experta gira, chupa, lame con ritmos que te vuelven loca. Tus manos enredan en su pelo negro, empujándolo más adentro mientras tus caderas se mecen solas. Gimes alto, el sonido rebotando en las paredes: “¡Sí, Ramazzotti, así, no pares, pendejo delicioso!”. El orgasmo te golpea como una ola en Acapulco, contrayendo cada músculo, jugos saliendo en chorros que él lame ávido.

Pero no para. Te voltea boca abajo, azotando suave tus nalgas redondas, el escozor dulce avivando el fuego. “Quiero follarte como mereces”, dice, desabrochando su pantalón. Su verga sale libre, gruesa y venosa, goteando precum que brilla. Te posiciona de rodillas, frotándola contra tu entrada resbaladiza. Entras despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso te hace jadear. “¡Estás tan apretada, Virgen de Guadalupe!”, maldice él, empujando hasta el fondo. El ritmo empieza lento, sus embestidas profundas rozando ese punto que te hace ver estrellas. Sientes cada vena, cada pulso, el choque de sus bolas contra tu clítoris. El sudor gotea de su pecho al tuyo, mezclándose con tu propio brillo. Aceleran, piel contra piel en palmadas húmedas, gemidos roncos llenando el aire cargado de sexo.

Cambian posiciones como en una coreografía salvaje: tú encima, cabalgándolo con furia, senos rebotando mientras clavas uñas en su pecho. Él te agarra las caderas, guiándote más rápido. “Dame todo, mi reina, hazme tuyo”. El olor a sexo impregna todo: almizcle, sudor salado, vainilla quemada. Saboreas su piel cuando lo besas, salada y adictiva. Otro clímax te arrasa, paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. Ramazzotti ruge, embistiendo una última vez antes de explotar dentro, chorros calientes llenándote hasta rebosar, goteando por tus muslos.

Colapsan juntos, jadeantes, cuerpos enredados en las pieles. Su mano acaricia tu pelo húmedo, besos suaves en tu frente. El pulso se calma, el aire se enfría, pero el calor entre vosotros persiste. “Ya no hace falta nada más, ¿verdad?”, murmura él, y tú sonríes contra su pecho, oliendo su esencia masculina. Afuera, la ciudad duerme, pero en este nido de pasión, el mundo es perfecto. Te quedas así, sintiendo su respiración sincronizarse con la tuya, sabiendo que esto –este eros crudo y real– es lo que faltaba. Ramazzotti te abraza fuerte, y en ese momento, todo encaja.

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