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Eres Mi Pasión Prohibida

7000 palabras

Eres Mi Pasión Prohibida

En el bullicio de la noche en Polanco, con las luces neón parpadeando como promesas rotas, te vi entrar al bar. Órale, pensé, ahí está Daniela, la ex de mi carnal Luis. Neta, cada vez que te cruzo, sientes como si el mundo se detuviera. Tus ojos cafés brillando bajo el resplandor de los tragaluces, ese vestido negro ceñido que abraza tus curvas como una caricia pecaminosa. El aroma a jazmín de tu perfume flotaba en el aire cargado de humo y tequila, y mi pulso se aceleró al instante. Éramos de mundos que no debían chocar: tú, la ejecutiva chida de una empresa fancy, yo, el fotógrafo freelance que anda de aventura en aventura. Pero Luis siempre decía "ni te le acerques, wey, esa morra es puro problema". Y ahí estaba yo, sintiendo que tú eras mi pasión prohibida.

Me acerqué a la barra, pidiendo un ron con coca, fingiendo casualidad. Nuestros brazos se rozaron, y un chispazo eléctrico subió por mi piel.

¿Por qué carajos me pones así, Daniela? Eres como un imán que jala mi alma.
Te giraste, sonriendo con esa boca carnosa que invita a pecados. —Hola, Ale, ¿qué onda? ¿No que andabas en la playa? Tu voz ronca, con ese acento chilango que me enciende, me envolvió como humo dulce. Hablamos de pendejadas: del tráfico infernal, de la nueva rola de Peso Pluma que todos tararean. Pero debajo de las risas, la tensión crecía. Tus dedos jugaban con el borde de tu vaso, y yo no podía dejar de mirar cómo tu pecho subía y bajaba con cada respiro. Olía a tu piel caliente, a deseo contenido.

La noche avanzaba, la música ranchera fusionada con reggaetón retumbaba en los altavoces. Tus amigas se fueron a la pista, dejándonos solos en esa esquina íntima. —Neta, Ale, siempre me has intrigado. Luis decía que eras un cabrón, pero yo veo otra cosa en tus ojos. Tus palabras me golpearon como un trago fuerte. Me acerqué más, mi aliento rozando tu oreja. —Y tú, Dani, eres la que me quita el sueño. Prohibida, pero chida de cohete. Nuestras rodillas se tocaron bajo la mesa, un roce inocente que prendió fuego. Sentí el calor de tu muslo contra el mío, suave como seda bajo el vestido. El corazón me latía a mil, y supe que no había vuelta atrás.

Salimos del bar, el aire fresco de la noche mexicana nos golpeó, cargado del olor a tacos al pastor de la taquería de la esquina. Caminamos sin rumbo por las calles empedradas, riendo como pendejos, pero el silencio entre nosotros gritaba deseo. Llegamos a mi depa en la colonia Roma, un loft chiquito pero con vista al skyline. —Pasa, nomás un rato, te dije, y entraste sin dudar, tus caderas balanceándose como una invitación. Cerré la puerta, y el mundo se redujo a nosotros. Te arrinconé contra la pared, mis manos en tu cintura, sintiendo la curva perfecta de tus caderas. Tu aliento jadeante olía a tequila y menta, delicioso.

Esto es una locura, Ale. Luis se va a encabronar, pero neta, lo quiero tanto.

Mis labios capturaron los tuyos en un beso hambriento, suave al principio, como probar un mango maduro. Tu lengua danzó con la mía, dulce y ardiente, mientras tus uñas se clavaban en mi espalda a través de la camisa. Gemiste bajito, un sonido que vibró en mi pecho como un tambor. Te cargué hasta el sillón, tus piernas envolviéndome la cintura. El vestido se subió, revelando tus muslos firmes, piel morena que brillaba bajo la luz tenue. Olía a tu excitación, ese aroma almizclado que me volvía loco. —Quítamelo todo, Dani. Quiero verte, murmuré contra tu cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba tu clavícula.

Te desvestí despacio, saboreando cada centímetro. Tus tetas perfectas, pezones duros como caramelos, pidiendo mi boca. Los chupé con hambre, sintiendo cómo te arqueabas, tus gemidos llenando la habitación como música prohibida. —Ay, wey, qué rico... no pares. Mis manos bajaron, explorando tu vientre plano, hasta llegar a tu concha húmeda. Estabas empapada, caliente como lava. Metí un dedo, luego dos, moviéndolos lento mientras te besaba. Tu sabor en mis labios, salado y dulce, me hacía gemir.

Eres mi pasión prohibida, Dani, y esta noche te voy a hacer mía por completo.

La tensión subía como la marea en Acapulco. Te puse de rodillas, mi verga dura palpitando frente a tu cara. La miraste con ojos lujuriosos, lamiéndote los labios. —Dame, Ale, quiero saborearte. Tu boca caliente la envolvió, succionando con maestría, lengua girando alrededor de la cabeza. Sentí el calor húmedo, el roce de tus dientes suaves, y tuve que agarrarme de tu pelo para no explotar. —Qué chingona eres, morra. Te cogí la cabeza, follando tu boca despacio, oyendo tus arcadas sexys y gemidos ahogados.

No aguanté más. Te tiré en la cama, abriendo tus piernas como un tesoro. Tu concha rosada, hinchada de ganas, brillaba de jugos. Me posicioné, frotando mi verga contra tu clítoris, torturándote. —Métemela ya, pendejo, no me hagas sufrir, suplicaste, tus uñas en mis brazos. Empujé despacio, sintiendo cómo me apretabas, centímetro a centímetro. Estabas tan estrecha, tan mojada, que gemí fuerte. —¡Carajo, Dani, eres perfecta! Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada roce, el slap de piel contra piel, el olor a sexo impregnando el aire.

La intensidad creció. Te volteé a cuatro patas, agarrando tus nalgas redondas, azotándolas suave. —Más fuerte, Ale, cógeme como hombre. Obedecí, metiendo profundo, mis huevos golpeando tu clítoris. Tus gritos resonaban: ¡Sí, sí, así! ¡Qué rico tu verga! Sudábamos, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Sentía tu concha contrayéndose, ordeñándome. Cambiamos posiciones, tú encima, cabalgándome como amazona. Tus tetas rebotando, pelo revuelto, ojos fijos en los míos.

Esto es lo que necesitaba, mi pasión prohibida hecha carne.
Aceleraste, moliendo, y yo pellizcaba tus pezones, lamiendo el sudor de tu cuello.

El clímax se acercaba como tormenta. —Me vengo, Ale, no pares. Tu cuerpo tembló, concha apretándome como vicio, jugos chorreando por mis bolas. Grité tu nombre, explotando dentro de ti, chorros calientes llenándote. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones tronando al unísono. El aroma a semen y sudor flotaba, embriagador. Te abracé, besando tu frente húmeda.

Después, en la quietud, con las sábanas revueltas y la ciudad zumbando afuera, hablamos bajito. —Esto no puede ser solo una noche, Dani. Eres mi pasión prohibida, pero neta, quiero más. Sonreíste, trazando círculos en mi pecho. —Yo también, wey. Al diablo Luis y las reglas. Somos adultos, y esto se siente chingón. Nos dormimos entrelazados, el futuro incierto pero cargado de promesas calientes. Mañana sería otro pedo, pero esta noche, tú eras mía, y yo tuyo, en secreto delicioso.

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