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Las Pasiones Ordinarias Antropología de las Emociones Desnudas

7295 palabras

Las Pasiones Ordinarias Antropología de las Emociones Desnudas

En el bullicio de la colonia Roma, donde el aroma a tacos al pastor se mezcla con el humo de los coches y el perfume dulzón de las jacarandas en flor, me senté en esa cafetería chiquita que tanto me gustaba. Yo, Ana, antropóloga de emociones, andaba con mi libreta llena de garabatos sobre las pasiones ordinarias antropología de las emociones. Neta, era mi tesis, un pinche rollo sobre cómo la gente común siente el deseo en el día a día, sin dramas de telenovela. Pero ese día, el calor de mayo me tenía sudando bajo la blusa de algodón pegajosa, y mis pezones se marcaban como si pidieran a gritos atención.

Ahí entró él, Marco, mi carnal de la uni, el wey que siempre me hacía reír con sus chistes pendejos. Alto, moreno, con esa barba recortada que me daban ganas de rascar con los dientes. Llevaba una playera ajustada que dejaba ver los músculos de sus brazos, forjados en el gym de la esquina.

Órale, Ana, ¿por qué carajos te pones a estudiar pasiones cuando las tienes enfrente?
pensé, mientras él se acercaba con esa sonrisa de lado que me derretía las tripas.

—¿Qué onda, doctora de los sentimientos? —me dijo, sentándose frente a mí sin pedir permiso, como siempre. Su rodilla rozó la mía bajo la mesa, un toque casual que me mandó chispas por la espalda.

—Paso, wey. Ando en mis las pasiones ordinarias, analizando cómo la gente se calienta con tonterías del cotidiano —le contesté, fingiendo indiferencia, pero mi voz salió ronca, traicionera.

Charlamos de todo y nada: del tráfico infernal, de la nueva taquería que abrió en Insurgentes, de cómo el calor nos ponía de malas. Pero entre líneas, el aire se cargaba de algo más. Sus ojos bajaban a mi escote cada rato, y yo cruzaba las piernas para aplastar el pulso que me latía entre los muslos. El olor de su colonia, mezclado con sudor fresco, me llegaba como una promesa sucia.

Al rato, no aguanté más.

Esto es antropología pura, ¿no? Observar, participar, sentir las emociones crudas
, me dije. Le propuse ir a mi depa, que estaba a dos cuadras. Él aceptó con un guiño, y salimos caminando pegaditos, hombros rozando, el sol quemándonos la piel.

En el elevador del edificio viejo, ya no hubo disimulo. Su mano se coló por mi cintura, dedos fuertes apretando mi cadera. Yo volteé, y nos besamos como hambrientos. Su boca sabía a café negro y menta, lengua juguetona explorando la mía. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes metálicas. Las pasiones ordinarias, pensé, esto es lo que escribo, pero vivido.

Entramos al depa tropezando, la puerta se cerró con un bang que ahogó el ruido de la calle. Mi cuarto era un desmadre de libros apilados, el ventilador zumbando perezoso, el olor a incienso de lavanda que quemo para concentrarme. Lo empujé contra la cama deshecha, las sábanas oliendo a mi piel de la noche anterior.

—Muéstrame esas pasiones tuyas, antropóloga —me susurró, voz grave como trueno lejano, mientras me quitaba la blusa con dedos temblorosos de ganas.

Me quedé en bra de encaje negro, pechos subiendo y bajando rápido. Él se incorporó, besó mi cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba mi clavícula.

Qué chingón sentir esto, el calor de su aliento en mi piel, el roce áspero de su barba
. Bajó a mis tetas, chupando un pezón endurecido, mordisqueando suave hasta que arqueé la espalda, un jadeo escapando de mi garganta.

Le arranqué la playera, manos ávidas palpando su pecho firme, vello rizado que pinche delicioso. Bajé los dedos por su abdomen, sintiendo los músculos contraerse bajo mi tacto. Su verga ya estaba dura, presionando contra el pantalón. La toqué por encima de la tela, sintiendo el calor pulsante, el grosor que me hacía mojarme más.

—Ponte de rodillas, carnal —le pedí, voz mandona, empoderada. Él obedeció, ojos brillando de lujuria. Le bajé el zipper lento, torturándolo, hasta sacar su pinga tiesa, venosa, goteando precúm que lamí como miel. Sabía salado, varonil, embriagador. La chupé despacio al principio, lengua girando en la cabeza, luego más hondo, garganta relajada tragándomela hasta las bolas. Él gruñía, manos enredadas en mi pelo, caderas moviéndose leve, pero yo controlaba el ritmo. Antropología de las emociones: el poder en el placer mutuo, la entrega voluntaria.

No tardó en voltearme, quitándome el short y las tangas empapadas. Mi coño depilado brillaba de jugos, clítoris hinchado pidiendo roce. Me abrió las piernas, inhalando profundo mi aroma almizclado de excitación.

Así de ordinario y brutal, el deseo que todos sentimos pero pocos nombran
.

Su lengua atacó primero, lamiendo mis labios mayores, succionando el clítoris con maestría. Gemí fuerte, uñas clavándose en las sábanas. Introdujo dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas, bombeando rítmico mientras su boca no paraba. El sonido era obsceno: chup chup húmedo, mis jugos resbalando por su barbilla. Me vine rápido, un orgasmo que me sacudió entera, piernas temblando, grito ahogado en la almohada.

Pero no paramos. Me puso a cuatro patas, nalgas en pompa, y entró de un solo empujón. ¡Ay, cabrón! Llenándome completa, su verga gruesa estirándome delicioso. Empezó lento, saliendo casi todo para volver a hundirse, bolas golpeando mi clítoris. El slap slap de piel contra piel, su sudor goteando en mi espalda, el olor a sexo crudo invadiendo la habitación. Agarró mis caderas, acelerando, yo empujando hacia atrás, pidiéndole más.

—¡Dame duro, pendejo! —le grité, y él obedeció, follando como animal, una mano bajando a frotar mi clítoris. Sentía cada vena de su polla rozando mis paredes, el placer acumulándose como tormenta.

Esto son las pasiones ordinarias, antropología viva: el sudor, el jadeo, la conexión animal disfrazada de amor
.

Cambié de posición, montándolo a mí ritmo. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones, yo rebotando, coño apretándolo como puño. Lo miré a los ojos, vi el fuego ahí, el te quiero follar siempre no dicho. Me vine otra vez, contrayéndome alrededor de él, leche caliente salpicando mi vientre cuando se corrió, rugiendo mi nombre.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El ventilador nos refrescaba lento, el corazón latiendo desbocado aún. Él me besó la frente, suave ahora, y yo tracé círculos en su pecho con el dedo.

—Neta, Ana, tus pasiones ordinarias me acaban de volar la cabeza —dijo riendo bajito.

Sonreí, satisfecha, el cuerpo zumbando en afterglow.

Antropología de las emociones: no hay nada más real que esto, el clímax compartido, la ternura post-sexo, las pasiones que nos hacen humanos en lo cotidiano
. Afuera, la ciudad seguía su ritmo caótico, pero adentro, habíamos destilado lo esencial: deseo puro, consensual, empoderador.

Nos quedamos así hasta que el sol bajó, prometiendo más exploraciones. Porque las pasiones no terminan; se renuevan en lo ordinario.

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