Como Vestir Sexi Para Una Noche de Pasion
Me paré frente al espejo de mi clóset en el depa de Polanco, con el corazón latiéndome a mil por hora. ¿Cómo vestir sexi para una noche de pasión? Esa pregunta me rondaba la cabeza desde que Marco me mandó el mensaje: "Te recojo a las ocho, ponte guapísima". Neta, el wey me ponía como moto con solo un texto. Tenía 28 años, soltera pero con este rollo ardiente con él que ya duraba meses. Elegí un vestido negro ajustado, de esos que marcan la curva de las caderas y dejan los hombros al aire. La tela era suave como caricia, seda china que se pegaba a mi piel morena como si fuera una segunda piel. Me lo pasé por la cabeza, sintiendo cómo rozaba mis pezones endurecidos por la anticipación.
Me miré de lado, girando un poco. Perfecto. El escote en V bajaba justo lo suficiente para insinuar el valle entre mis chichis, sin mostrar de más. Debajo, un tanga de encaje rojo que apenas cubría mi concha ya húmeda. Calcetas de red hasta medio muslo, con ligueros que se tensaban al caminar. Zapatos de tacón alto, negros brillantes, que me hacían las piernas eternas. Me rocié perfume en el cuello y las muñecas: vainilla y jazmín, un olor dulce que prometía pecados. Maquillaje smokey eyes para que mis ojos cafés parecieran pozos de deseo, labios rojos como chile piquín. Pelo suelto, ondulado, cayendo por la espalda.
Esta noche te voy a volver loco, Marco, pensé, mientras me pasaba las manos por las nalgas, sintiendo el vestido subir un poquito.
El timbre sonó puntual. Abrí la puerta y ahí estaba él, con camisa blanca arremangada mostrando esos antebrazos fuertes de gym, pantalón de vestir que marcaba su paquete. "¡Órale, Valeria! Estás pa'l desmadre", dijo con esa sonrisa pícara, ojos devorándome de arriba abajo. Lo jalé adentro un segundo, cerré la puerta y le planté un beso rápido, mordiéndole el labio inferior. Su aroma a colonia masculina y loción aftershave me invadió, mezclado con el mío. "Vamos, que no aguanto más", murmuró, tomándome de la cintura. Bajamos al valet, subimos a su coche, un BMW negro que rugía suave al arrancar.
En el camino a la cena en un restaurante de la Roma, la tensión crecía. Su mano en mi muslo desnudo, subiendo despacito por la piel, rozando el liguerito. Yo sentía el calor de sus dedos, el pulso acelerado en mi vena femoral. "Neta, ¿cómo vestir sexi para una noche de pasión como esta? Tú lo sabes perfecto", le dije juguetona, apretando su mano contra mí. Él rio bajito. "Eres una diosa, mami. Me tienes bien puesto". La ciudad pasaba borrosa: luces de neón, cláxones lejanos, el olor a tacos de la calle filtrándose por la ventanilla. Mi concha palpitaba, mojada contra el encaje.
En el restaurante, luz tenue, velas parpadeando, jazz suave de fondo. Pedimos tacos de arrachera y margaritas heladas. El limón fresco en mi lengua, el tequila quemando la garganta, el cilantro crujiente. Nuestras rodillas se tocaban bajo la mesa. Hablábamos de todo y nada: su pinche jefe pendejo, mi última clase de yoga donde sudé como puerca. Pero los ojos decían otra cosa. Te quiero dentro de mí ya. Su pie rozaba mi pantorrilla, subiendo. Yo le guiñé, lamiéndome los labios con sal del margarita. "Estás juguetona esta noche", susurró, voz ronca.
La cuenta llegó y salimos casi corriendo. En el coche, ya no aguantamos. Estacionó en un callejón discreto, luces de faros pasando. Me jaló a su regazo, el vestido subiéndose solo. Nuestras bocas chocaron, lenguas enredadas, sabor a tequila y menta. Sus manos amasaron mis chichis por encima del vestido, pellizcando pezones duros como piedras. Gemí contra su boca, sintiendo su verga tiesa contra mi culo. "Quítame esto", le rogué, bajándome el escote. Él chupó un pezón, succionando fuerte, dientes rozando. El placer era eléctrico, bajando directo a mi clítoris hinchado.
Pero no queríamos apuros. Llegamos a su hotel en la Reforma, suite con vista a los reflectores del Ángel. La puerta se cerró con clic suave. Me empujó contra la pared, besos en el cuello, mordidas suaves que erizaban mi piel. Olía a sábanas frescas, a su sudor limpio. "Déjame verte toda", dijo, jalando el zipper del vestido. Se deslizó al piso como agua, dejándome en tanga, ligueros y tacones. Él se quitó la camisa, mostrando pecho velludo, abdomen marcado. Lo besé ahí, lamiendo el sudor salado, bajando a su cinturón.
Qué chingón se ve desnudo, pensé mientras le bajaba el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en mano, piel caliente y sedosa, masturbándolo lento. Él gruñó, dedos en mi pelo. Me arrodillé, tacones clavándose en la alfombra mullida. Lamí la cabeza, sabor salado y almizclado, metiéndomela hasta la garganta. Él jadeaba, caderas empujando suave. "¡Qué rica boca, Valeria!"
Me levantó, cargándome a la cama king size. Sábanas de algodón egipcio frías contra mi espalda ardiente. Me abrió las piernas, ligueros tensos. Besó mis muslos internos, aliento caliente en mi tanga empapada. "Estás chorreando, nena". Arrancó el encaje, exponiendo mi concha rosada, labios hinchados. Su lengua entró, lamiendo de clítoris a ano, chupando mis jugos dulces. Gemí alto, uñas en su cabeza, caderas arqueadas. El sonido de succión húmeda, mis alaridos, el aire acondicionado zumbando. Orgasmo me azotó primero, temblores, chorro caliente en su boca.
Él subió, verga en mi entrada. "Dime que sí", pidió, ojos en llamas. "¡Sí, métemela toda, cabrón!", grité. Entró despacio, estirándome, llenándome hasta el fondo. Dolor placer mezclado, paredes vaginales apretándolo. Empezó a bombear, lento luego rápido, piel contra piel chapoteando. Yo clavaba talones en su espalda, chichis rebotando. Sudor nos unía, olor a sexo crudo, almizcle y vainilla. "¡Más fuerte!", exigí. Él obedeció, martillando, bolas golpeando mi culo. Besos desordenados, mordidas en hombros.
Cambié de posición: yo encima, cabalgándolo como yegua. Sus manos en mis caderas, guiándome. Rebotaba, verga tocando mi punto G, clítoris rozando su pubis. El espejo del techo nos mostraba: yo tetas saltando, él embistiéndome desde abajo. "¡Te voy a venir adentro!", rugió. "¡Sí, lléname!", respondí. Explosión: su semen caliente inundándome, mi segundo orgasmo apretándolo, leche chorreando. Colapsamos, jadeos entrecortados, cuerpos pegajosos.
Después, en la regadera de lluvia, agua caliente lavando fluidos. Jabón de lavanda espumoso en sus manos masajeando mis chichis, mi culo. Besos tiernos bajo el chorro. "Eres lo máximo, Valeria. Esa forma de vestir sexi para una noche de pasión... inolvidable". Reí, abrazándolo. Secos, en bata, pedimos room service: chilaquiles con huevo y café de olla humeante. Comimos en cama, piernas enredadas, hablando de sueños. Esto es más que sexo, pensé, su cabeza en mi pecho.
Al amanecer, luz filtrándose por cortinas, lo vi dormir. Mi cuerpo dolía rico, marcado por sus besos. Me vestí con su camisa oversized, oliendo a él. "Vuelve pronto", murmuró al despertar. Lo besé, saliendo con sonrisa. La noche perfecta. Caminé a la calle, tacones resonando, sabiendo que repetiríamos. Porque saber cómo vestir sexi para una noche de pasión es solo el principio.