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Pasión de Gavilanes Capítulo 37 Fuego en la Carne

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Pasión de Gavilanes Capítulo 37 Fuego en la Carne

La noche caía sobre la Ciudad de México como un manto caliente y pegajoso, el aire cargado con el aroma de tacos al pastor de la taquería de la esquina y el humo lejano de los escapes. Yo, Jimena, estaba recostada en el sillón de la sala, con las piernas cruzadas y el control remoto en la mano. Mi novio, Óscar, acababa de llegar del trabajo, oliendo a colonia barata mezclada con el sudor del día. "Wey, ¿qué ves?", me dijo mientras se quitaba la camisa, dejando ver esos músculos marcados por horas en el gimnasio.

"Pasión de Gavilanes, capítulo 37, carnal. Está cañón esta parte", respondí, sin quitar los ojos de la pantalla. En la tele, los hermanos Reyes discutían con pasión, pero era esa tensión entre Juan y Rosalba la que me tenía al borde. Sus miradas, sus roces accidentales... ay, mamá, me ponía caliente nomás de verlos. Óscar se acercó, se sentó a mi lado y me jaló hacia él. Su mano grande y callosa rozó mi muslo desnudo bajo la falda corta. Sentí un escalofrío, como si su piel quemara la mía.

El sonido de la novela llenaba la habitación: voces graves, música dramática que subía y bajaba como un latido acelerado. "Míralos, pinche pasión de gavilanes capítulo 37, ¿no? Esos Reyes son unos machos", murmuró Óscar en mi oído, su aliento cálido con sabor a cerveza que se había echado en el camino. Yo giré la cabeza, mis labios rozaron los suyos por accidente. O no tanto. Nuestras bocas se encontraron en un beso lento, explorador. Su lengua sabía a sal y a deseo reprimido todo el día.

¿Por qué esta novela siempre me prende tanto? Es como si reviviera esa hambre en mí, esa que solo Óscar sabe saciar.

Acto uno apenas comenzaba en mi propia historia. Sus manos subieron por mis piernas, abriéndolas con gentileza, mientras yo dejaba caer el control. La pantalla seguía parpadeando, pero ya no importaba. El calor entre mis piernas crecía, húmedo y pulsante, como el monzón que se anuncia en el aire. "Estás mojada, mi reina", susurró él, metiendo los dedos bajo mis panties. Gemí bajito, el sonido ahogado por su boca que devoraba la mía. Olía a su excitación, ese musk masculino que me volvía loca.

Nos levantamos del sillón como si fuéramos los protagonistas de esa pasión de gavilanes capítulo 37. Lo empujé contra la pared, mis uñas arañando su pecho desnudo. "Te quiero ahora, pendejo", le dije riendo, con esa voz ronca que sale cuando el cuerpo manda. Él me levantó en brazos, fuerte como un toro, y me llevó al cuarto. El colchón crujió bajo nuestro peso, las sábanas frescas contrastando con nuestra piel ardiente.

En el medio del acto, la tensión subía como la marea en Acapulco. Óscar me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de mi piel expuesta. Sus labios en mis pechos, chupando los pezones duros como piedras, me hicieron arquear la espalda. ¡Ay, cabrón! El placer era un rayo que bajaba desde mi cuello hasta mi centro. Yo le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante en mi mano. La apreté, sintiendo cómo saltaba, caliente y lista. "Métemela, amor", le rogué, mi voz un susurro jadeante.

Pero no era solo físico. En mi mente, flashbacks: cómo nos conocimos en una fiesta en Polanco, él con esa sonrisa pícara, yo sintiéndome la mujer más deseada. Ahora, aquí, con el eco de la novela de fondo —porque la tele seguía prendida—, todo se mezclaba. Su olor a hombre, sudado y puro; el sabor salado de su piel cuando lamí su abdomen; el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas, como vientos chocando. Me abrió las piernas, su lengua encontró mi clítoris hinchado. Lamidas lentas, círculos perfectos. Gemí fuerte, mis manos enredadas en su pelo negro y revuelto. Esto es mejor que cualquier telenovela, wey.

Él se incorporó, ojos fijos en los míos. "¿Estás lista, corazón?" Asentí, guiándolo dentro de mí. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento delicioso, el roce de su grosor contra mis paredes sensibles. Empezamos a movernos, ritmo lento al principio, como un tango mexicano. Sus caderas chocando contra las mías, piel contra piel, sudor perlando nuestros cuerpos. El cuarto olía a sexo: almizcle, fluidos, pasión cruda.

Siento su pulso dentro de mí, latiendo con el mío. Somos uno, en esta danza prohibida que no para.

La intensidad creció. Yo clavé las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico. "Más fuerte, Óscar, ¡dame todo!", grité. Él aceleró, embestidas profundas, el colchón golpeando la pared con thuds rítmicos. Mis pechos rebotaban, su boca los capturaba entre jadeos. El clímax se acercaba, esa ola gigante formándose en mi vientre. Sus bolas apretadas contra mí, su verga hinchándose más. "Me vengo, mi vida", gruñó él, voz rota.

Yo exploté primero. El orgasmo me sacudió como terremoto en la CDMX, ondas de placer puro recorriendo cada nervio. Grité su nombre, el cuerpo convulsionando, jugos calientes empapándonos. Él se dejó ir segundos después, chorros calientes llenándome, su peso colapsando sobre mí en un abrazo tembloroso. Nos quedamos así, pegados, corazones galopando al unísono. El aire espeso con nuestro aroma compartido, el sabor de besos post-sexo en los labios.

En el final, el afterglow nos envolvió como niebla suave. Óscar rodó a un lado, jalándome contra su pecho. Su mano acariciaba mi pelo húmedo, perezosa. La tele aún murmuraba algo de pasión de gavilanes capítulo 37, pero era ruido de fondo. "Eres mi pasión, Jimena. Más que cualquier novela", murmuró él, besando mi frente. Yo sonreí, sintiendo esa plenitud profunda, el alma saciada.

Nos quedamos así hasta que el sueño nos venció, envueltos en sábanas revueltas y promesas mudas. Mañana sería otro día, pero esta noche, en nuestra propia pasión de gavilanes, habíamos volado alto. El deseo no se apaga; solo espera el próximo capítulo.

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