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Cañaveral de Pasiones Capitulo 80 Fuego Bajo las Estrellas

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Cañaveral de Pasiones Capitulo 80 Fuego Bajo las Estrellas

El sol se había escondido tras las colinas de Veracruz, dejando el aire cargado con el dulce aroma de la caña recién cortada. Ana caminaba entre los altos tallos del cañaveral, sus botas hundiéndose ligeramente en la tierra húmeda. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel por el calor residual del día, y cada paso hacía que el roce de la tela contra sus muslos le recordara lo viva que se sentía. Hacía semanas que no veía a Javier, el capataz de la hacienda, desde que él se había ido a la ciudad por asuntos del negocio familiar. Pero esta noche, él le había mandado un mensaje: "Ven al cañaveral al anochecer. Te extraño, mi reina."

El corazón de Ana latía con fuerza, como el bombo de una cumbia que se oía a lo lejos desde el pueblo. Recordaba sus encuentros anteriores, esos momentos robados donde sus cuerpos se fundían como la melaza que hervía en las trapiches.

"¿Y si alguien nos ve? ¿Y si el patrón se entera?",
se preguntaba en su mente, pero el deseo la empujaba adelante. No era pendeja, sabía que Javier era hombre de palabra, y lo que tenían era puro fuego consensual, de dos adultos que se comían con los ojos desde el primer día.

De repente, un susurro entre las cañas: "Aquí estás, preciosa." Javier emergió de la penumbra, su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, revelando la piel bronceada y el vello oscuro que Ana adoraba recorrer con las yemas de los dedos. Olía a tierra, sudor fresco y un toque de colonia barata que lo hacía irresistible. Se acercó lento, como si saboreara cada segundo, y la tomó de la cintura. Sus manos grandes, callosas por el trabajo en el campo, se posaron firmes pero tiernas sobre sus caderas.

Acto primero: la chispa. Ana levantó la vista, sus ojos cafés clavados en los verdes de él. "Javier, güey, me tienes loca de ganas." Él sonrió, esa sonrisa pícara que prometía todo. La besó suave al principio, labios carnosos probando los suyos, sabor a tequila y menta. El beso se profundizó, lenguas danzando como en un son jarocho, y Ana sintió el calor subirle por el vientre. Sus pechos se apretaron contra el torso duro de él, los pezones endureciéndose bajo la tela fina. El viento nocturno mecía las cañas, creando un muro vivo alrededor de ellos, susurrando secretos.

Se separaron un momento, jadeantes. Javier le acarició el cuello, bajando hasta el escote. "Tu piel huele a jazmín y a mujer en celo, Ana. No aguanto más." Ella rio bajito, un sonido ronco y sensual.

"Esto es mejor que cualquier telenovela, como ese Cañaveral de Pasiones, capitulo 80, donde la protagonista se entrega en el campo."
Javier arqueó una ceja, divertido. "¿Ves esas noveluchas? Pues hagamos nuestro propio capítulo, pero con final feliz."

La tensión crecía como la savia en las cañas. Javier la guió más adentro del cañaveral, donde la luna plateaba los tallos altos. Se sentaron en un claro natural, sobre una manta que él había tendido. Ana se recargó en su pecho, oyendo el latido acelerado de su corazón, sintiendo la dureza de su erección presionando contra su nalga. Qué rico, pensó ella, mordiéndose el labio. Sus manos exploraron: él deslizó los dedos por su espalda, desatando el vestido que cayó como una cascada blanca. Quedó en bra y tanga, la piel erizada por el aire fresco y la anticipación.

Acto segundo: la hoguera. Javier la volteó boca arriba, besando su clavícula, bajando a los senos. Liberó uno de los pechos, chupando el pezón con hambre, lengua girando despacio. Ana gimió, arqueando la espalda, el sonido ahogado por el crujir de las cañas. "¡Ay, papi, sí, así!" Sus uñas se clavaron en sus hombros anchos. Él bajó más, lamiendo el ombligo, el vientre plano, hasta llegar a la tanga empapada. El olor a su excitación lo invadió, almizclado y dulce como la caña madura.

Ana abrió las piernas, invitándolo. Javier quitó la prenda con dientes, exponiendo su panocha hinchada, labios rosados brillando de jugos. "Estás chorreando por mí, mi amor." Metió un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía temblar. Ella jadeaba, caderas moviéndose al ritmo, el sonido húmedo de sus penetraciones mezclándose con los grillos.

"No pares, Javier, me vas a hacer venir ya."
Él aceleró, pulgar en el clítoris, mientras besaba sus muslos internos, saboreando la sal de su piel.

Pero Ana quería más, quería control. Lo empujó suave, quitándole la camisa y los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, la cabeza morada goteando precúm. "Qué pinga tan rica, güey. Es mía esta noche." Lo montó a horcajadas, frotándose contra él, lubricándose. Javier gruñó, manos en sus nalgas, amasándolas. Ella se hundió despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la llenaba, estirándola deliciosamente. Dolor y placer puro, pensó, mientras empezaba a cabalgar, pechos rebotando.

El ritmo aumentó, sudor perlando sus cuerpos, mezclándose en el choque de piel contra piel. Plap, plap, plap. Los gemidos de Ana eran altos ahora, sin vergüenza: "¡Más fuerte, cabrón, fóllame duro!" Javier embestía desde abajo, un brazo alrededor de su cintura, el otro pellizcando un pezón. El olor a sexo impregnaba el aire, terroso y animal. Sus mentes bullían: ella imaginaba las cañas testigos de su pasión, él perdido en el calor apretado de su concha.

La tensión psicológica se rompía en oleadas. Ana recordó sus dudas iniciales —el miedo a que fuera solo un rato—, pero ahora lo sentía real, profundo.

"Te quiero, Javier, no solo tu cuerpo."
Él la volteó sin salir, poniéndola a cuatro patas entre las cañas. Entró de nuevo, profundo, una mano en su clítoris, la otra jalando su cabello suave. "Eres mi reina del cañaveral, Ana. Córrete conmigo." El orgasmo la golpeó como un rayo, paredes contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer escapando. Javier rugió, llenándola con chorros calientes, colapsando sobre ella.

Acto tercero: las brasas. Yacían entrelazados, respiraciones calmándose, el sudor enfriándose en la brisa. Javier la besó en la frente, acariciando su espalda. "Qué chingón fue eso, mi vida. Como en Cañaveral de Pasiones, capitulo 80, pero real y nuestro." Ana sonrió, acurrucada en su pecho, oyendo el latido que ahora era uno solo. El aroma de sus jugos y semen flotaba, mezclado con la caña, un perfume íntimo.

Se vistieron lento, besos perezosos intercalados. Caminaron de la mano hacia la luz de la hacienda, las cañas despidiéndolos con su susurro. Ana sentía una paz profunda, el deseo saciado pero con promesa de más.

"Esto no termina aquí. Mañana, otro capítulo."
Javier la apretó contra sí. Sí, mi cañaveral de pasiones personales.

La noche veracruzana los envolvió, testigo de su unión, mientras las estrellas parpadeaban aprobadoras.

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