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La Pasión Sensual de los Actores Principales de Cristo

6677 palabras

La Pasión Sensual de los Actores Principales de Cristo

Yo era Daniela, una morra de veintiocho años en la CDMX, con un cuerpo curvilíneo que volvía locos a los directores de teatro. Siempre soñé con ser estrella, pero lo que de verdad me prendía era el drama intenso, esa pasión que te deja temblando. Esa mañana, antes de la audición, me clavé en mi cel, buscando la pasion de cristo actores principales. Las fotos de Jim Caviezel como Jesús, con esos ojos penetrantes y el cuerpo marcado por el sufrimiento, me pusieron la piel chinita. Maia Morgenstern como la Virgen, Monica Bellucci como Magdalena... qué chingoneras. Me imaginé en una versión moderna, sensual, donde la pasión no era solo dolor, sino puro fuego carnal.

Llegué al teatro en Polanco, un lugar chido con luces tenues y cortinas de terciopelo rojo que olían a historia y a sudor viejo. El director, un tipo flaco llamado Raúl, me miró de arriba abajo mientras leía mi monólogo. "Órale, Daniela, tienes el fuego", dijo, y me mandó a escena con el actor principal, Javier. Ahí estaba él, alto, moreno, con barba incipiente y ojos verdes que te desnudaban sin tocarte. Parecía el doble de Caviezel, neta. Vestía una túnica blanca ajustada que marcaba sus pectorales duros, y cuando se paró frente a mí, sentí un calor entre las piernas que me hizo apretar los muslos.

El ensayo era para una obra alternativa: La Pasión Redimida, donde Jesús y Magdalena se entregan en un acto de amor prohibido antes de la cruz. Javier me tomó la mano, su palma áspera contra mi piel suave, y murmuró las líneas: "Tu cuerpo es mi salvación, mujer". Su aliento cálido olía a menta y café, y cuando me jaló hacia él, nuestros cuerpos chocaron. Sentí su verga semi-dura contra mi vientre, y mi concha se humedeció al instante.

¿Qué pedo, Dani? Esto es solo ensayo, pero ya quiero que me chingue aquí mismo
, pensé, mientras mi corazón latía como tambor en desfile de muerte.

El día pasó en un torbellino de escenas cargadas. Cada roce era eléctrico: sus dedos en mi nuca, simulando el óleo sagrado, me erizaban el vello. Olía a su sudor masculino, terroso, mezclado con el aroma de mi perfume de jazmín. Raúl gritaba "¡Más pasión, cabrones!", y Javier me apretaba más, su pecho subiendo y bajando contra mis tetas. Al final del día, todos se fueron, pero nosotros nos quedamos "practican-do". La sala estaba oscura, solo iluminada por focos rojos que pintaban nuestras sombras en la pared como amantes bíblicos.

"¿Te late Javier?" preguntó él, quitándose la túnica despacio. Su cuerpo era una escultura: abdominales marcados, verga gruesa asomando bajo el bóxer. "Neta, pareces uno de los actores principales de La Pasión de Cristo, pero en versión XXX", le solté, riendo nerviosa. Se acercó, su mano en mi mejilla, y me besó. Sus labios eran firmes, su lengua invadiendo mi boca con sabor a deseo puro. Gemí bajito, sintiendo el roce de su barba en mi piel sensible.

Me quitó el vestido negro ceñido, sus manos expertas desabrochando el sostén. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. "Qué ricas, Dani, como las de Bellucci", murmuró, chupándolas con hambre. Su boca caliente, lengua girando, me hacía arquear la espalda. Olía mi piel, lamiendo el sudor de mi cuello.

Esto es mejor que cualquier fantasía con esos actores
, pensé, mientras mis uñas se clavaban en su espalda musculosa.

Lo empujé al piso, el escenario de madera fría bajo nosotros. Me arrodillé, como Magdalena ante su señor, y saqué su verga: venosa, palpitante, goteando precum. La lamí desde la base, saboreando su salmuera varonil, hasta metérmela entera en la boca. Javier gruñó, "¡Chíngame la verga, morra!", sus caderas empujando. El sonido de succión húmeda llenaba el teatro, mezclado con nuestros jadeos. Mi concha ardía, jugos chorreando por mis muslos.

No aguanté más. Me subí encima, frotando mi panocha mojada contra su pija. "Entra ya, pendejo", le supliqué, y él obedeció, empalándome de un solo golpe. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. Cabalgaba lento al principio, sintiendo su grosor rozar mi punto G, mis tetas rebotando. El slap-slap de piel contra piel, su olor a sexo crudo, el sabor de su beso salado... todo era abrumador. Aceleré, mis gemidos convirtiéndose en gritos: "¡Sí, así, Javier, fóllame como a tu puta santa!"

Él me volteó, poniéndome a cuatro patas. Sus manos en mis caderas, nalgueándome suave, enviando ondas de placer. Entró de nuevo, más profundo, su saco golpeando mi clítoris.

Esto es la pasión verdadera, no la de la película
, rugía en mi mente mientras el orgasmo se acercaba. Sudábamos como en el desierto de Judea, el aire cargado de nuestro aroma almizclado. Javier aceleró, gruñendo "Me vengo, Dani...", y yo exploté primero: mi concha contrayéndose, chorros de placer empapándolo todo.

Él se corrió dentro, caliente, llenándome hasta rebosar. Colapsamos, jadeando, su peso sobre mí reconfortante. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "¿Vienes a mi depa? Tengo tequila y más inspiración de esos actores", susurró. Reí, sintiendo su semen escurrir por mis piernas.

En su departamento en la Roma, con vistas a la ciudad nocturna, seguimos. Ducha juntos primero: agua caliente lavando el sudor, sus manos jabonosas en mi culo, dedos explorando mi ano juguetón. "No seas pendejo, métemela por atrás si quieres", le dije, empinándome. Lubricado con jabón, entró lento, el estirón ardiente pero delicioso. Gemí alto, el espejo empañado reflejando nuestros cuerpos unidos. Su verga en mi culo, mano en mi clítoris, me llevó a otro clímax tembloroso.

Nos acostamos en sábanas frescas, oliendo a lavanda mexicana. Hablamos de la obra, de cómo la pasion de cristo actores principales nos inspiró a crear algo nuestro, erótico y liberador. Sus dedos trazaban mi espina, mi cabeza en su pecho escuchando su corazón calmarse.

Esto no es solo un polvo, es conexión, pasión real
.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, me folló de lado, lento y profundo. Sus ojos en los míos, susurros de "Te quiero, mi Magdalena". El orgasmo final fue suave, olas de placer eterno. Nos quedamos así, entrelazados, planeando ensayos futuros que serían puro fuego.

Desde ese día, la obra fue un éxito, pero lo nuestro fue más: una pasión que trascendía el escenario, carnal y eterna como la de esos actores que nos unieron.

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