Duelo de Pasiones Capítulo 2 Choque de Cuerpos Ardientes
El sol de Puerto Vallarta caía a plomo sobre la playa, tiñendo la arena de un dorado que parecía fuego líquido. Sofía caminaba descalza, sintiendo los granos calientes masajeando sus pies, mientras el rumor de las olas chocaba contra la orilla como un latido acelerado. Hacía una semana de aquel primer duelo de pasiones, cuando Marco y ella se habían encontrado por casualidad en esa misma playa. Él, con su sonrisa pícara y ese cuerpo moreno esculpido por horas en el gimnasio, la había dejado temblando de deseo no resuelto. Ahora, capítulo dos se escribía solo en su mente, y el aire salado le erizaba la piel con promesas de más.
Lo vio de lejos, recostado en una tumbona bajo una palmera, con una cerveza fría en la mano. Sus ojos, oscuros como el café de olla de su abuela, la atraparon al instante.
¿Qué chingados hago aquí otra vez? Este wey me trae loca, pero no voy a rendirme tan fácil, pensó Sofía, mientras su corazón galopaba como caballo desbocado. Se acercó con paso firme, meneando las caderas envueltas en un bikini rojo que gritaba provocación. El viento traía su perfume mezclado con el olor a coco de la crema solar, y Marco levantó la vista, devorándola con la mirada.
—Órale, Sofi, ¿vienes a terminar lo que empezamos? —dijo él con esa voz ronca que le hacía cosquillas en el estómago.
—No seas pendejo, Marco. Esto no es un juego de niños. Si quieres guerra, prepárate —respondió ella, sentándose a su lado, tan cerca que sus muslos se rozaron. La piel de él ardía como brasa, y un escalofrío le subió por la espina dorsal.
La tensión inicial era palpable, como el calor que subía del suelo. Hablaron de tonterías: del mar picado, de la fiesta en la noche, pero sus miradas se cruzaban como espadas. Cada roce accidental —su mano en su rodilla, el dedo de ella trazando un círculo en su brazo— avivaba la chispa. Sofía sentía el pulso en sus sienes, el sabor salado en los labios entreabiertos. Quiero que me bese ya, carajo, se dijo, pero el orgullo la mantenía en su lugar.
El sol empezó a bajar, pintando el cielo de naranjas y rosas. Marco se levantó y la jaló de la mano hacia el agua.
—Ven, refresquémonos antes de que nos queme vivos.
El mar estaba tibio, envolviéndolos como un amante perezoso. Nadaron un rato, salpicándose, riendo como chiquillos, pero el roce de sus cuerpos bajo el agua era eléctrico. Sus pechos rozaron el torso de él, duro y firme, y Sofía jadeó bajito. Él la rodeó con un brazo, pegándola a su pecho. Olía a sal, a hombre, a deseo crudo.
—No mames, Sofi, me estás volviendo loco —murmuró en su oído, su aliento caliente contra su cuello.
—Pues haz algo al respecto, cabrón —lo retó ella, girándose para encararlo. Sus labios se encontraron en un beso feroz, como el duelo que prometía el título de su aventura. Lenguas danzando, dientes mordisqueando, manos explorando. El agua chapoteaba alrededor, testigo de su hambre.
Salieron empapados, corriendo hacia la cabaña que Marco había rentado en la playa. La puerta se cerró con un golpe seco, y el mundo exterior desapareció. Dentro, el aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor de sus cuerpos. Sofía lo empujó contra la pared, arrancándole la playera con urgencia. Su piel bronceada brillaba con gotas de mar, y ella lamió una que rodaba por su pectoral, saboreando sal y sudor fresco.
Acto dos: la escalada. Marco la levantó en vilo, sus manos fuertes bajo sus nalgas, y la llevó a la cama king size cubierta de sábanas blancas que olían a lavanda mexicana. La tumbó con gentileza, pero sus ojos ardían de impaciencia. Besó su cuello, bajando lento por el valle de sus senos. Sofía arqueó la espalda, gimiendo cuando su boca capturó un pezón a través del bikini. El roce áspero de su barba incipiente le raspaba delicioso, enviando ondas de placer directo a su centro.
Esto es el duelo de pasiones capítulo dos, y voy a ganar, pensó ella, mientras sus uñas se clavaban en su espalda, dejando surcos rojos. Le quitó el bikini con dientes, exponiendo su piel al aire fresco. Él gruñó de aprobación, besando su vientre, su ombligo, hasta llegar al triángulo oscuro que palpitaba por él.
—Estás chingona, Sofi. Tan mojada para mí —dijo, inhalando su aroma almizclado, ese olor a mujer excitada que lo enloquecía.
La lengua de Marco era un torbellino: lamidas lentas, círculos precisos en su clítoris hinchado. Sofía se retorcía, las sábanas enredándose en sus dedos, el sonido de sus jadeos llenando la habitación. Sabe a miel y sal, joder, gemía él contra su carne. Ella lo jaló del pelo, guiándolo más profundo, hasta que el primer orgasmo la sacudió como ola gigante. Gritó su nombre, el cuerpo convulsionando, pulsos latiendo en cada vena.
Pero no era suficiente. El duelo continuaba. Sofía lo volteó, montándose a horcajadas sobre él. Su verga erecta, gruesa y venosa, la rozaba como promesa. La frotó contra su humedad, torturándolo con movimientos lentos. Marco maldecía en voz baja, pendeja rica, sus caderas embistiendo hacia arriba. Finalmente, se hundió en ella de un solo golpe. El estiramiento la llenó por completo, un placer dulce que rayaba en dolor.
Cabalgó con furia, sus pechos rebotando, el slap-slap de piel contra piel sincronizado con sus gemidos. Sudor perlando sus frentes, mezclándose en ríos salados que él lamía de su clavícula. El olor a sexo impregnaba el aire, espeso y embriagador. Marco la sujetaba por las caderas, marcando ritmo, sus músculos tensos como cuerdas de guitarra.
—Más fuerte, wey. Dame todo —exigía ella, inclinándose para morderle el labio.
Cambiaron posiciones: él encima, embistiendo profundo, sus bolas golpeando contra su culo. Sofía envolvía sus piernas alrededor de su cintura, clavándole talones. Cada penetración era un choque de pasiones, un duelo donde nadie perdía. El clímax se acercaba, tensiones internas explotando.
Esto es mío, este placer es nuestro, pensaba ella en medio del frenesí.
El final llegó como tormenta: Marco se tensó, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro de ella en chorros calientes. Sofía lo siguió segundos después, su coño contrayéndose en espasmos, ordeñándolo hasta la última gota. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos.
En el afterglow, yacían enredados, el ventilador del techo girando perezoso sobre ellos. El sol se había puesto, y la luna entraba por la ventana, bañándolos en plata. Marco le acariciaba el cabello, besando su sien.
—Fue épico, Sofi. Capítulo dos superado.
—A huevo que sí. Pero prepárate para el tres, porque este duelo no acaba aquí —rió ella, saboreando la paz post-orgásmica, el corazón latiendo en sintonía con el de él.
El aroma a sexo persistía, mezclado con el salitre del mar que entraba por la ventana abierta. Sofía cerró los ojos, sintiendo su calor contra su espalda, un brazo posesivo en su cintura. Esto es pasión de verdad, no mames. Mañana sería otro día, pero esta noche, el duelo de pasiones capítulo dos los había unido en llamas eternas.