El Deseo Ardiente de las Religiosas Pasionistas
En el corazón de las colinas de Puebla, el convento de las religiosas pasionistas se erguía como un bastión de silencio y oración. Yo, hermana María, había ingresado hacía diez años, huyendo de un mundo que me parecía demasiado ruidoso y vacío. Pero últimamente, las noches se me hacían eternas. El hábito áspero rozaba mi piel como un recordatorio constante de lo que había renunciado. ¿Por qué mi cuerpo no se calla? me preguntaba en la oscuridad, mientras el aroma a incienso y cera de vela impregnaba el aire.
Era una tarde de calor sofocante, de esas que en México te pegan como un golpe de calor. Las campanas tañeron la hora de la siesta, y todas nos recogimos en nuestras celdas. Pero yo no podía dormir. El sudor perlaba mi frente, y entre mis muslos sentía esa humedad traicionera que me avergonzaba. Caminé por el claustro, mis sandalias chapoteando suavemente contra las losas frías. Fue entonces cuando vi a hermana Ana, regando las buganvillas que trepaban por las paredes. Ana era la más joven de nosotras, con ojos negros como el obsidiana y una sonrisa que iluminaba el convento como el sol de mediodía.
—Hermana María, ¿no puedes dormir tampoco? me dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Se acercó, y olí su esencia: jabón de lavanda mezclado con el sudor fresco de su cuello. Nuestros hábitos se rozaron, y sentí un cosquilleo en el vientre.
—El calor este pinche clima, respondí, riendo bajito para disimular. Nos sentamos en un banco de piedra, bajo la sombra de un mezquite. Hablamos de nimiedades: de las misas, de las novicias torpes. Pero pronto, la conversación viró a lo profundo. Ana confesó que a veces soñaba con tocarse, con sentir manos ajenas en su cuerpo.
Yo también lo he pensado, hermana. Neta, a veces el cuerpo grita más fuerte que el alma.Sus palabras me golpearon como un rayo. Mi pulso se aceleró, y entre mis piernas, el calor se intensificó.
Al día siguiente, durante la oración del rosario, no podía concentrarme. El murmullo de las avemarías se mezclaba con el latido de mi corazón. Miraba de reojo a Ana, arrodillada a mi lado. Su hábito se había subido un poco, dejando ver la curva de su pantorrilla morena. Qué chido sería acariciar esa piel, pensé, y me sonrojé. Después, en la cocina, nos quedamos solas lavando los platos. El vapor del agua caliente llenaba el aire con olor a jabón y cebolla frita de la comida. Nuestras manos se rozaron bajo el agua jabonosa. Fue eléctrico. Ana no retiró la mano; en cambio, entrelazó sus dedos con los míos.
—María, ¿sientes esto? Es como si Dios nos hubiera puesto aquí para algo más que rezar, susurró, su aliento cálido contra mi oreja. La miré a los ojos, y vi el deseo puro, sin culpa. Asentí, y la besé. Sus labios eran suaves, salados por el sudor, con sabor a manzana del postre. Nos abrazamos fuerte, nuestros pechos presionándose bajo la tela gruesa. El mundo se redujo a ese beso: el roce de lenguas, el jadeo ahogado, el olor de nuestras pieles mezclándose.
Nos escabullimos al huerto esa noche, cuando la luna pintaba todo de plata. El aire olía a tierra húmeda y jazmín silvestre. Ana me quitó el velo con delicadeza, dejando mi cabello negro caer en cascada. Estás preciosa, wey, dijo riendo, y yo me derretí. Nos tendimos sobre una manta que trajimos del lavadero, bajo las estrellas. Sus manos exploraron mi cuerpo con ternura reverencial. Desabotonó mi hábito, exponiendo mis senos al aire fresco. Mis pezones se endurecieron al instante, y ella los lamió con la lengua ávida, succionando como si fueran el néctar más dulce. Gemí bajito, el sonido ahogado por el viento en las hojas.
Mi turno. Desnudé a Ana lentamente, saboreando cada centímetro. Su piel era como terciopelo caliente, bronceada por las horas en el jardín. Bajé la boca a su vientre, inhalando el aroma almizclado de su excitación. Qué rico hueles, carnala, murmuré, y ella se arqueó. Mis dedos encontraron su centro húmedo, resbaladizo como miel. La acaricié en círculos lentos, sintiendo cómo su clítoris palpitaba bajo mi toque. Ana jadeaba, sus caderas moviéndose al ritmo de mis caricias.
¡No pares, María! ¡Ay, Dios, qué chingón se siente!
La tensión crecía como una tormenta. Nos besamos con furia, cuerpos entrelazados, sudor perlando nuestras pieles. Yo me recosté, y Ana se posicionó sobre mí, frotando su sexo contra el mío. El contacto era fuego puro: piel resbaladiza contra piel, pulsos latiendo en unisono, el squish húmedo de nuestra unión. El placer subía en olas, desde el vientre hasta la garganta. Olía a sexo, a jazmín y a nosotras. Sus gemidos eran música, roncos y desesperados: ¡Más rápido, pinche calorcita!. Yo respondía con mis propios alaridos ahogados, clavando las uñas en su espalda.
Pero queríamos más. Ana sacó de su hábito un pequeño objeto que había escondido: un rosario de cuentas lisas, gruesas. Para rezar de otra forma, dijo con picardía mexicana. Me lo pasó, y yo lo usé en ella, introduciendo las cuentas una a una en su interior empapado. Ana gritó de placer, su cuerpo convulsionando. El sonido de las cuentas deslizándose, su humedad chorreando por mis dedos... era obsceno y divino. Luego ella hizo lo mismo conmigo. Sentí las cuentas frías al principio, luego calientes por su calor interno, estirándome deliciosamente. Cada movimiento era éxtasis: el roce interno, sus dedos en mi clítoris, su boca en mi cuello mordisqueando.
El clímax nos golpeó como un trueno. Primero Ana: su cuerpo se tensó, un grito gutural escapó de su garganta mientras se corría, inundándome con su esencia tibia. Yo la seguí segundos después, el orgasmo explotando en mil estrellas. Olas de placer me recorrieron, músculos contrayéndose, visión nublada. Colapsamos juntas, jadeantes, pieles pegajosas de sudor y jugos. El aire nocturno nos enfrió lentamente, mientras nos acurrucábamos, besándonos perezosamente.
Al amanecer, volvimos al convento como si nada. Pero algo había cambiado. En la capilla, mientras rezábamos, nuestras miradas se cruzaban con promesas. Esto no es pecado, es vida, pensé. Las religiosas pasionistas no solo meditamos la Pasión de Cristo; ahora conocemos la nuestra propia. Ana me sonrió desde el otro lado del altar, y supe que esto era solo el principio. El hábito ya no pesaba; era una segunda piel que ocultaba nuestro fuego secreto. Y en México, donde la fe y la pasión bailan juntas, ¿quién dice que no podemos tener ambas?